miércoles, 21 de diciembre de 2016

Carta abierta a Roberto Olaeta

A Roberto Olaeta -y a todos los que sean como él-:

Es usted un incomprendido. Y es probable que en algunos de sus planteamientos tenga razón. Incluso, en ciertos temas podríamos llegar al entendimiento, ya que, al fin y al cabo, creo haber descubierto lo que es: un antisistema.

¿Y por qué un antisistema? Es sencillo. Porque piensa que el sistema educativo español es un despropósito. Que el sistema no funciona, que está mal planteado. Que hemos llegado a la universidad sin saber nada. A base de estudiar y vomitar teoría en un examen. En eso no me queda otra que darle la razón. Pero, ¿sabe qué? No es nuestra culpa.

Tengo la sensación de que esa es la parte de la historia que usted no entiende. O la que no quiere entender. Que nosotros no hemos decidido llegar a la universidad sin saber nada. Somos productos fabricados en el marco de la LOE. Hemos aprendido a hacer lo que los profesores nos han enseñado a hacer, unos profesores que seguían estrictos programas definidos desde despachos más importantes. También es cierto que con quienes más he aprendido, y supongo que mi experiencia será extrapolable a la mayoría de estudiantes, es con aquellos que más se han alejado del programa y se han esforzado por crear un espíritu crítico en nosotros.

Usted pasa del espíritu crítico y de todo. Pasa de nosotros. Es más, se ríe de nosotros, de sus alumnos. Usted no es un profesor ni medio decente. Por ser más exactos, a usted ni siquiera se le puede llamar profesor. Le llegará la nómina al final de cada mes, pero no ejerce su supuesta profesión. Su pasotismo y su falta de voluntad de enseñar deberían avergonzarle. Aunque ya se ve que eso no ocurre.

Usted se queja del sistema. Pues bien, le diré una cosa: usted recuerda demasiado al sistema. Recuerda demasiado a aquellos profesores inútiles, incapaces de enseñar, que han provocado que lleguemos a la universidad, como usted diría, sin tener ni idea de nada. Usted tampoco es capaz de enseñar. Y, seamos francos, a estas alturas, o lo sabe, o es un idiota de campeonato.

Cree usted que su sistema es genial: pues bien, siento decirle que no. A usted le sirve para que algunos alumnos le compren tres libros de los que es coautor, pero no es una buena manera de enseñar. Si quisiéramos ser autodidactas, no nos habríamos matriculado en la universidad. O al menos no asistiríamos a clase. Para los que no hayan tenido el placer -nótese la ironía- de tenerle como profesor, le recordaré su planteamiento: un test con cuatro opciones para que sus alumnos se busquen la vida descubriendo qué está bien y qué está mal. De ahí, si pueden, extraerán una información y la estudiarán de cara al examen: un test cercano a lo ininteligible que suspende más del 98% del alumnado. Algo falla, ¿no? Para usted falla todo menos usted mismo. Curioso, cuanto menos.

No sé si comprende lo frustrante que puede ser para algunos llegar a la universidad y encontrarse con usted. Probablemente sin darse cuenta -o eso quiero pensar-, pero amarga la vida a la gente. Mucho.

Por otro lado, están los sinsentidos que usted se empeña en llamar trabajos y que nos generan tanta impotencia y frustración a todos. Resulta difícil de explicar en qué consisten, pero básicamente lo que se pide en ellos es copiar diccionarios. ¿Estamos locos? Para que encima vaya usted luego a reírse del trabajo de sus alumnos. No tiene derecho a eso. No lo tiene ni lo tendrá jamás. Y, en ocasiones, me arrepiento de no habérselo dicho en su debido momento. En su posición de superioridad se siente seguro. Y no debería ser así, puesto que no tiene vergüenza. Comentarios como "no me hagas perder el tiempo" o "esto solo vale para tirarlo a la basura" sobran. Téngalo claro. Sobran. En primer lugar, porque le pagan para que emplee su tiempo en enseñar -y no lo hace, por su manifiesta falta de capacidad o porque no le da la gana-; y en segundo lugar, porque usted no es nadie para faltar el respeto a ninguna otra persona. Absolutamente nadie.

De hecho, no sé por qué le estoy hablando de usted: considero que no merece ni mi respeto. Sin embargo, no veo necesidad de rebajarme a su nivel. Sería un error.

Por si todo esto fuera poco -que ya le digo yo que no lo es, tranquilo-, he descubierto una nueva característica suya esta semana: es un cobarde. Lo es porque, en contraposición con el resto de profesores, no nos ha dado la opción de manifestar nuestra opinión sobre usted en la encuesta que propone la propia universidad. Diría que es obligatorio que nos hubiese dado la oportunidad de hacerla, pero no me apetece picarme por esto. Su cobardía quizá sea su menor problema. Lo que queda claro es que no se atreve a que valoremos su labor. No tiene el valor suficiente como para hacer frente a la realidad: que es usted un inútil como profesor.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Todo cambia para que nada cambie

Todo cambia para que nada cambie. La misma sensación de siempre. La de no saber qué hacer. La de no atreverse a decidir. La de dejar que sea el tiempo quién decida. La de cuestionar todas y cada una de las decisiones tomadas. La de la inseguridad. La del miedo, irracional, ante todo.

Al fin y al cabo, somos seres humanos. La montaña rusa de las emociones no para de subir y bajar. Arriba, todo es maravilloso. Parece, incluso, que puedes alcanzar el cielo. Que lo rozas. Pero te quedas ahí, y empiezas a descender. A toda velocidad. Y abajo te sientes vulnerable. Y lo eres. Te afecta absolutamente todo. Te sientes mal contigo mismo. Y con el resto.

Quizá dependa del diseño de montaña rusa que tenga cada uno en su cabeza. Con más o menos altibajos. Pero creo que la duda es inherente a la condición humana, y que la determinación no es más que la eliminación o reducción del miedo al fracaso.

Hay miedo. Hay frustración. Se haga lo que se haga.

miércoles, 12 de octubre de 2016

La Voz de la Conciencia (IV): Corte de mangas

Por Jon Fernández Mur (@jonfdzmur)

Jamás poner un título a un artículo resultó tan sencillo. Podría parecer que no soy original -nada más lejos de la realidad-, pero cuando la idea del texto se resume tan bien en una expresión de doble significación, creo que carece de sentido buscar una alternativa. Es como si te encontraras un balón botando en la frontal del área. Hay que pegarle. Sí o sí.

Después de quitarle un poco de hierro al asunto, para no acabar todos enfadados con todos, vamos con lo de Piqué, que más que lo de Piqué es lo de los cazurros que consiguieron que Piqué dejara la selección. Cazurro es un adjetivo calificativo, puntualizaría el Pichu Cuéllar.

Si hablamos de fútbol, podemos decir que Gerard Piqué es uno de los mejores centrales del mundo, si es que no es el mejor; y, por supuesto, es el mejor defensor central español. El problema es que en este país se habla muy poco de fútbol. Cuando vuestros amigos, compañeros sentimentales, familiares, profesores, conocidos, familiares, amigovios y demás -sí, he repetido familiares- os digan que “en la tele solo hablan de fútbol, ¡qué pesados!”, respondedles que es mentira. Que no hablan de fútbol. Porque no lo hacen.

¿Es el problema ese tipo de periodismo, ruin y morboso, o lo es el público que lo consume, y de esta manera, genera esa demanda? Quizá lo sean ambos. Basta con entrar en las webs de Marca, Mundo Deportivo, As o Sport y buscar los textos más leídos para comprobarlo. El gran público no quiere fútbol, quiere morbo, entretenimiento fácil, prensa rosa. Y los medios lo dan, saltándose a la torera la ética y la moral. “Total, qué más da, si así vendemos más”, pensarán. Hay límites. Y pocos los respetan. Empecemos por ahí, y que luego decida el consumidor qué prefiere: el pelo de Cristiano o un análisis del Sevilla de Sampaoli.

Tampoco podemos obviar el origen del tema Piqué. Que uno o varios jugadores se sientan catalanes parece ser la mayor deshonra para la selección española. Lo que encontramos en las redes con respecto a este tema es la intolerancia elevada a la enésima. La voluntad de muchos de imponer su forma de pensar por encima de la del resto, sin argumento alguno. Porque sí.

A todos aquellos que piden separar fútbol y política, no queda otra que decirles que es imposible, y que lo vayan asumiendo. Siempre ha sido así, y lo seguirá siendo. Al fin y al cabo, la política es más importante, aunque no queramos verlo en ocasiones. Basta con echar un vistazo a los Balcanes, por ejemplo.

La cuestionable voluntad de resolver los problemas sin diálogo y sin argumentar de nuestros políticos parece haber calado hondo en nuestra sociedad. “Piqué tiene que sentirse español como el que más si quiere jugar en la selección. Y demostrarlo”. ¿Por qué? La profesionalidad de Gerard Piqué está fuera de toda duda. Se ha partido la cara -literalmente- por la selección, suele ser el defensa que está ahí cuando llegan tres delanteros a marcar gol -véase el tanto de Italia en la Euro-, ha dado triunfos importantes,... Pues para algunos, no es suficiente.

Quizá lo que tendría que hacer Piqué para ser aceptado es desfilar con la cabra de la Legión, pero ha decidido que ya basta.
Que ya ha escuchado suficientes pitos y tonterías. Razón no le falta. Mucho ha tardado, a mi parecer. La que se armó con las mangas no fue normal. Fue, como él dijo tras el choque, la gota que colmó el vaso. Cuando el tema quedó aclarado, todos los españoles de pro, es decir, los que le critican todo, tuvieron que ir raudos y veloces a borrar los tweets que habían publicado en contra del jugador del Barcelona. Que si separata, que si se vaya a jugar con Catalunya, que si vaya deshonra cortar la bandera.

Esta hipérbole de lo absurdo terminará en 2018, con Piqué dejando el barco. Ahora algunos periodistas se arrepienten de haber querido hacer sangre con este tema. De haber querido vender tanto con este tema. A esos hipócritas solo les queda ahora la esperanza de que el bueno de Gerard se replantee la situación. Ahora les toca pedir perdón.

Y para finalizar, una reflexión. Si lo importante para jugar en la selección es la cantidad de patriotismo que uno demuestra y lo mucho que uno ama a España, que Lopetegui no llame a Piqué. Que llame a Albert Rivera y Felipe González.

jueves, 8 de septiembre de 2016

No entendemos

Poca duda cabe de que el animal capaz de hacer mayor daño al ser humano es, paradójicamente, el propio ser humano. La voluntad de autodestrucción parece ir en los genes de nuestra especie, ya que, a pesar de los millones de años que llevamos sobre el planeta, aún no hemos conseguido corregirnos.

Muchas veces las posturas de otras personas son incomprensibles para nosotros. No somos capaces de entender a la gente que piensa diferente. Y nos enfadamos con ellos.

En primer lugar, hay que tener en cuenta que nosotros hablamos desde una determinada cultura y desde una determinada clase social. Si vamos más allá, nos daremos cuenta de que cada persona mantiene ideales parecidos pero distintos, debido a matices que se van formando a través de las experiencias individuales. Dudo mucho que dos individuos puedan coincidir al cien por cien en cuanto a todos los aspectos que construyen nuestra sociedad, tanto a nivel global, planetario; como a niveles más pequeños, como un país, un pueblo, un barrio o una comunidad de vecinos.

Con más de siete mil millones de puntos de vista diferentes, de ideas diferentes, es lógico que las cosas nos parezcan incomprensibles. Pero, ¿intentamos comprenderlas? Cada hecho viene precedido y originado por unos motivos, nos gusten esos motivos o no. Muchas veces no nos paramos ni a pensarlos, y otras veces, simplemente, pasamos de ellos porque no nos gustan. Es más sencillo atribuir la culpa a la mala fortuna o a la ignorancia del resto.

Esto vale para absolutamente todo. Desde la política hasta la religión, pasando por las costumbres de las culturas y los entretenimientos que busca cada uno para su vida.

No entendemos a los que votan al PP, el partido más corrupto.
No entendemos a los que votan a Podemos, el modelo que tiene a Venezuela en la ruina.
No entendemos a los independentistas, que quieren romper la unidad de la nación.
No entendemos a los que no votan y luego, encima, se quejan.
No entendemos a los que votan a partidos minoritarios, porque no sirve para nada.
No entendemos a los cristianos, que son todos unos carcas.
No entendemos a los musulmanes, una religión que degrada a la mujer.
No entendemos a los ateos, que solo quieren vivir y gozar. Son irresponsables e irrespetuosos.
No entendemos a los que declaran a Hacienda pudiendo no hacerlo, menudos pringaos.
No entendemos a los que evaden impuestos, vaya panda de sinvergüenzas.
No entendemos a los que, como yo estoy haciendo, usan el masculino para referirse a todos (y todas)
No entendemos a las feminazis que usan el femenino. Qué ganas de tocar las pelotas.
No entendemos a las chicas que enseñan demasiado (para nuestro criterio, claro)
No entendemos a las que llevan burka. Las obligan a ello. Enseñan demasiado poco. A su país, hombre. Que si tú vas allí, a ver cómo te tratan. Te ponen burka, seguro.
No entendemos a los que huyen de las bombas. O igual sí, pero no los queremos aquí. Buscaros la vida, chavales.
No entendemos a los inmigrantes. ¡Volveos a vuestros países, anda! Que venís aquí a robarnos el trabajo a los españoles.
No entendemos a los amantes de las corridas de toros, malditos sanguinarios.
No entendemos a los animalistas tocapelotas que vienen a jodernos la fiesta nacional.
No entendemos a los terroristas que ponen bombas y destrozan y arrebatan vidas en nombre del islam.
No entendemos a los que bombardean Siria, ¡que también matan civiles, coño!
No entendemos a los que no quieren bombardear Siria. Ya veréis cuando nos pongan una bomba, ya...
No entendemos que, en un país democrático, Otegi no pueda presentarse a las elecciones. ¡Libertad!
No entendemos que Otegi pretenda presentarse a las elecciones. ¡Terrorista!
No entendemos que la gente prenda fuego a los bosques con el único objetivo de hacer daño.
No entendemos que la gente se implique en causas sociales, si solo se van a llevar disgustos.
No entendemos que haya personas que no se impliquen con nada, pasen de todo, y vivan por y para ellos mismos.
No entendemos que Lorca siga en una cuneta, como muchísimos otros más. Nos debería dar vergüenza.
No entendemos que quieran abrir las fosas comunes, si es una herida que ya está cerrada
No entendemos que las chicas tengan relaciones como y cuando quieran. ¡Frescas! (por no decir otra cosa)
No entendemos que se niegue la discriminación hacia la mujer, cuando es evidente su existencia, cuando la violencia machista, presente en tantos ámbitos, es una de las mayores lacras de nuestra sociedad.
No entendemos que nos estén dando el coñazo con que existe la discriminación hacia la mujer, si somos todos iguales.
No entendemos que la educación, en pleno siglo XXI, siga teniendo un modelo excluyente en el que el dinero de cada uno es importante.
No entendemos a los vagos que se quejan de la educación pública. ¡Pero si no pagan!
No entendemos que haya gente muriéndose a la espera de un tratamiento.
No entendemos que haya que esperar casi un año para operarse.
No entendemos a la gente que se queja de la sanidad pública. ¡Que se paguen el igualatorio!
No entendemos que Donald Trump pueda ganar unas elecciones en el país más importante del mundo. Los americanos son idiotas, tanto comer en el McDonald's les ha sentado mal.
No entendemos que nuestros mayores tengan que vivir recibiendo una miseria al mes, después de todo lo que han hecho por nosotros.
No entendemos que el fútbol sea tan importante.
No entendemos que haya gente a la que no emocione el fútbol.
No entendemos que la gente alabe la recuperación económica cuando el país es mucho más desigual que antaño.
No entendemos que la gente critique la recuperación. Estamos saliendo de la crisis.
No entendemos que la gente no adore a Amancio Ortega, es el ejemplo que todos debemos seguir. Un triunfador que salió de la nada.
No entendemos que la gente adore a Amancio Ortega, que explota niños en pos de su riqueza personal.
No entendemos a los comunistas, que defienden un sistema que solo acumula fracasos.
No entendemos a los capitalistas, que defienden un sistema excluyente y egoísta.
No entendemos que haya gente que no sepa si Ortega y Gasset son una o dos personas, y que su ignorancia les proporcione dinero y fama.
No entendemos que a la gente no le apene ver marchar a jóvenes preparados.
No entendemos que la gente vea Sálvame.
No entendemos que las cadenas de televisión apuesten solo por chicas guapas.
No entendemos que la gente se preocupe por la oración anterior.
No entendemos a la gente que lleva una pulserita de España en la muñeca.
No entendemos a la gente que no lleva una pulserita de España en la muñeca
No entendemos nada con lo que no estemos de acuerdo.

Y como no entendemos, odiamos.

Odiamos a Mariano Rajoy y a los ineptos que le votan.
Odiamos a Pablo Iglesias y a los perroflautas que le votan.
Odiamos a Artur Mas, Gabriel Rufián y todo aquel que se declare independentista.
Odiamos a los musulmanes.
Odiamos a Amancio Ortega.
Odiamos demasiado.

Soy de los que opinan que ninguna acción se lleva a cabo porque sí. Quizá porque de pequeño me grabaron a fuego en la mente aquello de que "porque sí no es una razón", pero la cuestión es que todos los hechos y pensamientos tienen detrás una justificación en la experiencia propia de cada individuo.

Estoy seguro de que de todas las oraciones arriba presentes, todo el mundo va a estar de acuerdo con algunas y completamente en desacuerdo con otras. Pero son cosas que oímos por la calle. Que vemos a nuestro alrededor. Hay gente que piensa de todas esas maneras. Y tienen algún motivo para hacerlo. Podemos pensar mucho y estar convencido de que nuestras ideas son las correctas, las mejores para todos. Pero hemos de aceptar que no todo el mundo piensa así.

Probablemente lo que necesitamos sea que vuelva Platón, que instauremos un gobierno de sabios como él proponía, y que partiendo de esa base avancemos hacia una mejor sociedad en términos globales, en la que el ser humano no se haga tanto daño a sí mismo. Porque por nuestra cuenta, no entendemos a los demás. O, mejor dicho: no queremos entender a los demás.

viernes, 12 de agosto de 2016

La Voz de la Conciencia (III): Los mejores nunca serán ET

Por Jon Fernández Mur (@jonfdzmur)

El hype -o las altas expectativas, para los puristas- que tiene sobre sí la Premier de cara a la temporada que arranca mañana no tiene precedente alguno. O al menos yo no lo recuerdo. Podría decirse que, aunque no comparta esta opinión, cuatro de los cinco mejores entrenadores del mundo viven en Inglaterra a 12 de agosto de 2016. Veremos a Mourinho y Klopp contra Guardiola de nuevo, a Conte enfrentándose a los mejores,... Lo que queda claro es que esta Premier promete.

Ante la falta de resultados en Europa, los clubes ingleses recurren a los mejores entrenadores, salvo el Hull City, del que todos huyen -sí, entrenador incluido-. Una temporada de impredecible resultado, pero en la que los equipos de Manchester parten como favoritos, siendo estos los que más se han reforzado y los que mejores plantillas tienen. Guardiola ha apostado por la calidad y el juego asociativo -¡oh, sorpresa!- y Mourinho por el carácter -más sorprendente aún-. Sin embargo, no esperamos un Mou-Pep a la española, por el hecho de que los rivales son de una entidad superior al Atlético de Quique Sánchez Flores, al Málaga de Pellegrini, al Valencia de Emery y al Villarreal de Garrido.

Uno de los entrenadores presentes en aquella época en la liga española era Mauricio Pochettino, al que tenemos también en las islas. Su Tottenham fue uno de los mejores equipos de la pasada campaña, siendo el más serio competidor del Leicester en la pelea por la Premier y asegurándose una plaza en la Champions. Quizá eso pase factura a los spurs, pero ya demostraron de lo que son capaces.

El Arsenal de Wenger, con mucho jugón en medio campo, pretende plantar batalla. No obstante, son los vigentes subcampeones y no se han reforzado mal. Pero al técnico francés parece faltarle el gen ganador que sus rivales poseen.

Por último, están Liverpool y Chelsea, con dos grandes entrenadores, sin competición europea que disputar, y con la necesidad de mejorar los resultados de la pasada campaña. Los altavoces de Anfield y Stamford Bridge quieren hacer sonar el himno de la Champions de nuevo. Y quieren hacerlo a no mucho tardar.

Pero, ¿sabéis qué? Nada ni nadie superarán lo vivido la pasada campaña. El Leicester, vigente campeón, hizo saltar todos los pronósticos por los aires y nos regaló la temporada más increíble, divertida y emocionante de la historia. Al fin y al cabo, por más estrellas que brillen en una competición, el ver a un equipo humilde desafiar a la lógica de tal manera es algo simplemente insuperable. Un grupo con el que todos pudimos sentirnos identificados. El juego combinativo de Pep podrá deslumbrar, o el United de Mou aplastar rivales. Es posible que el Liverpool de Klopp nos haga disfrutar, o que caigamos rendidos ante las clases tácticas de Conte. Pero nadie mejorará al Leicester. Eso sí, repetir lo irrepetible sería como ver a E.T. aterrizar en Picadilly Circus. Palabra de Claudio I de Leicester.

martes, 28 de junio de 2016

La Voz de la Conciencia (II): Fairytale

Por Jon Fernández Mur (@jonfdzmur)

Moscú, 16 de mayo de 2009. El noruego Alexander Rybak gana el Festival de Eurovisión con su canción "Fairytale". Y lo hace con una diferencia abismal sobre el segundo clasificado, que no es otro que Islandia. A nadie le sorprende que los nórdicos ganen Eurovisión. De hecho, Suecia ha ganado dos de las últimas cinco ediciones y suma un total de seis triunfos; mientras que Noruega y Dinamarca tienen tres. Y suelen quedar por delante de Inglaterra -Reindo Unido para ser más exactos-. No sería para llevarnos las manos a la cabeza que los islandeses fueran capaces de superar a los británicos en Eurovisión.

Niza, 27 de junio de 2016. La selección inglesa cae por 1-2 en los octavos de final de la Eurocopa ante Islandia. No es Eurovisión. Lo más parecido a cantar es lo que hace Joe Hart en el segundo gol de los nórdicos. Los islandeses desplazados hasta Francia no cantan. Gritan. Gritan como vikingos. Gritan con fuerza. Hacen historia junto a sus jugadores. Roy Hogdson se lleva las manos a la cabeza. Dimite. Islandia pasa a cuartos.

El cuento de hadas de los de Hallgrimsson y Lagerback aspira incluso a eclipsar al del Leicester City de Ranieri y al de la Grecia de Rehhagel. Un cuento cuyo final aún está por escribir. De momento, han vencido a Holanda por partida doble -en Reykjavik y en Ámsterdam- en la fase de clasificación, dejándoles fuera de la Euro; han empatado con Portugal y Hungría, han ganado a Austria; y se han deshecho de una de las grandes, de Inglaterra, en octavos de final.

Podría parecer lógico que cayeran eliminados en cuartos ante la anfitriona Francia, de hecho, lo sería; pero habiendo desafiado a la lógica tantas veces, es una osadía atreverse a pronosticarlo. El Leicester también iba a perder.
Su juego es básico. Saques de banda largos de Gunnarsson, faltas, córners y balones a los puntas buscando aprovechar las segundas jugadas. Y defender. Defender unidos, más o menos ordenados. Resistir. Y dominar el juego aéreo. Y correr. Parecen previsibles, y lo son; pero nadie ha sido capaz de ganarles. Absolutamente nadie.

Tienen un once definido, las ideas -sencillas- muy claras, y el apoyo de todo un país, eso sí, pequeñito. Su población es similar a la de Alicante o Córdoba. Imaginad a la selección de La Rioja eliminando a la Inglaterra por un momento. Pues eso. Los islandeses recogen ahora los frutos de un trabajo que vienen realizando desde hace tiempo con el objetivo de ser competitivos. Un proyecto bien cimentado desde la base, pero que está alcanzando cotas insospechadas.

En el año de los cuentos de hadas, Islandia tiene el suyo, aún inconcluso, pero repleto ya de una dosis de épica que les va a colocar, por primera vez, en las estanterías principales de la gran librería que es la historia del fútbol.

viernes, 13 de mayo de 2016

La Voz de la Conciencia (I): El producto televisivo

El monumental despropósito de la Liga de Fútbol Profesional en lo que a horarios respecta hace tiempo que ya no causa estupor. Estamos acostumbrados. Sin embargo, han dado la sorpresa y han sabido superarse para establecer un nuevo récord de ineptitud. El ridículo de la entidad presidida por Javier Tebas alcanzó cotas insospechadas el pasado lunes.

El problema ha dejado de ser que se juegue en Andalucía a las cuatro de la tarde durante el mes de septiembre, o en Soria a las nueve de la noche en invierno. No. El problema ahora es que no sabemos cuándo se juegan los partidos. En primer lugar, esto se debe a que los horarios se anuncian tarde, muy tarde, extremadamente tarde. Mucho más tarde que en otros países europeos. Concretamente, cuatro o cinco días antes de que arrancara la jornada en este caso concreto.

Y esto no es lo peor. Tebas parece dispuesto a realizar todos los cambios que Luis Enrique se ha ahorrado en lo que llevamos de temporada. De hecho, hay encuentros de Liga Adelante que han tenido hasta tres horarios diferentes en un lapso de tiempo de 48 horas. Como para acompañar a tu equipo fuera de casa. Viajes frustrados, dinero tirado a la basura… y a Tebas que le da igual, porque los chinos verán en prime time el desenlace de la mejor liga del mundo, según él. Se le llena la boca de decirlo. Arrogancia no le falta.

Por si esto fuera poco -sí, lo siento, hay más-, la excusa ofrecida para justificar de alguna manera el primer cambio de los horarios de Liga BBVA, y el segundo de los de Liga Adelante, unas diez o doce horas después de publicar los anteriores, era no hacer coincidir los encuentros en los que se jugaba el descenso a Segunda con la última jornada de la fase regular de la Segunda B. Lo habían hablado con la RFEF, decían. Pues, de momento, siguen coincidiendo porque solo han adelantado cuatro o cinco encuentros de Segunda B a las cinco de la tarde. El resto siguen programados -a falta de menos de 48 horas para su disputa- para las seis, mientras que Sporting, Getafe y Rayo jugarán a las siete y media. Que yo sepa, coinciden, porque los partidos de fútbol duran noventa minutos, repartidos en dos partes de 45 y con un descanso de quince minutos entre ambas.

En cualquier caso, el inasumible riesgo de viajar a apoyar a tu equipo y las complicaciones causadas a los aficionados locales, que no saben si podrán ver Eurovision, o si podrán acudir al cumpleaños de su sobrina; a Tebas le dan igual. Al igual que los días de descanso que tenga el Sevilla de cara a preparar la final de la Europa League, donde los hispalenses representarán a su maravillosa liga. Él mismo lo definió perfectamente hace unos días en referencia a este último tema: “Somos un producto televisivo.” Ya en 2013 dijo sobre el hecho de que el estreno del Nuevo San Mamés se produjera en lunes que "deslucido sería para los que querían ir al campo, pero para el resto de España fue muy lucido. Tuvieron la suerte de verlo en abierto y gratis.” Claro queda, por tanto, que el aficionado, a Tebas, se la trae al pairo. Vamos, que no le importa. Lo que le importa es un producto televisivo que desunifica una jornada unificada con el objetivo de que cerrara la liga un Espanyol-Eibar sin nada en juego, que hubiese partido el viernes -pero no lo jugase el Sevilla, que es quien lo necesita-,... El fútbol y el aficionado no le interesan lo más mínimo. Vive por y para el producto televisivo.

lunes, 29 de febrero de 2016

Sobre el 29 de febrero

Por Jon Fernández (@Mur_98)

Un día de regalo. Eso es hoy, 29 de febrero. Un día diferente en el que todo continúa igual, inmutable. Un día que, al contrario que los 365 que nunca nos abandonan, solo aparece cada cuatro años en nuestras vidas.

A algunos incluso molestará su presencia, porque sumarán hoy un día más de trabajo que no tendrían en cualquier año que no finalice por múltiplo de cuatro o por un doble cero. A otros lo que les molesta, es no tener dónde acudir a trabajar, y continúan hoy su ardua tarea de buscar un empleo. Los niños acuden a clase como un lunes normal, y, por si fuera poco, hay partidos de fútbol. Como cualquier día. El fútbol sí que nunca falla al calendario, tenga este 365, 366 o 367 días. Da igual.

En cambio, los hay que piensan que hoy no es un día normal. Ellos, positivos y supersticiosos, llegarán a decir que el 29 de febrero es un regalo que hemos de disfrutar, que todo va a salir bien, que el que busque trabajo lo encontrará y que el que busque el amor también. Quizá sean más felices de esta manera, lo que será reconfortante para ellos, pero sus falacias no deben engañarnos. Hoy es un día tan diferente como otro cualquiera.

Para el que sea su cumpleaños será especial -duda: ¿cúando celebran los nacidos en 29 de febrero su cumpleaños cuando no es año bisiesto, el 28 de este mes, o el 1 de marzo?-, pero también lo es el 2 de mayo para los venidos al mundo un 2 de mayo; y lo mismo pasa con fechas que representan primeras citas, muertes, divorcios, o cualquier otra cosa que una fecha pueda significar para alguien.

En definitiva, queda claro que es un tema sobre el que mucho hay que debatir. Porque los argumentos del sí y del no a considerar el día de hoy como especial son convincentes, y si bien es verdad que no hay evidencia científica ni pensamiento racional que otorgue alguna característica especial al 29 de febrero, por el hecho de aparecer en uno de cada cuatro calendarios es diferente al resto. Igual y diferente al mismo tiempo. Qué paradoja.

miércoles, 27 de enero de 2016

Maldigo

 Por Jon Fernández (@Mur_98)

Maldigo mi suerte. Maldigo mis decisiones, hechas sin la posibilidad de conocer las consecuencias. Maldigo la posibilidad. Maldigo mis olvidos. Maldigo mis sueños. Maldigo el destino, o lo que haya superior a nosotros. Maldigo la música triste que busco cuando estoy triste. Y maldigo que la encuentre.

No es fácil vivir con el peso de las elecciones realizadas. Inconscientemente, cerramos y abrimos puertas a nuestro camino. Según avanzamos por el sendero de la vida, y sin saber lo que podríamos encontrarnos al otro lado. Personas maravillosas que vamos a dejar de conocer porque así lo decidimos. Sin saberlo.

Parece necesario asumir esta circunstancia, ya que no hay forma de cambiar esta ley. Es así por naturaleza. Sin embargo, no es sencillo asimilarlo en ocasiones. Porque las películas que dirigimos en nuestras mentes, que aspirarían a los Oscars, son tan maravillosas que sentimos como si hubiéramos renunciado a vivirlas de verdad en una simple -o no tan simple- decisión anterior. Nuestra capacidad imaginativa apenas conoce límites. La realidad, esa sí que los conoce.

Por ello maldigo. Porque me gustaría poder volver atrás en el tiempo. Poder modificar los pensamientos de la gente. Poder convertir mis ficciones en realidad.