Por Jon Fernández Mur (@Mur_98)
Había una vez una chica muy guapa. Y para él, ella era especial. Se ponía nervioso al tenerla cerca y no tenía esa seguridad al hablar que habitualmente demostraba. El verano había acabado y la espera por verla terminaría pronto. De nuevo cerca, pero al mismo tiempo tan lejos. Porque no todos los cuentos de hadas tienen que acabar bien.
Un fugaz vistazo para recordar su imagen fue suficiente para no poder sacársela de la cabeza de nuevo. Allí estaba, tan guapa como siempre. Quizá todavía más. Su sonrisa cautivadora y sus preciosos ojos se colaban en cualquier rincón de la mente de aquel chico. Una y otra vez.
Esa dulce chica aparecía todos los días en su rutina, haciendo que él se debatiera entre el pelear contra sus sentimientos y el seguir con esta situación. Ya se dice que más vale malo conocido, que bueno por conocer. Y pasaban los días, sin que nada cambiara.
Es cierto que a la vida hemos venido a luchar, que el que no arriesga jamás alzará los brazos en señal de victoria y que hay que salir de la maldita zona de confort en la que tan cómodo está uno. Pero no es sencillo aplicar la teoría a la práctica; y en ese eterno debate entre la pelea y la rendición, no tenía claro qué opción era la correcta.
Sin embargo, eso daba igual, porque él sabía, que aunque quisiera, no sería capaz de olvidarse de ella.