martes, 25 de abril de 2017

Más allá de las navajas

Nación conocida por el chocolate, las navajas y, últimamente, el dinero que tantos tienen allí escondido, Suiza está entre los lugares mejor valorados para vivir. Al menos, eso dice la OCDE en su Better Life Index. Históricamente neutral -lo fue en ambas Guerras Mundiales- y pacífica, lidera, sin embargo, la clasificación europea de armas de fuego por habitante, según Small Arms Survey. Y no, las navajas no cuentan.

La explicación de esta aparente contradicción es que en la Confederación Helvética, nombre oficial del país, los varones aún están obligados a militar en la Armada tras cumplir los 18 años. Al finalizar su servicio tienen el derecho de guardar un arma con ellos, y la mayoría decide hacerlo. De esta manera, Suiza alcanza la cifra de 46 armas por cada 100 habitantes, según el estudio llevado a cabo por Small Arms Survey. A nivel mundial, solo la superan Estados Unidos y Yemen, con 89 y 55 respectivamente. España se sitúa lejos en esta clasificación, en 25ª plaza y con diez armas por cada cien habitantes. Eso sí, por motivos de seguridad, no está permitido que los rifles que se queden los helvéticos sean automáticos ni que se sitúen junto a la munición. Aun así, todos los que han pasado por el Ejército saben usar esas armas.

En España, el Gobierno abolió el servicio militar obligatorio en 2001 debido a la gran presión social que demandaba su fin. Sin embargo, los suizos están de acuerdo con la mili. Al menos, eso demostró el referéndum de septiembre de 2013, en el que el 73% de los helvéticos mayores de 18 años votaron en contra de su supresión. Los habitantes de absolutamente todos los cantones del país secundaron esa opción. Entre los menores, los que aún no han pasado por la Armada, las opiniones son mucho más diversas. Para Oliver Lisik, un joven residente en Berna que tendrá que unirse al Ejército el próximo invierno, el servicio militar “es innecesario dado que Suiza es un país neutral” y cree que la Armada debería ser profesional. Aunque, por parte de los jóvenes, el rechazo no es unánime. Alex García, nieto de españoles que vive en Neuchâtel y que también servirá en 2018, lo ve como “una buena experiencia de vida en la se pueden hacer amigos” y subraya que entre sus compañeros hay muchos y muy diferentes puntos de vista.

Para entrar en el Ejército, los jóvenes deben superar varias pruebas. En primer lugar, han de hacer un examen psicotécnico en el que también se incluyen preguntas de cultura general. Posteriormente, personal sanitario les somete a un examen médico para ver si son aptos para servir, y, finalmente, tienen que llevar a cabo diversas pruebas físicas. Los que logran mejores resultados son los que pueden optar por realizar trabajos más duros en la armada.

Si no superan esta fase, debido a minusvalías, lesiones u otras circunstancias, están obligados a participar en el “servicio civil sustitutorio” para, de esta forma, contribuir a la sociedad al igual que sus compañeros que sí hacen la mili. Aun así, hay personas que siguen quedándose fuera, y cuya ayuda al país la harán, simplemente, pagando una importante cantidad de dinero que varía en cada caso.

Los suizos que sí pasan el corte tienen dos opciones: hacer los 300 días de servicio seguidos o realizar un periodo de cinco meses e ir completándolo más adelante -tienen de plazo hasta que cumplen los 32 años-. En cualquier caso, están obligados a alcanzar esa cifra. Una vez en la Armada, cada individuo se especializa en una determinada labor. Existen hasta 240 opciones dentro del propio Ejército. Oliver Lisik, por ejemplo, optará por una tropa especializada en químicos.

La pervivencia de la mili es más una anomalía que una regla general hoy en día en Europa. De hecho, en la parte occidental del continente, solo Austria y la propia Suiza la mantienen, a lo que habría que sumar a algunos países escandinavos (Noruega, Finlandia y Dinamarca), a varias repúblicas que formaban parte de Yugoslavia o de la URSS; y a Grecia y Chipre. Sin embargo, esta lista aumentará en 2018, cuando Suecia llame a filas a los nacidos en 1999, sea cual sea su sexo.

Esta es otra de las cuestiones más polémicas, pues solo los varones están obligados a realizar el servicio militar en Suiza. Para ellas, es voluntario. Oliver Lisik se queja de ello: “Solo lo tenemos que hacer los hombres y las mujeres están exentas de contribuir a la nación.” Argumenta también que ellas tienen ventaja en los estudios debido a que él estará un año sin estudiar ni trabajar mientras que sus compañeras podrán comenzar la universidad.

Los jóvenes helvéticos, por tanto, se ven obligados a dejar de lado los estudios por un tiempo para hacer la mili. Alex García se lamenta y aduce que precisamente ese es el único problema que le ve al servicio militar obligatorio. “Es una molestia estar al menos cinco meses sin poder estudiar ni trabajar”, comenta.

Para los que están inmersos en el mundo laboral y no tienen intención de entrar en la universidad, sin embargo, no es una carga tan pesada, ya que, a pesar de dejar su trabajo habitual a un lado, siguen cobrando al menos el 80% de su sueldo. El Estado compensa económicamente a las empresas por las bajas de sus empleados.

Pero más allá de la ocupación principal de los jóvenes, ya sean los estudios o el trabajo, su vida cambia radicalmente cuando tienen que realizar el servicio militar. Viven a muchos kilómetros de sus hogares, lejos de sus familias, a las que solo visitan algunos fines de semana. Supone un cambio muy grande que, eso sí, sirve a los helvéticos para madurar y acostumbrarse a valerse por sí mismos. Su tiempo libre también se ve reducido, y el consumo de bebidas alcohólicas, por supuesto, está prohibido, lo que supone una gran faena para algunos.

Entonces, queda claro que los suizos están muy armados y bien preparados. Lo que cabe preguntarse es si esto es más importante que la libertad de decisión del individuo, que se respeta en los países en los que no existe una obligación de participar en el Ejército. En España, la “contribución a la nación” de la que hablan los helvéticos también se lleva a cabo, puesto que son los impuestos los que sufragan el coste que suponen las Fuerzas Armadas. La diferencia reside en la forma de dicha ayuda al país: de forma directa o indirecta. Trabajando o pagando.

Parece impensable que en España se pudiera retroceder en el tiempo y que los jóvenes volvieran a tener que hacer la mili. Esa que para algunos fue un verdadero suplicio, y para otros una época fantástica en la que conocieron a grandes amigos con los que siguen guardando una excelente relación en la actualidad. Sin embargo, otros países, como Alemania, se lo han llegado a pensar. Al menos, según los principales medios de comunicación germanos, que en 2016 sacaron a la luz un documento en el que figuraba que el ejecutivo de Angela Merkel se planteaba el retorno del servicio militar obligatorio para hacer frente a las amenazas exteriores, entre la que destaca la del terrorismo yihadista. Aun así, el apoyo social para aprobar estas medidas sería bastante escaso, lo que dificultaría enormemente su implantación.

No ocurre esto en el caso suizo. Orgullosos de su país, no tienen miedo a aprender a defender una nación tan plural en la que conviven tres idiomas: francés, italiano y alemán. De hecho, algunos defensores del “no” a la abolición del servicio militar en 2013 usaron el argumento de que la mili aporta consistencia a la Confederación Helvética. Afirmaban que une a sus diversos habitantes, más todavía teniendo en cuenta que, hoy en día, muchos son hijos de inmigrantes. Es posible que así sea.

En este estado alpino se le vaticina una larga vida al servicio militar. Mientras la población lo apoye -de momento lo hace de manera notoria-, nada cambiará. Y hasta que algo grave ocurra, Suiza continuará siendo un país aparentemente amable, en el que se seguirá escondiendo dinero y del que importaremos chocolate. Eso sí, a los mandatarios del mundo les conviene recordar que tienen más que navajas para defenderse. Y que saben usar sus armas.