Por favor, tened en cuenta que se trata del borrador de una presentación oral y el texto está pensado para ser expresado de forma oral. Muchas gracias.
Os quiero plantear una pregunta: ¿qué es ser el mejor?
¿Es ser el más brillante? ¿El más reconocido? ¿El que más dinero gana? En el caso de los estudios, ¿es ser el que mejores notas saca? Eso es lo que nos han enseñado, ¿no? ¿Por qué no es el mejor quien más ayuda a sus compañeros? ¿Por qué no lo es el que más se esfuerza? ¿Quién es realmente el mejor? Las notas emiten un veredicto, es cierto. Pero jamás debemos dar por sentado que ese veredicto sea el adecuado. Nadie tiene la autoridad suficiente para asegurarlo.
Pongamos otro ejemplo distinto. Si nos preguntamos si son mejores ciencias o letras, si son más útiles, la sociedad lo va a tener claro. Seguro. Tengo la suerte de encajar bastante bien en este sistema educativo (insisto, es una suerte), por lo que pude elegir entre ciencias o letras. Mi vocación es ser periodista. Sabiéndolo, mucha gente me dijo que no estudiara Periodismo. Que para qué. Que mejor las ciencias, y sino la economía. Entrar en esta facultad [la de Ciencias Sociales y de la Comunicación] es visto por gran parte de la sociedad como echarse a perder. Desperdiciar talento. Aquí, en un aula como esta, espero que nos demos cuenta de que aquellos que lo dicen no tienen la autoridad suficiente para decirlo. Pues con las notas pasa lo mismo. No debemos aceptar las cosas tal y como vienen dadas. Alguien ha decidido que sean así. El quién es lo de menos.
Veía el otro día una charla de TED de un estudiante que había sacado un 10 en selectividad. “La imperfección del sistema educativo no ha de ser excusa para desarrollar todo nuestro potencial”, decía. Su pasión era la física y quería ser investigador. Apuntar que, socialmente, ya por ello, está bien visto. Quiere hacer ciencia. Es la hostia. ¿Qué hubiera pasado si hubiera estudiado algo relacionado con la comunicación? Pero ese es otro tema. No nos estamos poniendo una excusa a nosotros mismos, como él afirma. Un impedimento de este calibre jamás puede ser excusa.
Hay que tener en cuenta que los aquí presentes hemos superado ya varias cribas. Hemos llegado a la Universidad. Nos decían que sería diferente. Queríamos pensar que sí. Que iba a ser mejor. Que lo que estudiáramos nos iba a gustar. Qué os voy a contar que no sepáis. Pues bien, aquí estamos. A punto de acabar 1º. Ya os hablé en una de las primeras clases de este cuatrimestre de algo similar. De que estábamos equivocados con las expectativas que teníamos antes de entrar aquí. Es absolutamente normal sentir frustración. Y encima, en el diario El Mundo nos llamaban inmaduros y fracasados. Ver para creer.
Total, que estamos a nueve de mayo y tengo la sensación de haber aprendido más bien poco, siendo generoso. Creo que mis compañeros comparten este sentimiento. En estos casi nueve meses, he encontrado varios tipos de profesores.
Por un lado, el que domina ampliamente la materia (hasta aquí todo va bien), habla de forma grandilocuente, pero ni sabe enseñar, e incluso, ni quiere enseñar. Aunque bueno, es comprensible. Para qué van a adquirir conocimientos didácticos, si, y cito textualmente lo que una profesora nos comentó, “la docencia es el 5% de mi trabajo. Y si les preguntas a mis compañeros, es lo mismo.” Entonces, es normal que no lo hagan. Quizá el problema esté, por tanto, más arriba.
Por otro lado, están los que ni siquiera dominan la materia y no paran de cometer errores. Y, es cierto, también hay buenos profesores, apasionados por la materia que imparten y por impartirla. Esto último es muy importante. Eso sí, por desgracia, no son mayoría.
Podríamos añadir que algunos están de psiquiátrico, que usan métodos didácticos de primaria, que los profesores de la teoría no se ponen de acuerdo con los que imparten la parte práctica, que no motivan a absolutamente nadie,… De locos. Nunca mejor dicho.
De todas formas, aunque aquí dediquemos bastantes horas a hacer cosas tenemos relativa suerte en comparación con otras carreras, cuyos estudiantes meten más horas. Eso sí, algunas de las labores que hacemos resultan extremadamente inútiles, como, en tiempos de Internet y Wikipedia, estudiar, memorizar, los nombres de los que consiguieron la independencia de Ghana, Mozambique o el Congo. Y así, miles de datos a memorizar. En vez de enseñar causas, consecuencias, razones; de generar ciudadanos críticos, periodistas críticos, se prefiere que estudiemos el nombre de partidos políticos egipcios o libaneses. No cabe duda de que la historia es importante y necesaria. Pero no lo son tanto sus datos concretos, al alcance de cualquiera en Internet.
Y, además, hay que mirar al futuro. Para tener un futuro digno, hay que complementar el grado con el posterior máster y con idiomas. Estudiarlos ocupa tiempo. Y claro, hay que hacer deporte para mantenernos sanos. Eso también ocupa tiempo. Y dormir. Y hacer vida social. Eso es igual de necesario, puesto que el ser humano es un ser social. Y, a día de hoy, es imposible que los días duren más de 24 horas. Quizá en unos años el avance científico lo logre.
Después llegan las depresiones, los abandonos de la carrera, el desánimo generalizado. Y lo sorprendente es que hay gente que se sorprende. Te curras trabajos que no sabes cómo hacer porque nadie te ha enseñado, los desprecian, y sorprende que eso se reciba con desánimo. Dedicas mucho tiempo a cosas que no te interesan, acabas suspendiendo, y te frustras. Normal. Es absolutamente normal. Decía Marcelo Bielsa -sí, siendo una presentación mía, algo de fútbol tenía que aparecer- que las evaluaciones no deben hacerse en función de lo que se obtiene, sino de lo que se merece. No puedo estar más de acuerdo. Sin embargo, se hace lo opuesto.
Quizá deberíamos preguntarnos la lógica de pasar la inmensa mayoría del tiempo de los mejores años de nuestras vidas (de lunes a viernes, prácticamente todo el día) estudiando. Quizá deberíamos preguntarnos quién ha diseñado este sistema del que no nos atrevemos a salir. O del que no podemos salir. Quizá entonces nos demos cuenta de que lo que asumimos como obligatorio es obligatorio porque como sociedad decidimos que así sea. Quizá nos demos cuenta de que ser el mejor no significa lo que creemos que significa, y de que memorizar no debería ser lo más importante. Quizá nos demos cuenta de que no razonamos lo suficiente. Quizá nos demos cuenta de que debemos hacernos más preguntas. Pero estamos demasiado ocupados para ello. Memorizando.
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