miércoles, 21 de diciembre de 2016

Carta abierta a Roberto Olaeta

A Roberto Olaeta -y a todos los que sean como él-:

Es usted un incomprendido. Y es probable que en algunos de sus planteamientos tenga razón. Incluso, en ciertos temas podríamos llegar al entendimiento, ya que, al fin y al cabo, creo haber descubierto lo que es: un antisistema.

¿Y por qué un antisistema? Es sencillo. Porque piensa que el sistema educativo español es un despropósito. Que el sistema no funciona, que está mal planteado. Que hemos llegado a la universidad sin saber nada. A base de estudiar y vomitar teoría en un examen. En eso no me queda otra que darle la razón. Pero, ¿sabe qué? No es nuestra culpa.

Tengo la sensación de que esa es la parte de la historia que usted no entiende. O la que no quiere entender. Que nosotros no hemos decidido llegar a la universidad sin saber nada. Somos productos fabricados en el marco de la LOE. Hemos aprendido a hacer lo que los profesores nos han enseñado a hacer, unos profesores que seguían estrictos programas definidos desde despachos más importantes. También es cierto que con quienes más he aprendido, y supongo que mi experiencia será extrapolable a la mayoría de estudiantes, es con aquellos que más se han alejado del programa y se han esforzado por crear un espíritu crítico en nosotros.

Usted pasa del espíritu crítico y de todo. Pasa de nosotros. Es más, se ríe de nosotros, de sus alumnos. Usted no es un profesor ni medio decente. Por ser más exactos, a usted ni siquiera se le puede llamar profesor. Le llegará la nómina al final de cada mes, pero no ejerce su supuesta profesión. Su pasotismo y su falta de voluntad de enseñar deberían avergonzarle. Aunque ya se ve que eso no ocurre.

Usted se queja del sistema. Pues bien, le diré una cosa: usted recuerda demasiado al sistema. Recuerda demasiado a aquellos profesores inútiles, incapaces de enseñar, que han provocado que lleguemos a la universidad, como usted diría, sin tener ni idea de nada. Usted tampoco es capaz de enseñar. Y, seamos francos, a estas alturas, o lo sabe, o es un idiota de campeonato.

Cree usted que su sistema es genial: pues bien, siento decirle que no. A usted le sirve para que algunos alumnos le compren tres libros de los que es coautor, pero no es una buena manera de enseñar. Si quisiéramos ser autodidactas, no nos habríamos matriculado en la universidad. O al menos no asistiríamos a clase. Para los que no hayan tenido el placer -nótese la ironía- de tenerle como profesor, le recordaré su planteamiento: un test con cuatro opciones para que sus alumnos se busquen la vida descubriendo qué está bien y qué está mal. De ahí, si pueden, extraerán una información y la estudiarán de cara al examen: un test cercano a lo ininteligible que suspende más del 98% del alumnado. Algo falla, ¿no? Para usted falla todo menos usted mismo. Curioso, cuanto menos.

No sé si comprende lo frustrante que puede ser para algunos llegar a la universidad y encontrarse con usted. Probablemente sin darse cuenta -o eso quiero pensar-, pero amarga la vida a la gente. Mucho.

Por otro lado, están los sinsentidos que usted se empeña en llamar trabajos y que nos generan tanta impotencia y frustración a todos. Resulta difícil de explicar en qué consisten, pero básicamente lo que se pide en ellos es copiar diccionarios. ¿Estamos locos? Para que encima vaya usted luego a reírse del trabajo de sus alumnos. No tiene derecho a eso. No lo tiene ni lo tendrá jamás. Y, en ocasiones, me arrepiento de no habérselo dicho en su debido momento. En su posición de superioridad se siente seguro. Y no debería ser así, puesto que no tiene vergüenza. Comentarios como "no me hagas perder el tiempo" o "esto solo vale para tirarlo a la basura" sobran. Téngalo claro. Sobran. En primer lugar, porque le pagan para que emplee su tiempo en enseñar -y no lo hace, por su manifiesta falta de capacidad o porque no le da la gana-; y en segundo lugar, porque usted no es nadie para faltar el respeto a ninguna otra persona. Absolutamente nadie.

De hecho, no sé por qué le estoy hablando de usted: considero que no merece ni mi respeto. Sin embargo, no veo necesidad de rebajarme a su nivel. Sería un error.

Por si todo esto fuera poco -que ya le digo yo que no lo es, tranquilo-, he descubierto una nueva característica suya esta semana: es un cobarde. Lo es porque, en contraposición con el resto de profesores, no nos ha dado la opción de manifestar nuestra opinión sobre usted en la encuesta que propone la propia universidad. Diría que es obligatorio que nos hubiese dado la oportunidad de hacerla, pero no me apetece picarme por esto. Su cobardía quizá sea su menor problema. Lo que queda claro es que no se atreve a que valoremos su labor. No tiene el valor suficiente como para hacer frente a la realidad: que es usted un inútil como profesor.