Por favor, tened en cuenta que se trata del borrador de una presentación oral y el texto está pensado para ser expresado de forma oral. Muchas gracias.
Os quiero plantear una pregunta: ¿qué es ser el mejor?
¿Es ser el más brillante? ¿El más reconocido? ¿El que más dinero gana? En el caso de los estudios, ¿es ser el que mejores notas saca? Eso es lo que nos han enseñado, ¿no? ¿Por qué no es el mejor quien más ayuda a sus compañeros? ¿Por qué no lo es el que más se esfuerza? ¿Quién es realmente el mejor? Las notas emiten un veredicto, es cierto. Pero jamás debemos dar por sentado que ese veredicto sea el adecuado. Nadie tiene la autoridad suficiente para asegurarlo.
Pongamos otro ejemplo distinto. Si nos preguntamos si son mejores ciencias o letras, si son más útiles, la sociedad lo va a tener claro. Seguro. Tengo la suerte de encajar bastante bien en este sistema educativo (insisto, es una suerte), por lo que pude elegir entre ciencias o letras. Mi vocación es ser periodista. Sabiéndolo, mucha gente me dijo que no estudiara Periodismo. Que para qué. Que mejor las ciencias, y sino la economía. Entrar en esta facultad [la de Ciencias Sociales y de la Comunicación] es visto por gran parte de la sociedad como echarse a perder. Desperdiciar talento. Aquí, en un aula como esta, espero que nos demos cuenta de que aquellos que lo dicen no tienen la autoridad suficiente para decirlo. Pues con las notas pasa lo mismo. No debemos aceptar las cosas tal y como vienen dadas. Alguien ha decidido que sean así. El quién es lo de menos.
Veía el otro día una charla de TED de un estudiante que había sacado un 10 en selectividad. “La imperfección del sistema educativo no ha de ser excusa para desarrollar todo nuestro potencial”, decía. Su pasión era la física y quería ser investigador. Apuntar que, socialmente, ya por ello, está bien visto. Quiere hacer ciencia. Es la hostia. ¿Qué hubiera pasado si hubiera estudiado algo relacionado con la comunicación? Pero ese es otro tema. No nos estamos poniendo una excusa a nosotros mismos, como él afirma. Un impedimento de este calibre jamás puede ser excusa.
Hay que tener en cuenta que los aquí presentes hemos superado ya varias cribas. Hemos llegado a la Universidad. Nos decían que sería diferente. Queríamos pensar que sí. Que iba a ser mejor. Que lo que estudiáramos nos iba a gustar. Qué os voy a contar que no sepáis. Pues bien, aquí estamos. A punto de acabar 1º. Ya os hablé en una de las primeras clases de este cuatrimestre de algo similar. De que estábamos equivocados con las expectativas que teníamos antes de entrar aquí. Es absolutamente normal sentir frustración. Y encima, en el diario El Mundo nos llamaban inmaduros y fracasados. Ver para creer.
Total, que estamos a nueve de mayo y tengo la sensación de haber aprendido más bien poco, siendo generoso. Creo que mis compañeros comparten este sentimiento. En estos casi nueve meses, he encontrado varios tipos de profesores.
Por un lado, el que domina ampliamente la materia (hasta aquí todo va bien), habla de forma grandilocuente, pero ni sabe enseñar, e incluso, ni quiere enseñar. Aunque bueno, es comprensible. Para qué van a adquirir conocimientos didácticos, si, y cito textualmente lo que una profesora nos comentó, “la docencia es el 5% de mi trabajo. Y si les preguntas a mis compañeros, es lo mismo.” Entonces, es normal que no lo hagan. Quizá el problema esté, por tanto, más arriba.
Por otro lado, están los que ni siquiera dominan la materia y no paran de cometer errores. Y, es cierto, también hay buenos profesores, apasionados por la materia que imparten y por impartirla. Esto último es muy importante. Eso sí, por desgracia, no son mayoría.
Podríamos añadir que algunos están de psiquiátrico, que usan métodos didácticos de primaria, que los profesores de la teoría no se ponen de acuerdo con los que imparten la parte práctica, que no motivan a absolutamente nadie,… De locos. Nunca mejor dicho.
De todas formas, aunque aquí dediquemos bastantes horas a hacer cosas tenemos relativa suerte en comparación con otras carreras, cuyos estudiantes meten más horas. Eso sí, algunas de las labores que hacemos resultan extremadamente inútiles, como, en tiempos de Internet y Wikipedia, estudiar, memorizar, los nombres de los que consiguieron la independencia de Ghana, Mozambique o el Congo. Y así, miles de datos a memorizar. En vez de enseñar causas, consecuencias, razones; de generar ciudadanos críticos, periodistas críticos, se prefiere que estudiemos el nombre de partidos políticos egipcios o libaneses. No cabe duda de que la historia es importante y necesaria. Pero no lo son tanto sus datos concretos, al alcance de cualquiera en Internet.
Y, además, hay que mirar al futuro. Para tener un futuro digno, hay que complementar el grado con el posterior máster y con idiomas. Estudiarlos ocupa tiempo. Y claro, hay que hacer deporte para mantenernos sanos. Eso también ocupa tiempo. Y dormir. Y hacer vida social. Eso es igual de necesario, puesto que el ser humano es un ser social. Y, a día de hoy, es imposible que los días duren más de 24 horas. Quizá en unos años el avance científico lo logre.
Después llegan las depresiones, los abandonos de la carrera, el desánimo generalizado. Y lo sorprendente es que hay gente que se sorprende. Te curras trabajos que no sabes cómo hacer porque nadie te ha enseñado, los desprecian, y sorprende que eso se reciba con desánimo. Dedicas mucho tiempo a cosas que no te interesan, acabas suspendiendo, y te frustras. Normal. Es absolutamente normal. Decía Marcelo Bielsa -sí, siendo una presentación mía, algo de fútbol tenía que aparecer- que las evaluaciones no deben hacerse en función de lo que se obtiene, sino de lo que se merece. No puedo estar más de acuerdo. Sin embargo, se hace lo opuesto.
Quizá deberíamos preguntarnos la lógica de pasar la inmensa mayoría del tiempo de los mejores años de nuestras vidas (de lunes a viernes, prácticamente todo el día) estudiando. Quizá deberíamos preguntarnos quién ha diseñado este sistema del que no nos atrevemos a salir. O del que no podemos salir. Quizá entonces nos demos cuenta de que lo que asumimos como obligatorio es obligatorio porque como sociedad decidimos que así sea. Quizá nos demos cuenta de que ser el mejor no significa lo que creemos que significa, y de que memorizar no debería ser lo más importante. Quizá nos demos cuenta de que no razonamos lo suficiente. Quizá nos demos cuenta de que debemos hacernos más preguntas. Pero estamos demasiado ocupados para ello. Memorizando.
miércoles, 10 de mayo de 2017
martes, 25 de abril de 2017
Más allá de las navajas
Nación conocida por el chocolate, las navajas y, últimamente, el dinero que tantos tienen allí escondido, Suiza está entre los lugares mejor valorados para vivir. Al menos, eso dice la OCDE en su Better Life Index. Históricamente neutral -lo fue en ambas Guerras Mundiales- y pacífica, lidera, sin embargo, la clasificación europea de armas de fuego por habitante, según Small Arms Survey. Y no, las navajas no cuentan.
La explicación de esta aparente contradicción es que en la Confederación Helvética, nombre oficial del país, los varones aún están obligados a militar en la Armada tras cumplir los 18 años. Al finalizar su servicio tienen el derecho de guardar un arma con ellos, y la mayoría decide hacerlo. De esta manera, Suiza alcanza la cifra de 46 armas por cada 100 habitantes, según el estudio llevado a cabo por Small Arms Survey. A nivel mundial, solo la superan Estados Unidos y Yemen, con 89 y 55 respectivamente. España se sitúa lejos en esta clasificación, en 25ª plaza y con diez armas por cada cien habitantes. Eso sí, por motivos de seguridad, no está permitido que los rifles que se queden los helvéticos sean automáticos ni que se sitúen junto a la munición. Aun así, todos los que han pasado por el Ejército saben usar esas armas.
En España, el Gobierno abolió el servicio militar obligatorio en 2001 debido a la gran presión social que demandaba su fin. Sin embargo, los suizos están de acuerdo con la mili. Al menos, eso demostró el referéndum de septiembre de 2013, en el que el 73% de los helvéticos mayores de 18 años votaron en contra de su supresión. Los habitantes de absolutamente todos los cantones del país secundaron esa opción. Entre los menores, los que aún no han pasado por la Armada, las opiniones son mucho más diversas. Para Oliver Lisik, un joven residente en Berna que tendrá que unirse al Ejército el próximo invierno, el servicio militar “es innecesario dado que Suiza es un país neutral” y cree que la Armada debería ser profesional. Aunque, por parte de los jóvenes, el rechazo no es unánime. Alex García, nieto de españoles que vive en Neuchâtel y que también servirá en 2018, lo ve como “una buena experiencia de vida en la se pueden hacer amigos” y subraya que entre sus compañeros hay muchos y muy diferentes puntos de vista.
Para entrar en el Ejército, los jóvenes deben superar varias pruebas. En primer lugar, han de hacer un examen psicotécnico en el que también se incluyen preguntas de cultura general. Posteriormente, personal sanitario les somete a un examen médico para ver si son aptos para servir, y, finalmente, tienen que llevar a cabo diversas pruebas físicas. Los que logran mejores resultados son los que pueden optar por realizar trabajos más duros en la armada.
Si no superan esta fase, debido a minusvalías, lesiones u otras circunstancias, están obligados a participar en el “servicio civil sustitutorio” para, de esta forma, contribuir a la sociedad al igual que sus compañeros que sí hacen la mili. Aun así, hay personas que siguen quedándose fuera, y cuya ayuda al país la harán, simplemente, pagando una importante cantidad de dinero que varía en cada caso.
Los suizos que sí pasan el corte tienen dos opciones: hacer los 300 días de servicio seguidos o realizar un periodo de cinco meses e ir completándolo más adelante -tienen de plazo hasta que cumplen los 32 años-. En cualquier caso, están obligados a alcanzar esa cifra. Una vez en la Armada, cada individuo se especializa en una determinada labor. Existen hasta 240 opciones dentro del propio Ejército. Oliver Lisik, por ejemplo, optará por una tropa especializada en químicos.
La pervivencia de la mili es más una anomalía que una regla general hoy en día en Europa. De hecho, en la parte occidental del continente, solo Austria y la propia Suiza la mantienen, a lo que habría que sumar a algunos países escandinavos (Noruega, Finlandia y Dinamarca), a varias repúblicas que formaban parte de Yugoslavia o de la URSS; y a Grecia y Chipre. Sin embargo, esta lista aumentará en 2018, cuando Suecia llame a filas a los nacidos en 1999, sea cual sea su sexo.
Esta es otra de las cuestiones más polémicas, pues solo los varones están obligados a realizar el servicio militar en Suiza. Para ellas, es voluntario. Oliver Lisik se queja de ello: “Solo lo tenemos que hacer los hombres y las mujeres están exentas de contribuir a la nación.” Argumenta también que ellas tienen ventaja en los estudios debido a que él estará un año sin estudiar ni trabajar mientras que sus compañeras podrán comenzar la universidad.
Los jóvenes helvéticos, por tanto, se ven obligados a dejar de lado los estudios por un tiempo para hacer la mili. Alex García se lamenta y aduce que precisamente ese es el único problema que le ve al servicio militar obligatorio. “Es una molestia estar al menos cinco meses sin poder estudiar ni trabajar”, comenta.
Para los que están inmersos en el mundo laboral y no tienen intención de entrar en la universidad, sin embargo, no es una carga tan pesada, ya que, a pesar de dejar su trabajo habitual a un lado, siguen cobrando al menos el 80% de su sueldo. El Estado compensa económicamente a las empresas por las bajas de sus empleados.
Pero más allá de la ocupación principal de los jóvenes, ya sean los estudios o el trabajo, su vida cambia radicalmente cuando tienen que realizar el servicio militar. Viven a muchos kilómetros de sus hogares, lejos de sus familias, a las que solo visitan algunos fines de semana. Supone un cambio muy grande que, eso sí, sirve a los helvéticos para madurar y acostumbrarse a valerse por sí mismos. Su tiempo libre también se ve reducido, y el consumo de bebidas alcohólicas, por supuesto, está prohibido, lo que supone una gran faena para algunos.
Entonces, queda claro que los suizos están muy armados y bien preparados. Lo que cabe preguntarse es si esto es más importante que la libertad de decisión del individuo, que se respeta en los países en los que no existe una obligación de participar en el Ejército. En España, la “contribución a la nación” de la que hablan los helvéticos también se lleva a cabo, puesto que son los impuestos los que sufragan el coste que suponen las Fuerzas Armadas. La diferencia reside en la forma de dicha ayuda al país: de forma directa o indirecta. Trabajando o pagando.
Parece impensable que en España se pudiera retroceder en el tiempo y que los jóvenes volvieran a tener que hacer la mili. Esa que para algunos fue un verdadero suplicio, y para otros una época fantástica en la que conocieron a grandes amigos con los que siguen guardando una excelente relación en la actualidad. Sin embargo, otros países, como Alemania, se lo han llegado a pensar. Al menos, según los principales medios de comunicación germanos, que en 2016 sacaron a la luz un documento en el que figuraba que el ejecutivo de Angela Merkel se planteaba el retorno del servicio militar obligatorio para hacer frente a las amenazas exteriores, entre la que destaca la del terrorismo yihadista. Aun así, el apoyo social para aprobar estas medidas sería bastante escaso, lo que dificultaría enormemente su implantación.
No ocurre esto en el caso suizo. Orgullosos de su país, no tienen miedo a aprender a defender una nación tan plural en la que conviven tres idiomas: francés, italiano y alemán. De hecho, algunos defensores del “no” a la abolición del servicio militar en 2013 usaron el argumento de que la mili aporta consistencia a la Confederación Helvética. Afirmaban que une a sus diversos habitantes, más todavía teniendo en cuenta que, hoy en día, muchos son hijos de inmigrantes. Es posible que así sea.
En este estado alpino se le vaticina una larga vida al servicio militar. Mientras la población lo apoye -de momento lo hace de manera notoria-, nada cambiará. Y hasta que algo grave ocurra, Suiza continuará siendo un país aparentemente amable, en el que se seguirá escondiendo dinero y del que importaremos chocolate. Eso sí, a los mandatarios del mundo les conviene recordar que tienen más que navajas para defenderse. Y que saben usar sus armas.
La explicación de esta aparente contradicción es que en la Confederación Helvética, nombre oficial del país, los varones aún están obligados a militar en la Armada tras cumplir los 18 años. Al finalizar su servicio tienen el derecho de guardar un arma con ellos, y la mayoría decide hacerlo. De esta manera, Suiza alcanza la cifra de 46 armas por cada 100 habitantes, según el estudio llevado a cabo por Small Arms Survey. A nivel mundial, solo la superan Estados Unidos y Yemen, con 89 y 55 respectivamente. España se sitúa lejos en esta clasificación, en 25ª plaza y con diez armas por cada cien habitantes. Eso sí, por motivos de seguridad, no está permitido que los rifles que se queden los helvéticos sean automáticos ni que se sitúen junto a la munición. Aun así, todos los que han pasado por el Ejército saben usar esas armas.
En España, el Gobierno abolió el servicio militar obligatorio en 2001 debido a la gran presión social que demandaba su fin. Sin embargo, los suizos están de acuerdo con la mili. Al menos, eso demostró el referéndum de septiembre de 2013, en el que el 73% de los helvéticos mayores de 18 años votaron en contra de su supresión. Los habitantes de absolutamente todos los cantones del país secundaron esa opción. Entre los menores, los que aún no han pasado por la Armada, las opiniones son mucho más diversas. Para Oliver Lisik, un joven residente en Berna que tendrá que unirse al Ejército el próximo invierno, el servicio militar “es innecesario dado que Suiza es un país neutral” y cree que la Armada debería ser profesional. Aunque, por parte de los jóvenes, el rechazo no es unánime. Alex García, nieto de españoles que vive en Neuchâtel y que también servirá en 2018, lo ve como “una buena experiencia de vida en la se pueden hacer amigos” y subraya que entre sus compañeros hay muchos y muy diferentes puntos de vista.
Para entrar en el Ejército, los jóvenes deben superar varias pruebas. En primer lugar, han de hacer un examen psicotécnico en el que también se incluyen preguntas de cultura general. Posteriormente, personal sanitario les somete a un examen médico para ver si son aptos para servir, y, finalmente, tienen que llevar a cabo diversas pruebas físicas. Los que logran mejores resultados son los que pueden optar por realizar trabajos más duros en la armada.
Si no superan esta fase, debido a minusvalías, lesiones u otras circunstancias, están obligados a participar en el “servicio civil sustitutorio” para, de esta forma, contribuir a la sociedad al igual que sus compañeros que sí hacen la mili. Aun así, hay personas que siguen quedándose fuera, y cuya ayuda al país la harán, simplemente, pagando una importante cantidad de dinero que varía en cada caso.
Los suizos que sí pasan el corte tienen dos opciones: hacer los 300 días de servicio seguidos o realizar un periodo de cinco meses e ir completándolo más adelante -tienen de plazo hasta que cumplen los 32 años-. En cualquier caso, están obligados a alcanzar esa cifra. Una vez en la Armada, cada individuo se especializa en una determinada labor. Existen hasta 240 opciones dentro del propio Ejército. Oliver Lisik, por ejemplo, optará por una tropa especializada en químicos.
La pervivencia de la mili es más una anomalía que una regla general hoy en día en Europa. De hecho, en la parte occidental del continente, solo Austria y la propia Suiza la mantienen, a lo que habría que sumar a algunos países escandinavos (Noruega, Finlandia y Dinamarca), a varias repúblicas que formaban parte de Yugoslavia o de la URSS; y a Grecia y Chipre. Sin embargo, esta lista aumentará en 2018, cuando Suecia llame a filas a los nacidos en 1999, sea cual sea su sexo.
Esta es otra de las cuestiones más polémicas, pues solo los varones están obligados a realizar el servicio militar en Suiza. Para ellas, es voluntario. Oliver Lisik se queja de ello: “Solo lo tenemos que hacer los hombres y las mujeres están exentas de contribuir a la nación.” Argumenta también que ellas tienen ventaja en los estudios debido a que él estará un año sin estudiar ni trabajar mientras que sus compañeras podrán comenzar la universidad.
Los jóvenes helvéticos, por tanto, se ven obligados a dejar de lado los estudios por un tiempo para hacer la mili. Alex García se lamenta y aduce que precisamente ese es el único problema que le ve al servicio militar obligatorio. “Es una molestia estar al menos cinco meses sin poder estudiar ni trabajar”, comenta.
Para los que están inmersos en el mundo laboral y no tienen intención de entrar en la universidad, sin embargo, no es una carga tan pesada, ya que, a pesar de dejar su trabajo habitual a un lado, siguen cobrando al menos el 80% de su sueldo. El Estado compensa económicamente a las empresas por las bajas de sus empleados.
Pero más allá de la ocupación principal de los jóvenes, ya sean los estudios o el trabajo, su vida cambia radicalmente cuando tienen que realizar el servicio militar. Viven a muchos kilómetros de sus hogares, lejos de sus familias, a las que solo visitan algunos fines de semana. Supone un cambio muy grande que, eso sí, sirve a los helvéticos para madurar y acostumbrarse a valerse por sí mismos. Su tiempo libre también se ve reducido, y el consumo de bebidas alcohólicas, por supuesto, está prohibido, lo que supone una gran faena para algunos.
Entonces, queda claro que los suizos están muy armados y bien preparados. Lo que cabe preguntarse es si esto es más importante que la libertad de decisión del individuo, que se respeta en los países en los que no existe una obligación de participar en el Ejército. En España, la “contribución a la nación” de la que hablan los helvéticos también se lleva a cabo, puesto que son los impuestos los que sufragan el coste que suponen las Fuerzas Armadas. La diferencia reside en la forma de dicha ayuda al país: de forma directa o indirecta. Trabajando o pagando.
Parece impensable que en España se pudiera retroceder en el tiempo y que los jóvenes volvieran a tener que hacer la mili. Esa que para algunos fue un verdadero suplicio, y para otros una época fantástica en la que conocieron a grandes amigos con los que siguen guardando una excelente relación en la actualidad. Sin embargo, otros países, como Alemania, se lo han llegado a pensar. Al menos, según los principales medios de comunicación germanos, que en 2016 sacaron a la luz un documento en el que figuraba que el ejecutivo de Angela Merkel se planteaba el retorno del servicio militar obligatorio para hacer frente a las amenazas exteriores, entre la que destaca la del terrorismo yihadista. Aun así, el apoyo social para aprobar estas medidas sería bastante escaso, lo que dificultaría enormemente su implantación.
No ocurre esto en el caso suizo. Orgullosos de su país, no tienen miedo a aprender a defender una nación tan plural en la que conviven tres idiomas: francés, italiano y alemán. De hecho, algunos defensores del “no” a la abolición del servicio militar en 2013 usaron el argumento de que la mili aporta consistencia a la Confederación Helvética. Afirmaban que une a sus diversos habitantes, más todavía teniendo en cuenta que, hoy en día, muchos son hijos de inmigrantes. Es posible que así sea.
En este estado alpino se le vaticina una larga vida al servicio militar. Mientras la población lo apoye -de momento lo hace de manera notoria-, nada cambiará. Y hasta que algo grave ocurra, Suiza continuará siendo un país aparentemente amable, en el que se seguirá escondiendo dinero y del que importaremos chocolate. Eso sí, a los mandatarios del mundo les conviene recordar que tienen más que navajas para defenderse. Y que saben usar sus armas.
miércoles, 11 de enero de 2017
Estudiantes, no inmaduros fracasados
Estaba yo estudiando esta tarde -sí, los estudiantes estudiamos-, cuando he visto en mi TL de Twitter un artículo de la web de El Mundo titulado Mi hijo universitario saca malas notas, ¿qué puedo hacer? No he podido resistir la tentación y me he puesto a leerlo. Esperaba algo totalmente distinto, algo que ayudara. Algo útil. Pues no. Qué iluso soy a veces.
Será que soy de fácil indignación, pero me he pillado un rebote importante. El artículo en cuestión es, prácticamente en su integridad, una crítica para nada constructiva a los alumnos. Que si no aprueban es porque salen de fiesta, porque son unos irresponsables, porque son unos inmaduros. Esto lo dice el texto explícitamente. Lo que no dice pero deja ver es que Ángela Castillo, quien firma el artículo, no tiene ni idea de la realidad. Es difícil mostrar un desconocimiento mayor acerca del tema.
En el octavo párrafo encontramos la sección de "otros problemas", en el que se menciona que parte del profesorado carece de conocimientos vinculados con la pedagogía, lo cual puede repercutir en el aprendizaje del alumnado. En vez de hablar de que tomamos demasiadas cervezas, ¿por qué no ha empezado usted, señora Castillo, por ahí?
He tenido la mala suerte de tropezar con un tipo difícil de definir en mi primer año. Él dirá ser profesor, pero no lo es. Esa historia ya la conté aquí. Como estudiante universitario de primer año que soy conozco mucha, demasiada gente que ha pensado en dejar la carrera. Y no por las razones expuestas en ese nefasto artículo. No porque se pasen la tarde de cañas. Al menos, no todos. Ni mucho menos. Es muy frustrante realizar un trabajo para que te humillen por estar mal hecho. Humillen, sí. Con todas las letras. Es frustrante estudiar para exámenes que aprueban dos o tres personas de casi trescientas. Supongo que será muestra de inmadurez e irresponsabilidad dejar de hacerlo, señora Castillo. Supongo también, entonces, que usted es idiota y le gusta trabajar para que se rían de su trabajo.
Es absolutamente normal que cosas así hagan que los estudiantes pierdan motivación. Que piensen en dejar la carrera. ¿¡Alguien esperaría otra cosa!? Que venga y me lo diga. Y quejarse a la propia universidad no tiene efecto práctico alguno, ya que la misma situación se ha venido dando año tras año desde quién sabe cuándo. Profesores que no enseñan, universidades que hacen la vista gorda, y la culpa, de los alumnos. Claro.
La solución planteada me parece irrisoria: que los padres estén más encima. Vamos a ver. No le voy a echar la culpa a usted, ya que cita a Gabriel Chancel, coordinador de la Unidad de Asesoramiento Pedagógico de la Universidad Autónoma de Barcelona; y a Valentín Martínez-Otero, psicólogo y profesor de la Universidad Complutense de Madrid. No sé si lo hacen por propio convencimiento o por defender a las universidades españolas, pero parecen recién caídos de un guindo. Su justificación de la propuesta: que los padres son quienes pagan los estudios a sus hijos. Dejemos de indignarnos, entonces, cuando los padres sean quienes decidan los estudios de sus hijos. Qué carreras deben hacer y cuáles no. Total, como ellos las pagan, qué más dará qué piense el que va a tener que estudiar algo que no es de su agrado. Que sea el dinero lo que justifique absolutamente todo es la enfermiza manía de esta sociedad.
Añaden, además, que el desencanto de los alumnos en el primer curso es algo normal. Como si viniera genéticamente determinado. Asumir lo negativo sin buscar revertirlo o, como mínimo, reducirlo, deja clara la evolución que del fenómeno tratado, sea cual sea, en el futuro: en el mejor de los casos, seguir igual. Es simple. ¿Cómo va a mejorar algo que se asume como normal y no se intenta mejorar?
La tasa de abandono de los estudios universitarios en España es alta, al igual que lo es la de abandono escolar. Quizá no sea por el hecho de que vivamos en este país, sino por cómo está estructurado el sistema. Quizá el problema no seamos los alumnos. Por dejarlo planteado, nada más. También se dice en el artículo que "los estudiantes son incapaces de adaptarse al cambio", "no gestionan bien el tiempo", "solo estudian tirando de memoria", "no saben enfrentarse a exámenes tipo test" y tampoco dominan el hablar en público o el trabajar en equipo. Joder, ¿tan difícil es darse cuenta de que no es nuestra culpa que no sepamos hacerlo? ¿Tan difícil es darse cuenta de que si no sabemos es porque nadie nos ha enseñado?
Si la culpa es de los alumnos, como diría Chávez, váyanse al carajo. Si la culpa es de los alumnos, es que no entienden nada. O que no lo quieren entender. Si la culpa es de los alumnos, es que no quieren ver el gran problema que existe. Debe ser más fácil mirar hacia otro lado.
En esta situación, lo más importante es recordar a los universitarios que sigan adelante. Que a pesar de las dificultades, de los prejuicios vertidos en funestos artículos como el que he tenido la desgracia de encontrar hoy, hay que continuar.
Estudiantes: aunque penséis que no servís para nada, que lo que está mal sois vosotros, no es así. Con profesores que no valen, con un sistema que, en general, no enseña y no prepara, lo normal es suspender y perder la motivación. Eso no es fracasar. No sois un fracaso, y no dejéis que nadie os lo diga. No lo creáis. Fracasar, en estas condiciones, no sería ni dejar de intentarlo. Que miren hacia otro lado si quieren, pero, eso sí, que no os hagan sentir mal.
Será que soy de fácil indignación, pero me he pillado un rebote importante. El artículo en cuestión es, prácticamente en su integridad, una crítica para nada constructiva a los alumnos. Que si no aprueban es porque salen de fiesta, porque son unos irresponsables, porque son unos inmaduros. Esto lo dice el texto explícitamente. Lo que no dice pero deja ver es que Ángela Castillo, quien firma el artículo, no tiene ni idea de la realidad. Es difícil mostrar un desconocimiento mayor acerca del tema.
En el octavo párrafo encontramos la sección de "otros problemas", en el que se menciona que parte del profesorado carece de conocimientos vinculados con la pedagogía, lo cual puede repercutir en el aprendizaje del alumnado. En vez de hablar de que tomamos demasiadas cervezas, ¿por qué no ha empezado usted, señora Castillo, por ahí?
He tenido la mala suerte de tropezar con un tipo difícil de definir en mi primer año. Él dirá ser profesor, pero no lo es. Esa historia ya la conté aquí. Como estudiante universitario de primer año que soy conozco mucha, demasiada gente que ha pensado en dejar la carrera. Y no por las razones expuestas en ese nefasto artículo. No porque se pasen la tarde de cañas. Al menos, no todos. Ni mucho menos. Es muy frustrante realizar un trabajo para que te humillen por estar mal hecho. Humillen, sí. Con todas las letras. Es frustrante estudiar para exámenes que aprueban dos o tres personas de casi trescientas. Supongo que será muestra de inmadurez e irresponsabilidad dejar de hacerlo, señora Castillo. Supongo también, entonces, que usted es idiota y le gusta trabajar para que se rían de su trabajo.
Es absolutamente normal que cosas así hagan que los estudiantes pierdan motivación. Que piensen en dejar la carrera. ¿¡Alguien esperaría otra cosa!? Que venga y me lo diga. Y quejarse a la propia universidad no tiene efecto práctico alguno, ya que la misma situación se ha venido dando año tras año desde quién sabe cuándo. Profesores que no enseñan, universidades que hacen la vista gorda, y la culpa, de los alumnos. Claro.
La solución planteada me parece irrisoria: que los padres estén más encima. Vamos a ver. No le voy a echar la culpa a usted, ya que cita a Gabriel Chancel, coordinador de la Unidad de Asesoramiento Pedagógico de la Universidad Autónoma de Barcelona; y a Valentín Martínez-Otero, psicólogo y profesor de la Universidad Complutense de Madrid. No sé si lo hacen por propio convencimiento o por defender a las universidades españolas, pero parecen recién caídos de un guindo. Su justificación de la propuesta: que los padres son quienes pagan los estudios a sus hijos. Dejemos de indignarnos, entonces, cuando los padres sean quienes decidan los estudios de sus hijos. Qué carreras deben hacer y cuáles no. Total, como ellos las pagan, qué más dará qué piense el que va a tener que estudiar algo que no es de su agrado. Que sea el dinero lo que justifique absolutamente todo es la enfermiza manía de esta sociedad.
Añaden, además, que el desencanto de los alumnos en el primer curso es algo normal. Como si viniera genéticamente determinado. Asumir lo negativo sin buscar revertirlo o, como mínimo, reducirlo, deja clara la evolución que del fenómeno tratado, sea cual sea, en el futuro: en el mejor de los casos, seguir igual. Es simple. ¿Cómo va a mejorar algo que se asume como normal y no se intenta mejorar?
La tasa de abandono de los estudios universitarios en España es alta, al igual que lo es la de abandono escolar. Quizá no sea por el hecho de que vivamos en este país, sino por cómo está estructurado el sistema. Quizá el problema no seamos los alumnos. Por dejarlo planteado, nada más. También se dice en el artículo que "los estudiantes son incapaces de adaptarse al cambio", "no gestionan bien el tiempo", "solo estudian tirando de memoria", "no saben enfrentarse a exámenes tipo test" y tampoco dominan el hablar en público o el trabajar en equipo. Joder, ¿tan difícil es darse cuenta de que no es nuestra culpa que no sepamos hacerlo? ¿Tan difícil es darse cuenta de que si no sabemos es porque nadie nos ha enseñado?
Si la culpa es de los alumnos, como diría Chávez, váyanse al carajo. Si la culpa es de los alumnos, es que no entienden nada. O que no lo quieren entender. Si la culpa es de los alumnos, es que no quieren ver el gran problema que existe. Debe ser más fácil mirar hacia otro lado.
En esta situación, lo más importante es recordar a los universitarios que sigan adelante. Que a pesar de las dificultades, de los prejuicios vertidos en funestos artículos como el que he tenido la desgracia de encontrar hoy, hay que continuar.
Estudiantes: aunque penséis que no servís para nada, que lo que está mal sois vosotros, no es así. Con profesores que no valen, con un sistema que, en general, no enseña y no prepara, lo normal es suspender y perder la motivación. Eso no es fracasar. No sois un fracaso, y no dejéis que nadie os lo diga. No lo creáis. Fracasar, en estas condiciones, no sería ni dejar de intentarlo. Que miren hacia otro lado si quieren, pero, eso sí, que no os hagan sentir mal.
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