domingo, 26 de julio de 2015

Sobre los errores de todos

Por Jon Fernández Mur (@Mur_98)

Puede que lo que vaya a escribir a continuación suene cursi, excesivamente sentimental. ¿Y qué? La vida está para sentir, y poner límites a ello no tiene sentido alguno. Ya vivimos demasiado condicionados como para estar autocondicionándonos más. Ni los hombres de verdad no lloran ni las mujeres de verdad son princesas.

Está de moda decir que no nos importa lo que digan y piensen de nosotros, cuando es siempre mentira. Nos importa. En mayor o menor grado, pero lo hace. Pero, ¿merece la pena actuar de una manera ficticia en la que no estemos cómodos, sin ser nosotros mismos, para que el pensamiento de la gente hacia nosotros cambie? Parece que sí, ya es que lo que todo el mundo hace. Si todos lo hacen, por algo será. Aunque, recordad, que la mayoría no siempre lleva razón. Hitler recibió millones de votos en unas elecciones democráticas. Engañando a la gente, sí. Pero, ¿quién nos asegura que no estamos siendo engañados nosotros cuando cambiamos nuestra forma de ser porque creemos que es lo mejor? Nadie lo puede hacer. Aunque, por si acaso, más vale seguir a la mayoría. Ese si acaso podemos sustituirlo por miedo. Tenemos miedo de nosotros mismos, de nuestra forma de ser, de la cuál nos avergonzamos. La ocultamos y nos comportamos de una manera irreal por miedo a la soledad y a que nos mire mal gente que, en realidad, no nos cae del todo bien. Gente que nos juzga, y que incluso se cree superior. La gente que, probablemente, nos engaña.

Pero no son solo ellos. La publicidad y el marketing siempre han servido para manipular. Para pensar que vestir de esa manera es la correcta, y, de esa manera, sigamos a la mayoría. Esa es la gran mentira de la moda. Lo que quieren no es hacernos sentir bien, sino ganar dinero.

Siguiendo el hilo de lo que pensamos, lo que queremos pensar, y lo que quieren que pensemos, creo que hay que tener en cuenta una cosa. Las personas a las que no conocemos quizá no son tan fantásticas como las imaginamos. Cuando miras algo o a alguien con buenos ojos, ocultas a tu mente los errores que pueda tener, y solo te fijas en lo fantástica que es una de sus características. Coges esa y extrapolas su brillantez al resto de aspectos, los cuales no conoces. Puede que sean así, pero lo normal es que no. Las fantasías siempre superan la realidad. Centrándonos en las personas, a lo que me refiero es a que, por ejemplo, los ídolos que tan perfectos imaginamos, en realidad no son así. Pero no es solo aplicable a los ídolos, sino a todas aquellas personas de las que llegamos a vivir pendientes antes de conocerlas, e incluso sabiendo de la dificultad que entraña alcanzar ese punto.

De todas formas, yo no pretendo engañar a nadie. Yo caigo en estas trampas como cualquier persona normal, pero quiero darme cuenta de que no tendría porqué ser así. Aunque después de ello siga actuando de la misma forma. Tenemos tendencia a seguir igual, porque, quizás nuestra situación no es tan mala como llegamos a pensar, o, simplemente, porque tenemos miedo a empeorar. Nos cerramos y nos entran los nervios y la vergüenza. Malditos sean.

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