Por Jon Fernández Mur (@Mur_98)
Había una vez una chica muy guapa. Y para él, ella era especial. Se ponía nervioso al tenerla cerca y no tenía esa seguridad al hablar que habitualmente demostraba. El verano había acabado y la espera por verla terminaría pronto. De nuevo cerca, pero al mismo tiempo tan lejos. Porque no todos los cuentos de hadas tienen que acabar bien.
Un fugaz vistazo para recordar su imagen fue suficiente para no poder sacársela de la cabeza de nuevo. Allí estaba, tan guapa como siempre. Quizá todavía más. Su sonrisa cautivadora y sus preciosos ojos se colaban en cualquier rincón de la mente de aquel chico. Una y otra vez.
Esa dulce chica aparecía todos los días en su rutina, haciendo que él se debatiera entre el pelear contra sus sentimientos y el seguir con esta situación. Ya se dice que más vale malo conocido, que bueno por conocer. Y pasaban los días, sin que nada cambiara.
Es cierto que a la vida hemos venido a luchar, que el que no arriesga jamás alzará los brazos en señal de victoria y que hay que salir de la maldita zona de confort en la que tan cómodo está uno. Pero no es sencillo aplicar la teoría a la práctica; y en ese eterno debate entre la pelea y la rendición, no tenía claro qué opción era la correcta.
Sin embargo, eso daba igual, porque él sabía, que aunque quisiera, no sería capaz de olvidarse de ella.
sábado, 28 de noviembre de 2015
miércoles, 28 de octubre de 2015
Sobre la no-educación
Por Jon Fernández Mur (@Mur_98)
El problema está en todas las partes implicadas. Por un lado tenemos a los alumnos: quizá sea genético que los españoles seamos los más zánganos de Europa, o quizá no, pero lo que está claro es que motivación por aprender no hay. Así que empecemos por otro lado. Los profesores: es cierto que los hay contados que disfruten dando clase, pero tienen que seguir fielmente un programa marcado desde arriba. Y es ahí donde hay que llegar. No al mundo de las ideas, ni al Polo Norte; no: a los políticos, a los que nos gobiernan, quizá no siempre usando la razón. Parece lejano 1876, ¿no? Pues entonces se creó la Institución Libre de Enseñanza -sí, con el sistema educativo actual también se aprende algo-, que apostaba por desafiar los dogmas del Estado y que quería sacar la religión de las aulas. Pues en esas seguimos.
Y no es el tener religión en clase el mayor de los problemas, ni mucho menos. Lo importante es que se enseña a memorizar, no a aprender, cuando esto debería ser al revés. En pleno siglo XXI, ¿de qué nos sirve sabernos de carrerilla durante una semana los ríos de España y sus afluentes para olvidarlos después del examen? Es sencilla la respuesta: para nada. Tenemos internet, libros, enciclopedias y tropecientos recursos más. Contra esto se podría decir que llegaría un momento en el que nadie sabría los ríos, siguiendo con el ejemplo anterior, y que en un momento dado, podría producirse una ignorancia general entre las personas, colocándonos todos -Dios no lo quiera- a la altura de los participantes de Gran Hermano. Pero esto no ocurriría, creo yo. Las personas, por regla general, tenemos voluntad de aprender. Ojo, de aprender, no de estudiar. Pero la obligación a aprender memorizando de la manera en la que lo concebimos hoy en día crea rechazo, como todas las cosas a las que uno es obligado. Es la reacción natural del ser humano. Y hay gente a la que le gusta la geografía y que acabará por saberse los ríos por voluntad propia, sin un deadline para el que tener que haberlos memorizado. Al igual que hay gente a la que le apasiona la biología, la historia, la filosofía o el dibujo; o le encantan los idiomas o los deportes. El ser humano es diverso, y como tal debería ser aprovechado. Ahora bien, si obligas a alguien a memorizar datos, números, fórmulas o cualquier cosa y con ello le obligas a renunciar a otras tareas que pueden formarle como persona, acabará detestando lo que hoy le gusta.
Y luego están los deberes. Ya de por sí la palabra echa para atrás. Deberes es lo contrario a derechos, y precisamente así es interpretada en esta educación que no es educación. Un deber es una obligación. Un derecho es una facultad para decidir. Y con lo primero estás coartando lo segundo. Ya desde pequeños se obliga a los niños a dejar de jugar para ponerse a restar y multiplicar. Y de más mayores, a pasar horas y horas delante de un libro trabajando para olvidar al día siguiente. Y con ello, dejas de pasar tiempo con los amigos, con tus abuelos, con tus padres. Dejas de jugar a fútbol, a baloncesto, de tocar la guitarra, el piano; y dejas de pensar. Y es importante pensar, algo que no mucha gente hace. Al fin y al cabo, no se nos enseña a ello, sino a memorizar. Y con cada reforma se va a peor. No es sano salir de siete horas de clase y estar otras cinco o seis trabajando en casa. ¿Quién te dice que no vayas a aprender cosas con tu abuela, tocando un instrumento o practicando deporte? Pero es que no quieren que aprendamos. Quieren que memoricemos, vomitemos en un papel para pasar a ser un número. Tú un 7, yo un 8, y aquel, ¡joder, qué empollón!, un 10. Y el vago un 3, cuando ese vago es posible que sea listo, tenga muchísima capacidad de aprender, pensar y razonar, pero se aburra en clase, no encuentre motivación. Pero es un 3. A memorizar y recuperar. Los deberes son negativos para el alumno, a quien se le prohíbe una formación completa. Sin duda. Si quiere lograr eso, tiene que llevar un ritmo de vida insano. Altísimo.
Si a esto le añadimos que la mayoría de los profesores no tienen vocación de enseñar, al contrario que en otros países, donde el maestro es vocacional y valoradísimo, nos queda nuestro sistema no-educativo, que excluye la opción de pensar diferente a lo que reza un libro, y que quita las ganas de aprender a mucha gente.
Si has tenido la suerte de comprender todo hasta aquí, y estás de acuerdo al menos en parte, quiero darte la enhorabuena, ya que eres un antisistema como yo que se atreve a desafiar el concepto de educación que se nos proporciona. Quizá algún día esto cambie, pero de momento, a pesar de que quieren que seas un loro con un número, atrévete a pensar, y no dejes que nada ni nadie coarte tu imaginación, ni tus ganas de aprender.
domingo, 26 de julio de 2015
Sobre los errores de todos
Por Jon Fernández Mur (@Mur_98)
Puede que lo que vaya a escribir a continuación suene cursi, excesivamente sentimental. ¿Y qué? La vida está para sentir, y poner límites a ello no tiene sentido alguno. Ya vivimos demasiado condicionados como para estar autocondicionándonos más. Ni los hombres de verdad no lloran ni las mujeres de verdad son princesas.
Está de moda decir que no nos importa lo que digan y piensen de nosotros, cuando es siempre mentira. Nos importa. En mayor o menor grado, pero lo hace. Pero, ¿merece la pena actuar de una manera ficticia en la que no estemos cómodos, sin ser nosotros mismos, para que el pensamiento de la gente hacia nosotros cambie? Parece que sí, ya es que lo que todo el mundo hace. Si todos lo hacen, por algo será. Aunque, recordad, que la mayoría no siempre lleva razón. Hitler recibió millones de votos en unas elecciones democráticas. Engañando a la gente, sí. Pero, ¿quién nos asegura que no estamos siendo engañados nosotros cuando cambiamos nuestra forma de ser porque creemos que es lo mejor? Nadie lo puede hacer. Aunque, por si acaso, más vale seguir a la mayoría. Ese si acaso podemos sustituirlo por miedo. Tenemos miedo de nosotros mismos, de nuestra forma de ser, de la cuál nos avergonzamos. La ocultamos y nos comportamos de una manera irreal por miedo a la soledad y a que nos mire mal gente que, en realidad, no nos cae del todo bien. Gente que nos juzga, y que incluso se cree superior. La gente que, probablemente, nos engaña.
Pero no son solo ellos. La publicidad y el marketing siempre han servido para manipular. Para pensar que vestir de esa manera es la correcta, y, de esa manera, sigamos a la mayoría. Esa es la gran mentira de la moda. Lo que quieren no es hacernos sentir bien, sino ganar dinero.
Siguiendo el hilo de lo que pensamos, lo que queremos pensar, y lo que quieren que pensemos, creo que hay que tener en cuenta una cosa. Las personas a las que no conocemos quizá no son tan fantásticas como las imaginamos. Cuando miras algo o a alguien con buenos ojos, ocultas a tu mente los errores que pueda tener, y solo te fijas en lo fantástica que es una de sus características. Coges esa y extrapolas su brillantez al resto de aspectos, los cuales no conoces. Puede que sean así, pero lo normal es que no. Las fantasías siempre superan la realidad. Centrándonos en las personas, a lo que me refiero es a que, por ejemplo, los ídolos que tan perfectos imaginamos, en realidad no son así. Pero no es solo aplicable a los ídolos, sino a todas aquellas personas de las que llegamos a vivir pendientes antes de conocerlas, e incluso sabiendo de la dificultad que entraña alcanzar ese punto.
De todas formas, yo no pretendo engañar a nadie. Yo caigo en estas trampas como cualquier persona normal, pero quiero darme cuenta de que no tendría porqué ser así. Aunque después de ello siga actuando de la misma forma. Tenemos tendencia a seguir igual, porque, quizás nuestra situación no es tan mala como llegamos a pensar, o, simplemente, porque tenemos miedo a empeorar. Nos cerramos y nos entran los nervios y la vergüenza. Malditos sean.
Puede que lo que vaya a escribir a continuación suene cursi, excesivamente sentimental. ¿Y qué? La vida está para sentir, y poner límites a ello no tiene sentido alguno. Ya vivimos demasiado condicionados como para estar autocondicionándonos más. Ni los hombres de verdad no lloran ni las mujeres de verdad son princesas.
Está de moda decir que no nos importa lo que digan y piensen de nosotros, cuando es siempre mentira. Nos importa. En mayor o menor grado, pero lo hace. Pero, ¿merece la pena actuar de una manera ficticia en la que no estemos cómodos, sin ser nosotros mismos, para que el pensamiento de la gente hacia nosotros cambie? Parece que sí, ya es que lo que todo el mundo hace. Si todos lo hacen, por algo será. Aunque, recordad, que la mayoría no siempre lleva razón. Hitler recibió millones de votos en unas elecciones democráticas. Engañando a la gente, sí. Pero, ¿quién nos asegura que no estamos siendo engañados nosotros cuando cambiamos nuestra forma de ser porque creemos que es lo mejor? Nadie lo puede hacer. Aunque, por si acaso, más vale seguir a la mayoría. Ese si acaso podemos sustituirlo por miedo. Tenemos miedo de nosotros mismos, de nuestra forma de ser, de la cuál nos avergonzamos. La ocultamos y nos comportamos de una manera irreal por miedo a la soledad y a que nos mire mal gente que, en realidad, no nos cae del todo bien. Gente que nos juzga, y que incluso se cree superior. La gente que, probablemente, nos engaña.
Pero no son solo ellos. La publicidad y el marketing siempre han servido para manipular. Para pensar que vestir de esa manera es la correcta, y, de esa manera, sigamos a la mayoría. Esa es la gran mentira de la moda. Lo que quieren no es hacernos sentir bien, sino ganar dinero.
Siguiendo el hilo de lo que pensamos, lo que queremos pensar, y lo que quieren que pensemos, creo que hay que tener en cuenta una cosa. Las personas a las que no conocemos quizá no son tan fantásticas como las imaginamos. Cuando miras algo o a alguien con buenos ojos, ocultas a tu mente los errores que pueda tener, y solo te fijas en lo fantástica que es una de sus características. Coges esa y extrapolas su brillantez al resto de aspectos, los cuales no conoces. Puede que sean así, pero lo normal es que no. Las fantasías siempre superan la realidad. Centrándonos en las personas, a lo que me refiero es a que, por ejemplo, los ídolos que tan perfectos imaginamos, en realidad no son así. Pero no es solo aplicable a los ídolos, sino a todas aquellas personas de las que llegamos a vivir pendientes antes de conocerlas, e incluso sabiendo de la dificultad que entraña alcanzar ese punto.
De todas formas, yo no pretendo engañar a nadie. Yo caigo en estas trampas como cualquier persona normal, pero quiero darme cuenta de que no tendría porqué ser así. Aunque después de ello siga actuando de la misma forma. Tenemos tendencia a seguir igual, porque, quizás nuestra situación no es tan mala como llegamos a pensar, o, simplemente, porque tenemos miedo a empeorar. Nos cerramos y nos entran los nervios y la vergüenza. Malditos sean.
miércoles, 22 de julio de 2015
Casi nunca digas nunca
Por Jon Fernández Mur (@Mur_98)
"Es verdad que todo tiene solución, menos la muerte. Y que basta con plantear bien el problema y actuar y la solución saldrá a la vista. A veces tarda, pero siempre aparece."
-Rosa Rossi (1928-2013)
Nunca es un término del que se abusa mucho hoy en día. Es difícil saber hasta que punto nuestras propias historias pueden cambiarnos y dar a nuestras vidas una dirección opuesta. Pasar de no a sí es algo que puede ser inconcebible en un momento dado, pero que es una posibilidad real. Y por ínfima o nula que parezca, es mejor no atarnos de pies y manos y no pronunciar la palabra nunca.
| No sabes dónde acaba el camino |
Respecto a la cita de Rosa Rossi, con la que se puede estar de acuerdo o no, me gustaría realizar un pequeño matiz, ya que no voy a hablar tanto de soluciones sino de variaciones. Es decir, que todo puede cambiar, menos la muerte. Estimado lector, pensarás ahora que jamás cambiarás de equipo de fútbol bajo ningún concepto, en el caso de que tengas pareja que nunca la dejarás y que no te plantearás en ningún momento de tu vida alguna locura que se te esté pasando por la cabeza. No estés tan seguro.
Es cierto que habrá cosas que nunca cambiarán, pero no podemos saber cuáles serán a ciencia cierta. Ocurren situaciones inesperadas e incluso dramáticas que producen variaciones rápidas, así como otros cambios más progresivos en los que pueden influir desde la gente que nos rodea hasta, simplemente, el paso del tiempo.
Yo también abuso del nunca. Y sigo aquí, no me ha pasado nada. Pero más que como una cuestión de términos quiero plantearlo como una manera de enfocar la vida. La conclusión podría ser que hay que estar abiertos a los cambios. Que no tienen porque ser malos. No hay que cerrarse puertas, ya que tanto situaciones como personas están cambiando constantemente. Lo que hoy es un no, no tiene que ser obligatoriamente un nunca. Porque nadie sabe qué nos deparará la vida en el futuro.
Tomado íntegramente de InfoDeporte, dónde fue publicado el 21 de julio de 2015. Comparto este texto mío en mis dos blogs, ligeramente modificado.
Tomado íntegramente de InfoDeporte, dónde fue publicado el 21 de julio de 2015. Comparto este texto mío en mis dos blogs, ligeramente modificado.
Bienvenidos
Por Jon Fernández Mur (@Mur_98)
Para pensar y reflejar mis pensamientos. Para ello creo este blog, ya que con hablar de fútbol no parece bastarme. He venido dándome cuenta de ello últimamente, pero antes quería probar, ver si era capaz de ello. Ayer lo hice, y visto el resultado, me han hecho decidirme. Sí, me han empujado. Y aquí me tenéis, por si no tuvieseis suficiente con leer lo escribo sobre deporte.
En la vida hay muchas más cosas, y todas aquellas que ocurran fuera de los terrenos de juego encontrarán aquí su espacio. Espero que disfrutéis leyéndome aquí, y os invito a seguir haciéndolo en InfoDeporte. Blogs diferentes y totalmente complementarios. Y el título, más claro no puede ser. Dejadme pensar. Sobre temas filosóficos y actuales. Sobre el dinero y el amor. Sobre la vida.
Para pensar y reflejar mis pensamientos. Para ello creo este blog, ya que con hablar de fútbol no parece bastarme. He venido dándome cuenta de ello últimamente, pero antes quería probar, ver si era capaz de ello. Ayer lo hice, y visto el resultado, me han hecho decidirme. Sí, me han empujado. Y aquí me tenéis, por si no tuvieseis suficiente con leer lo escribo sobre deporte.
En la vida hay muchas más cosas, y todas aquellas que ocurran fuera de los terrenos de juego encontrarán aquí su espacio. Espero que disfrutéis leyéndome aquí, y os invito a seguir haciéndolo en InfoDeporte. Blogs diferentes y totalmente complementarios. Y el título, más claro no puede ser. Dejadme pensar. Sobre temas filosóficos y actuales. Sobre el dinero y el amor. Sobre la vida.
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