Por Jon Fernández Mur (@Mur_98)
El problema está en todas las partes implicadas. Por un lado tenemos a los alumnos: quizá sea genético que los españoles seamos los más zánganos de Europa, o quizá no, pero lo que está claro es que motivación por aprender no hay. Así que empecemos por otro lado. Los profesores: es cierto que los hay contados que disfruten dando clase, pero tienen que seguir fielmente un programa marcado desde arriba. Y es ahí donde hay que llegar. No al mundo de las ideas, ni al Polo Norte; no: a los políticos, a los que nos gobiernan, quizá no siempre usando la razón. Parece lejano 1876, ¿no? Pues entonces se creó la Institución Libre de Enseñanza -sí, con el sistema educativo actual también se aprende algo-, que apostaba por desafiar los dogmas del Estado y que quería sacar la religión de las aulas. Pues en esas seguimos.
Y no es el tener religión en clase el mayor de los problemas, ni mucho menos. Lo importante es que se enseña a memorizar, no a aprender, cuando esto debería ser al revés. En pleno siglo XXI, ¿de qué nos sirve sabernos de carrerilla durante una semana los ríos de España y sus afluentes para olvidarlos después del examen? Es sencilla la respuesta: para nada. Tenemos internet, libros, enciclopedias y tropecientos recursos más. Contra esto se podría decir que llegaría un momento en el que nadie sabría los ríos, siguiendo con el ejemplo anterior, y que en un momento dado, podría producirse una ignorancia general entre las personas, colocándonos todos -Dios no lo quiera- a la altura de los participantes de Gran Hermano. Pero esto no ocurriría, creo yo. Las personas, por regla general, tenemos voluntad de aprender. Ojo, de aprender, no de estudiar. Pero la obligación a aprender memorizando de la manera en la que lo concebimos hoy en día crea rechazo, como todas las cosas a las que uno es obligado. Es la reacción natural del ser humano. Y hay gente a la que le gusta la geografía y que acabará por saberse los ríos por voluntad propia, sin un deadline para el que tener que haberlos memorizado. Al igual que hay gente a la que le apasiona la biología, la historia, la filosofía o el dibujo; o le encantan los idiomas o los deportes. El ser humano es diverso, y como tal debería ser aprovechado. Ahora bien, si obligas a alguien a memorizar datos, números, fórmulas o cualquier cosa y con ello le obligas a renunciar a otras tareas que pueden formarle como persona, acabará detestando lo que hoy le gusta.
Y luego están los deberes. Ya de por sí la palabra echa para atrás. Deberes es lo contrario a derechos, y precisamente así es interpretada en esta educación que no es educación. Un deber es una obligación. Un derecho es una facultad para decidir. Y con lo primero estás coartando lo segundo. Ya desde pequeños se obliga a los niños a dejar de jugar para ponerse a restar y multiplicar. Y de más mayores, a pasar horas y horas delante de un libro trabajando para olvidar al día siguiente. Y con ello, dejas de pasar tiempo con los amigos, con tus abuelos, con tus padres. Dejas de jugar a fútbol, a baloncesto, de tocar la guitarra, el piano; y dejas de pensar. Y es importante pensar, algo que no mucha gente hace. Al fin y al cabo, no se nos enseña a ello, sino a memorizar. Y con cada reforma se va a peor. No es sano salir de siete horas de clase y estar otras cinco o seis trabajando en casa. ¿Quién te dice que no vayas a aprender cosas con tu abuela, tocando un instrumento o practicando deporte? Pero es que no quieren que aprendamos. Quieren que memoricemos, vomitemos en un papel para pasar a ser un número. Tú un 7, yo un 8, y aquel, ¡joder, qué empollón!, un 10. Y el vago un 3, cuando ese vago es posible que sea listo, tenga muchísima capacidad de aprender, pensar y razonar, pero se aburra en clase, no encuentre motivación. Pero es un 3. A memorizar y recuperar. Los deberes son negativos para el alumno, a quien se le prohíbe una formación completa. Sin duda. Si quiere lograr eso, tiene que llevar un ritmo de vida insano. Altísimo.
Si a esto le añadimos que la mayoría de los profesores no tienen vocación de enseñar, al contrario que en otros países, donde el maestro es vocacional y valoradísimo, nos queda nuestro sistema no-educativo, que excluye la opción de pensar diferente a lo que reza un libro, y que quita las ganas de aprender a mucha gente.
Si has tenido la suerte de comprender todo hasta aquí, y estás de acuerdo al menos en parte, quiero darte la enhorabuena, ya que eres un antisistema como yo que se atreve a desafiar el concepto de educación que se nos proporciona. Quizá algún día esto cambie, pero de momento, a pesar de que quieren que seas un loro con un número, atrévete a pensar, y no dejes que nada ni nadie coarte tu imaginación, ni tus ganas de aprender.