Por favor, tened en cuenta que se trata del borrador de una presentación oral y el texto está pensado para ser expresado de forma oral. Muchas gracias.
Os quiero plantear una pregunta: ¿qué es ser el mejor?
¿Es ser el más brillante? ¿El más reconocido? ¿El que más dinero gana? En el caso de los estudios, ¿es ser el que mejores notas saca? Eso es lo que nos han enseñado, ¿no? ¿Por qué no es el mejor quien más ayuda a sus compañeros? ¿Por qué no lo es el que más se esfuerza? ¿Quién es realmente el mejor? Las notas emiten un veredicto, es cierto. Pero jamás debemos dar por sentado que ese veredicto sea el adecuado. Nadie tiene la autoridad suficiente para asegurarlo.
Pongamos otro ejemplo distinto. Si nos preguntamos si son mejores ciencias o letras, si son más útiles, la sociedad lo va a tener claro. Seguro. Tengo la suerte de encajar bastante bien en este sistema educativo (insisto, es una suerte), por lo que pude elegir entre ciencias o letras. Mi vocación es ser periodista. Sabiéndolo, mucha gente me dijo que no estudiara Periodismo. Que para qué. Que mejor las ciencias, y sino la economía. Entrar en esta facultad [la de Ciencias Sociales y de la Comunicación] es visto por gran parte de la sociedad como echarse a perder. Desperdiciar talento. Aquí, en un aula como esta, espero que nos demos cuenta de que aquellos que lo dicen no tienen la autoridad suficiente para decirlo. Pues con las notas pasa lo mismo. No debemos aceptar las cosas tal y como vienen dadas. Alguien ha decidido que sean así. El quién es lo de menos.
Veía el otro día una charla de TED de un estudiante que había sacado un 10 en selectividad. “La imperfección del sistema educativo no ha de ser excusa para desarrollar todo nuestro potencial”, decía. Su pasión era la física y quería ser investigador. Apuntar que, socialmente, ya por ello, está bien visto. Quiere hacer ciencia. Es la hostia. ¿Qué hubiera pasado si hubiera estudiado algo relacionado con la comunicación? Pero ese es otro tema. No nos estamos poniendo una excusa a nosotros mismos, como él afirma. Un impedimento de este calibre jamás puede ser excusa.
Hay que tener en cuenta que los aquí presentes hemos superado ya varias cribas. Hemos llegado a la Universidad. Nos decían que sería diferente. Queríamos pensar que sí. Que iba a ser mejor. Que lo que estudiáramos nos iba a gustar. Qué os voy a contar que no sepáis. Pues bien, aquí estamos. A punto de acabar 1º. Ya os hablé en una de las primeras clases de este cuatrimestre de algo similar. De que estábamos equivocados con las expectativas que teníamos antes de entrar aquí. Es absolutamente normal sentir frustración. Y encima, en el diario El Mundo nos llamaban inmaduros y fracasados. Ver para creer.
Total, que estamos a nueve de mayo y tengo la sensación de haber aprendido más bien poco, siendo generoso. Creo que mis compañeros comparten este sentimiento. En estos casi nueve meses, he encontrado varios tipos de profesores.
Por un lado, el que domina ampliamente la materia (hasta aquí todo va bien), habla de forma grandilocuente, pero ni sabe enseñar, e incluso, ni quiere enseñar. Aunque bueno, es comprensible. Para qué van a adquirir conocimientos didácticos, si, y cito textualmente lo que una profesora nos comentó, “la docencia es el 5% de mi trabajo. Y si les preguntas a mis compañeros, es lo mismo.” Entonces, es normal que no lo hagan. Quizá el problema esté, por tanto, más arriba.
Por otro lado, están los que ni siquiera dominan la materia y no paran de cometer errores. Y, es cierto, también hay buenos profesores, apasionados por la materia que imparten y por impartirla. Esto último es muy importante. Eso sí, por desgracia, no son mayoría.
Podríamos añadir que algunos están de psiquiátrico, que usan métodos didácticos de primaria, que los profesores de la teoría no se ponen de acuerdo con los que imparten la parte práctica, que no motivan a absolutamente nadie,… De locos. Nunca mejor dicho.
De todas formas, aunque aquí dediquemos bastantes horas a hacer cosas tenemos relativa suerte en comparación con otras carreras, cuyos estudiantes meten más horas. Eso sí, algunas de las labores que hacemos resultan extremadamente inútiles, como, en tiempos de Internet y Wikipedia, estudiar, memorizar, los nombres de los que consiguieron la independencia de Ghana, Mozambique o el Congo. Y así, miles de datos a memorizar. En vez de enseñar causas, consecuencias, razones; de generar ciudadanos críticos, periodistas críticos, se prefiere que estudiemos el nombre de partidos políticos egipcios o libaneses. No cabe duda de que la historia es importante y necesaria. Pero no lo son tanto sus datos concretos, al alcance de cualquiera en Internet.
Y, además, hay que mirar al futuro. Para tener un futuro digno, hay que complementar el grado con el posterior máster y con idiomas. Estudiarlos ocupa tiempo. Y claro, hay que hacer deporte para mantenernos sanos. Eso también ocupa tiempo. Y dormir. Y hacer vida social. Eso es igual de necesario, puesto que el ser humano es un ser social. Y, a día de hoy, es imposible que los días duren más de 24 horas. Quizá en unos años el avance científico lo logre.
Después llegan las depresiones, los abandonos de la carrera, el desánimo generalizado. Y lo sorprendente es que hay gente que se sorprende. Te curras trabajos que no sabes cómo hacer porque nadie te ha enseñado, los desprecian, y sorprende que eso se reciba con desánimo. Dedicas mucho tiempo a cosas que no te interesan, acabas suspendiendo, y te frustras. Normal. Es absolutamente normal. Decía Marcelo Bielsa -sí, siendo una presentación mía, algo de fútbol tenía que aparecer- que las evaluaciones no deben hacerse en función de lo que se obtiene, sino de lo que se merece. No puedo estar más de acuerdo. Sin embargo, se hace lo opuesto.
Quizá deberíamos preguntarnos la lógica de pasar la inmensa mayoría del tiempo de los mejores años de nuestras vidas (de lunes a viernes, prácticamente todo el día) estudiando. Quizá deberíamos preguntarnos quién ha diseñado este sistema del que no nos atrevemos a salir. O del que no podemos salir. Quizá entonces nos demos cuenta de que lo que asumimos como obligatorio es obligatorio porque como sociedad decidimos que así sea. Quizá nos demos cuenta de que ser el mejor no significa lo que creemos que significa, y de que memorizar no debería ser lo más importante. Quizá nos demos cuenta de que no razonamos lo suficiente. Quizá nos demos cuenta de que debemos hacernos más preguntas. Pero estamos demasiado ocupados para ello. Memorizando.
miércoles, 10 de mayo de 2017
martes, 25 de abril de 2017
Más allá de las navajas
Nación conocida por el chocolate, las navajas y, últimamente, el dinero que tantos tienen allí escondido, Suiza está entre los lugares mejor valorados para vivir. Al menos, eso dice la OCDE en su Better Life Index. Históricamente neutral -lo fue en ambas Guerras Mundiales- y pacífica, lidera, sin embargo, la clasificación europea de armas de fuego por habitante, según Small Arms Survey. Y no, las navajas no cuentan.
La explicación de esta aparente contradicción es que en la Confederación Helvética, nombre oficial del país, los varones aún están obligados a militar en la Armada tras cumplir los 18 años. Al finalizar su servicio tienen el derecho de guardar un arma con ellos, y la mayoría decide hacerlo. De esta manera, Suiza alcanza la cifra de 46 armas por cada 100 habitantes, según el estudio llevado a cabo por Small Arms Survey. A nivel mundial, solo la superan Estados Unidos y Yemen, con 89 y 55 respectivamente. España se sitúa lejos en esta clasificación, en 25ª plaza y con diez armas por cada cien habitantes. Eso sí, por motivos de seguridad, no está permitido que los rifles que se queden los helvéticos sean automáticos ni que se sitúen junto a la munición. Aun así, todos los que han pasado por el Ejército saben usar esas armas.
En España, el Gobierno abolió el servicio militar obligatorio en 2001 debido a la gran presión social que demandaba su fin. Sin embargo, los suizos están de acuerdo con la mili. Al menos, eso demostró el referéndum de septiembre de 2013, en el que el 73% de los helvéticos mayores de 18 años votaron en contra de su supresión. Los habitantes de absolutamente todos los cantones del país secundaron esa opción. Entre los menores, los que aún no han pasado por la Armada, las opiniones son mucho más diversas. Para Oliver Lisik, un joven residente en Berna que tendrá que unirse al Ejército el próximo invierno, el servicio militar “es innecesario dado que Suiza es un país neutral” y cree que la Armada debería ser profesional. Aunque, por parte de los jóvenes, el rechazo no es unánime. Alex García, nieto de españoles que vive en Neuchâtel y que también servirá en 2018, lo ve como “una buena experiencia de vida en la se pueden hacer amigos” y subraya que entre sus compañeros hay muchos y muy diferentes puntos de vista.
Para entrar en el Ejército, los jóvenes deben superar varias pruebas. En primer lugar, han de hacer un examen psicotécnico en el que también se incluyen preguntas de cultura general. Posteriormente, personal sanitario les somete a un examen médico para ver si son aptos para servir, y, finalmente, tienen que llevar a cabo diversas pruebas físicas. Los que logran mejores resultados son los que pueden optar por realizar trabajos más duros en la armada.
Si no superan esta fase, debido a minusvalías, lesiones u otras circunstancias, están obligados a participar en el “servicio civil sustitutorio” para, de esta forma, contribuir a la sociedad al igual que sus compañeros que sí hacen la mili. Aun así, hay personas que siguen quedándose fuera, y cuya ayuda al país la harán, simplemente, pagando una importante cantidad de dinero que varía en cada caso.
Los suizos que sí pasan el corte tienen dos opciones: hacer los 300 días de servicio seguidos o realizar un periodo de cinco meses e ir completándolo más adelante -tienen de plazo hasta que cumplen los 32 años-. En cualquier caso, están obligados a alcanzar esa cifra. Una vez en la Armada, cada individuo se especializa en una determinada labor. Existen hasta 240 opciones dentro del propio Ejército. Oliver Lisik, por ejemplo, optará por una tropa especializada en químicos.
La pervivencia de la mili es más una anomalía que una regla general hoy en día en Europa. De hecho, en la parte occidental del continente, solo Austria y la propia Suiza la mantienen, a lo que habría que sumar a algunos países escandinavos (Noruega, Finlandia y Dinamarca), a varias repúblicas que formaban parte de Yugoslavia o de la URSS; y a Grecia y Chipre. Sin embargo, esta lista aumentará en 2018, cuando Suecia llame a filas a los nacidos en 1999, sea cual sea su sexo.
Esta es otra de las cuestiones más polémicas, pues solo los varones están obligados a realizar el servicio militar en Suiza. Para ellas, es voluntario. Oliver Lisik se queja de ello: “Solo lo tenemos que hacer los hombres y las mujeres están exentas de contribuir a la nación.” Argumenta también que ellas tienen ventaja en los estudios debido a que él estará un año sin estudiar ni trabajar mientras que sus compañeras podrán comenzar la universidad.
Los jóvenes helvéticos, por tanto, se ven obligados a dejar de lado los estudios por un tiempo para hacer la mili. Alex García se lamenta y aduce que precisamente ese es el único problema que le ve al servicio militar obligatorio. “Es una molestia estar al menos cinco meses sin poder estudiar ni trabajar”, comenta.
Para los que están inmersos en el mundo laboral y no tienen intención de entrar en la universidad, sin embargo, no es una carga tan pesada, ya que, a pesar de dejar su trabajo habitual a un lado, siguen cobrando al menos el 80% de su sueldo. El Estado compensa económicamente a las empresas por las bajas de sus empleados.
Pero más allá de la ocupación principal de los jóvenes, ya sean los estudios o el trabajo, su vida cambia radicalmente cuando tienen que realizar el servicio militar. Viven a muchos kilómetros de sus hogares, lejos de sus familias, a las que solo visitan algunos fines de semana. Supone un cambio muy grande que, eso sí, sirve a los helvéticos para madurar y acostumbrarse a valerse por sí mismos. Su tiempo libre también se ve reducido, y el consumo de bebidas alcohólicas, por supuesto, está prohibido, lo que supone una gran faena para algunos.
Entonces, queda claro que los suizos están muy armados y bien preparados. Lo que cabe preguntarse es si esto es más importante que la libertad de decisión del individuo, que se respeta en los países en los que no existe una obligación de participar en el Ejército. En España, la “contribución a la nación” de la que hablan los helvéticos también se lleva a cabo, puesto que son los impuestos los que sufragan el coste que suponen las Fuerzas Armadas. La diferencia reside en la forma de dicha ayuda al país: de forma directa o indirecta. Trabajando o pagando.
Parece impensable que en España se pudiera retroceder en el tiempo y que los jóvenes volvieran a tener que hacer la mili. Esa que para algunos fue un verdadero suplicio, y para otros una época fantástica en la que conocieron a grandes amigos con los que siguen guardando una excelente relación en la actualidad. Sin embargo, otros países, como Alemania, se lo han llegado a pensar. Al menos, según los principales medios de comunicación germanos, que en 2016 sacaron a la luz un documento en el que figuraba que el ejecutivo de Angela Merkel se planteaba el retorno del servicio militar obligatorio para hacer frente a las amenazas exteriores, entre la que destaca la del terrorismo yihadista. Aun así, el apoyo social para aprobar estas medidas sería bastante escaso, lo que dificultaría enormemente su implantación.
No ocurre esto en el caso suizo. Orgullosos de su país, no tienen miedo a aprender a defender una nación tan plural en la que conviven tres idiomas: francés, italiano y alemán. De hecho, algunos defensores del “no” a la abolición del servicio militar en 2013 usaron el argumento de que la mili aporta consistencia a la Confederación Helvética. Afirmaban que une a sus diversos habitantes, más todavía teniendo en cuenta que, hoy en día, muchos son hijos de inmigrantes. Es posible que así sea.
En este estado alpino se le vaticina una larga vida al servicio militar. Mientras la población lo apoye -de momento lo hace de manera notoria-, nada cambiará. Y hasta que algo grave ocurra, Suiza continuará siendo un país aparentemente amable, en el que se seguirá escondiendo dinero y del que importaremos chocolate. Eso sí, a los mandatarios del mundo les conviene recordar que tienen más que navajas para defenderse. Y que saben usar sus armas.
La explicación de esta aparente contradicción es que en la Confederación Helvética, nombre oficial del país, los varones aún están obligados a militar en la Armada tras cumplir los 18 años. Al finalizar su servicio tienen el derecho de guardar un arma con ellos, y la mayoría decide hacerlo. De esta manera, Suiza alcanza la cifra de 46 armas por cada 100 habitantes, según el estudio llevado a cabo por Small Arms Survey. A nivel mundial, solo la superan Estados Unidos y Yemen, con 89 y 55 respectivamente. España se sitúa lejos en esta clasificación, en 25ª plaza y con diez armas por cada cien habitantes. Eso sí, por motivos de seguridad, no está permitido que los rifles que se queden los helvéticos sean automáticos ni que se sitúen junto a la munición. Aun así, todos los que han pasado por el Ejército saben usar esas armas.
En España, el Gobierno abolió el servicio militar obligatorio en 2001 debido a la gran presión social que demandaba su fin. Sin embargo, los suizos están de acuerdo con la mili. Al menos, eso demostró el referéndum de septiembre de 2013, en el que el 73% de los helvéticos mayores de 18 años votaron en contra de su supresión. Los habitantes de absolutamente todos los cantones del país secundaron esa opción. Entre los menores, los que aún no han pasado por la Armada, las opiniones son mucho más diversas. Para Oliver Lisik, un joven residente en Berna que tendrá que unirse al Ejército el próximo invierno, el servicio militar “es innecesario dado que Suiza es un país neutral” y cree que la Armada debería ser profesional. Aunque, por parte de los jóvenes, el rechazo no es unánime. Alex García, nieto de españoles que vive en Neuchâtel y que también servirá en 2018, lo ve como “una buena experiencia de vida en la se pueden hacer amigos” y subraya que entre sus compañeros hay muchos y muy diferentes puntos de vista.
Para entrar en el Ejército, los jóvenes deben superar varias pruebas. En primer lugar, han de hacer un examen psicotécnico en el que también se incluyen preguntas de cultura general. Posteriormente, personal sanitario les somete a un examen médico para ver si son aptos para servir, y, finalmente, tienen que llevar a cabo diversas pruebas físicas. Los que logran mejores resultados son los que pueden optar por realizar trabajos más duros en la armada.
Si no superan esta fase, debido a minusvalías, lesiones u otras circunstancias, están obligados a participar en el “servicio civil sustitutorio” para, de esta forma, contribuir a la sociedad al igual que sus compañeros que sí hacen la mili. Aun así, hay personas que siguen quedándose fuera, y cuya ayuda al país la harán, simplemente, pagando una importante cantidad de dinero que varía en cada caso.
Los suizos que sí pasan el corte tienen dos opciones: hacer los 300 días de servicio seguidos o realizar un periodo de cinco meses e ir completándolo más adelante -tienen de plazo hasta que cumplen los 32 años-. En cualquier caso, están obligados a alcanzar esa cifra. Una vez en la Armada, cada individuo se especializa en una determinada labor. Existen hasta 240 opciones dentro del propio Ejército. Oliver Lisik, por ejemplo, optará por una tropa especializada en químicos.
La pervivencia de la mili es más una anomalía que una regla general hoy en día en Europa. De hecho, en la parte occidental del continente, solo Austria y la propia Suiza la mantienen, a lo que habría que sumar a algunos países escandinavos (Noruega, Finlandia y Dinamarca), a varias repúblicas que formaban parte de Yugoslavia o de la URSS; y a Grecia y Chipre. Sin embargo, esta lista aumentará en 2018, cuando Suecia llame a filas a los nacidos en 1999, sea cual sea su sexo.
Esta es otra de las cuestiones más polémicas, pues solo los varones están obligados a realizar el servicio militar en Suiza. Para ellas, es voluntario. Oliver Lisik se queja de ello: “Solo lo tenemos que hacer los hombres y las mujeres están exentas de contribuir a la nación.” Argumenta también que ellas tienen ventaja en los estudios debido a que él estará un año sin estudiar ni trabajar mientras que sus compañeras podrán comenzar la universidad.
Los jóvenes helvéticos, por tanto, se ven obligados a dejar de lado los estudios por un tiempo para hacer la mili. Alex García se lamenta y aduce que precisamente ese es el único problema que le ve al servicio militar obligatorio. “Es una molestia estar al menos cinco meses sin poder estudiar ni trabajar”, comenta.
Para los que están inmersos en el mundo laboral y no tienen intención de entrar en la universidad, sin embargo, no es una carga tan pesada, ya que, a pesar de dejar su trabajo habitual a un lado, siguen cobrando al menos el 80% de su sueldo. El Estado compensa económicamente a las empresas por las bajas de sus empleados.
Pero más allá de la ocupación principal de los jóvenes, ya sean los estudios o el trabajo, su vida cambia radicalmente cuando tienen que realizar el servicio militar. Viven a muchos kilómetros de sus hogares, lejos de sus familias, a las que solo visitan algunos fines de semana. Supone un cambio muy grande que, eso sí, sirve a los helvéticos para madurar y acostumbrarse a valerse por sí mismos. Su tiempo libre también se ve reducido, y el consumo de bebidas alcohólicas, por supuesto, está prohibido, lo que supone una gran faena para algunos.
Entonces, queda claro que los suizos están muy armados y bien preparados. Lo que cabe preguntarse es si esto es más importante que la libertad de decisión del individuo, que se respeta en los países en los que no existe una obligación de participar en el Ejército. En España, la “contribución a la nación” de la que hablan los helvéticos también se lleva a cabo, puesto que son los impuestos los que sufragan el coste que suponen las Fuerzas Armadas. La diferencia reside en la forma de dicha ayuda al país: de forma directa o indirecta. Trabajando o pagando.
Parece impensable que en España se pudiera retroceder en el tiempo y que los jóvenes volvieran a tener que hacer la mili. Esa que para algunos fue un verdadero suplicio, y para otros una época fantástica en la que conocieron a grandes amigos con los que siguen guardando una excelente relación en la actualidad. Sin embargo, otros países, como Alemania, se lo han llegado a pensar. Al menos, según los principales medios de comunicación germanos, que en 2016 sacaron a la luz un documento en el que figuraba que el ejecutivo de Angela Merkel se planteaba el retorno del servicio militar obligatorio para hacer frente a las amenazas exteriores, entre la que destaca la del terrorismo yihadista. Aun así, el apoyo social para aprobar estas medidas sería bastante escaso, lo que dificultaría enormemente su implantación.
No ocurre esto en el caso suizo. Orgullosos de su país, no tienen miedo a aprender a defender una nación tan plural en la que conviven tres idiomas: francés, italiano y alemán. De hecho, algunos defensores del “no” a la abolición del servicio militar en 2013 usaron el argumento de que la mili aporta consistencia a la Confederación Helvética. Afirmaban que une a sus diversos habitantes, más todavía teniendo en cuenta que, hoy en día, muchos son hijos de inmigrantes. Es posible que así sea.
En este estado alpino se le vaticina una larga vida al servicio militar. Mientras la población lo apoye -de momento lo hace de manera notoria-, nada cambiará. Y hasta que algo grave ocurra, Suiza continuará siendo un país aparentemente amable, en el que se seguirá escondiendo dinero y del que importaremos chocolate. Eso sí, a los mandatarios del mundo les conviene recordar que tienen más que navajas para defenderse. Y que saben usar sus armas.
miércoles, 11 de enero de 2017
Estudiantes, no inmaduros fracasados
Estaba yo estudiando esta tarde -sí, los estudiantes estudiamos-, cuando he visto en mi TL de Twitter un artículo de la web de El Mundo titulado Mi hijo universitario saca malas notas, ¿qué puedo hacer? No he podido resistir la tentación y me he puesto a leerlo. Esperaba algo totalmente distinto, algo que ayudara. Algo útil. Pues no. Qué iluso soy a veces.
Será que soy de fácil indignación, pero me he pillado un rebote importante. El artículo en cuestión es, prácticamente en su integridad, una crítica para nada constructiva a los alumnos. Que si no aprueban es porque salen de fiesta, porque son unos irresponsables, porque son unos inmaduros. Esto lo dice el texto explícitamente. Lo que no dice pero deja ver es que Ángela Castillo, quien firma el artículo, no tiene ni idea de la realidad. Es difícil mostrar un desconocimiento mayor acerca del tema.
En el octavo párrafo encontramos la sección de "otros problemas", en el que se menciona que parte del profesorado carece de conocimientos vinculados con la pedagogía, lo cual puede repercutir en el aprendizaje del alumnado. En vez de hablar de que tomamos demasiadas cervezas, ¿por qué no ha empezado usted, señora Castillo, por ahí?
He tenido la mala suerte de tropezar con un tipo difícil de definir en mi primer año. Él dirá ser profesor, pero no lo es. Esa historia ya la conté aquí. Como estudiante universitario de primer año que soy conozco mucha, demasiada gente que ha pensado en dejar la carrera. Y no por las razones expuestas en ese nefasto artículo. No porque se pasen la tarde de cañas. Al menos, no todos. Ni mucho menos. Es muy frustrante realizar un trabajo para que te humillen por estar mal hecho. Humillen, sí. Con todas las letras. Es frustrante estudiar para exámenes que aprueban dos o tres personas de casi trescientas. Supongo que será muestra de inmadurez e irresponsabilidad dejar de hacerlo, señora Castillo. Supongo también, entonces, que usted es idiota y le gusta trabajar para que se rían de su trabajo.
Es absolutamente normal que cosas así hagan que los estudiantes pierdan motivación. Que piensen en dejar la carrera. ¿¡Alguien esperaría otra cosa!? Que venga y me lo diga. Y quejarse a la propia universidad no tiene efecto práctico alguno, ya que la misma situación se ha venido dando año tras año desde quién sabe cuándo. Profesores que no enseñan, universidades que hacen la vista gorda, y la culpa, de los alumnos. Claro.
La solución planteada me parece irrisoria: que los padres estén más encima. Vamos a ver. No le voy a echar la culpa a usted, ya que cita a Gabriel Chancel, coordinador de la Unidad de Asesoramiento Pedagógico de la Universidad Autónoma de Barcelona; y a Valentín Martínez-Otero, psicólogo y profesor de la Universidad Complutense de Madrid. No sé si lo hacen por propio convencimiento o por defender a las universidades españolas, pero parecen recién caídos de un guindo. Su justificación de la propuesta: que los padres son quienes pagan los estudios a sus hijos. Dejemos de indignarnos, entonces, cuando los padres sean quienes decidan los estudios de sus hijos. Qué carreras deben hacer y cuáles no. Total, como ellos las pagan, qué más dará qué piense el que va a tener que estudiar algo que no es de su agrado. Que sea el dinero lo que justifique absolutamente todo es la enfermiza manía de esta sociedad.
Añaden, además, que el desencanto de los alumnos en el primer curso es algo normal. Como si viniera genéticamente determinado. Asumir lo negativo sin buscar revertirlo o, como mínimo, reducirlo, deja clara la evolución que del fenómeno tratado, sea cual sea, en el futuro: en el mejor de los casos, seguir igual. Es simple. ¿Cómo va a mejorar algo que se asume como normal y no se intenta mejorar?
La tasa de abandono de los estudios universitarios en España es alta, al igual que lo es la de abandono escolar. Quizá no sea por el hecho de que vivamos en este país, sino por cómo está estructurado el sistema. Quizá el problema no seamos los alumnos. Por dejarlo planteado, nada más. También se dice en el artículo que "los estudiantes son incapaces de adaptarse al cambio", "no gestionan bien el tiempo", "solo estudian tirando de memoria", "no saben enfrentarse a exámenes tipo test" y tampoco dominan el hablar en público o el trabajar en equipo. Joder, ¿tan difícil es darse cuenta de que no es nuestra culpa que no sepamos hacerlo? ¿Tan difícil es darse cuenta de que si no sabemos es porque nadie nos ha enseñado?
Si la culpa es de los alumnos, como diría Chávez, váyanse al carajo. Si la culpa es de los alumnos, es que no entienden nada. O que no lo quieren entender. Si la culpa es de los alumnos, es que no quieren ver el gran problema que existe. Debe ser más fácil mirar hacia otro lado.
En esta situación, lo más importante es recordar a los universitarios que sigan adelante. Que a pesar de las dificultades, de los prejuicios vertidos en funestos artículos como el que he tenido la desgracia de encontrar hoy, hay que continuar.
Estudiantes: aunque penséis que no servís para nada, que lo que está mal sois vosotros, no es así. Con profesores que no valen, con un sistema que, en general, no enseña y no prepara, lo normal es suspender y perder la motivación. Eso no es fracasar. No sois un fracaso, y no dejéis que nadie os lo diga. No lo creáis. Fracasar, en estas condiciones, no sería ni dejar de intentarlo. Que miren hacia otro lado si quieren, pero, eso sí, que no os hagan sentir mal.
Será que soy de fácil indignación, pero me he pillado un rebote importante. El artículo en cuestión es, prácticamente en su integridad, una crítica para nada constructiva a los alumnos. Que si no aprueban es porque salen de fiesta, porque son unos irresponsables, porque son unos inmaduros. Esto lo dice el texto explícitamente. Lo que no dice pero deja ver es que Ángela Castillo, quien firma el artículo, no tiene ni idea de la realidad. Es difícil mostrar un desconocimiento mayor acerca del tema.
En el octavo párrafo encontramos la sección de "otros problemas", en el que se menciona que parte del profesorado carece de conocimientos vinculados con la pedagogía, lo cual puede repercutir en el aprendizaje del alumnado. En vez de hablar de que tomamos demasiadas cervezas, ¿por qué no ha empezado usted, señora Castillo, por ahí?
He tenido la mala suerte de tropezar con un tipo difícil de definir en mi primer año. Él dirá ser profesor, pero no lo es. Esa historia ya la conté aquí. Como estudiante universitario de primer año que soy conozco mucha, demasiada gente que ha pensado en dejar la carrera. Y no por las razones expuestas en ese nefasto artículo. No porque se pasen la tarde de cañas. Al menos, no todos. Ni mucho menos. Es muy frustrante realizar un trabajo para que te humillen por estar mal hecho. Humillen, sí. Con todas las letras. Es frustrante estudiar para exámenes que aprueban dos o tres personas de casi trescientas. Supongo que será muestra de inmadurez e irresponsabilidad dejar de hacerlo, señora Castillo. Supongo también, entonces, que usted es idiota y le gusta trabajar para que se rían de su trabajo.
Es absolutamente normal que cosas así hagan que los estudiantes pierdan motivación. Que piensen en dejar la carrera. ¿¡Alguien esperaría otra cosa!? Que venga y me lo diga. Y quejarse a la propia universidad no tiene efecto práctico alguno, ya que la misma situación se ha venido dando año tras año desde quién sabe cuándo. Profesores que no enseñan, universidades que hacen la vista gorda, y la culpa, de los alumnos. Claro.
La solución planteada me parece irrisoria: que los padres estén más encima. Vamos a ver. No le voy a echar la culpa a usted, ya que cita a Gabriel Chancel, coordinador de la Unidad de Asesoramiento Pedagógico de la Universidad Autónoma de Barcelona; y a Valentín Martínez-Otero, psicólogo y profesor de la Universidad Complutense de Madrid. No sé si lo hacen por propio convencimiento o por defender a las universidades españolas, pero parecen recién caídos de un guindo. Su justificación de la propuesta: que los padres son quienes pagan los estudios a sus hijos. Dejemos de indignarnos, entonces, cuando los padres sean quienes decidan los estudios de sus hijos. Qué carreras deben hacer y cuáles no. Total, como ellos las pagan, qué más dará qué piense el que va a tener que estudiar algo que no es de su agrado. Que sea el dinero lo que justifique absolutamente todo es la enfermiza manía de esta sociedad.
Añaden, además, que el desencanto de los alumnos en el primer curso es algo normal. Como si viniera genéticamente determinado. Asumir lo negativo sin buscar revertirlo o, como mínimo, reducirlo, deja clara la evolución que del fenómeno tratado, sea cual sea, en el futuro: en el mejor de los casos, seguir igual. Es simple. ¿Cómo va a mejorar algo que se asume como normal y no se intenta mejorar?
La tasa de abandono de los estudios universitarios en España es alta, al igual que lo es la de abandono escolar. Quizá no sea por el hecho de que vivamos en este país, sino por cómo está estructurado el sistema. Quizá el problema no seamos los alumnos. Por dejarlo planteado, nada más. También se dice en el artículo que "los estudiantes son incapaces de adaptarse al cambio", "no gestionan bien el tiempo", "solo estudian tirando de memoria", "no saben enfrentarse a exámenes tipo test" y tampoco dominan el hablar en público o el trabajar en equipo. Joder, ¿tan difícil es darse cuenta de que no es nuestra culpa que no sepamos hacerlo? ¿Tan difícil es darse cuenta de que si no sabemos es porque nadie nos ha enseñado?
Si la culpa es de los alumnos, como diría Chávez, váyanse al carajo. Si la culpa es de los alumnos, es que no entienden nada. O que no lo quieren entender. Si la culpa es de los alumnos, es que no quieren ver el gran problema que existe. Debe ser más fácil mirar hacia otro lado.
En esta situación, lo más importante es recordar a los universitarios que sigan adelante. Que a pesar de las dificultades, de los prejuicios vertidos en funestos artículos como el que he tenido la desgracia de encontrar hoy, hay que continuar.
Estudiantes: aunque penséis que no servís para nada, que lo que está mal sois vosotros, no es así. Con profesores que no valen, con un sistema que, en general, no enseña y no prepara, lo normal es suspender y perder la motivación. Eso no es fracasar. No sois un fracaso, y no dejéis que nadie os lo diga. No lo creáis. Fracasar, en estas condiciones, no sería ni dejar de intentarlo. Que miren hacia otro lado si quieren, pero, eso sí, que no os hagan sentir mal.
miércoles, 21 de diciembre de 2016
Carta abierta a Roberto Olaeta
A Roberto Olaeta -y a todos los que sean como él-:
Es usted un incomprendido. Y es probable que en algunos de sus planteamientos tenga razón. Incluso, en ciertos temas podríamos llegar al entendimiento, ya que, al fin y al cabo, creo haber descubierto lo que es: un antisistema.
¿Y por qué un antisistema? Es sencillo. Porque piensa que el sistema educativo español es un despropósito. Que el sistema no funciona, que está mal planteado. Que hemos llegado a la universidad sin saber nada. A base de estudiar y vomitar teoría en un examen. En eso no me queda otra que darle la razón. Pero, ¿sabe qué? No es nuestra culpa.
Tengo la sensación de que esa es la parte de la historia que usted no entiende. O la que no quiere entender. Que nosotros no hemos decidido llegar a la universidad sin saber nada. Somos productos fabricados en el marco de la LOE. Hemos aprendido a hacer lo que los profesores nos han enseñado a hacer, unos profesores que seguían estrictos programas definidos desde despachos más importantes. También es cierto que con quienes más he aprendido, y supongo que mi experiencia será extrapolable a la mayoría de estudiantes, es con aquellos que más se han alejado del programa y se han esforzado por crear un espíritu crítico en nosotros.
Usted pasa del espíritu crítico y de todo. Pasa de nosotros. Es más, se ríe de nosotros, de sus alumnos. Usted no es un profesor ni medio decente. Por ser más exactos, a usted ni siquiera se le puede llamar profesor. Le llegará la nómina al final de cada mes, pero no ejerce su supuesta profesión. Su pasotismo y su falta de voluntad de enseñar deberían avergonzarle. Aunque ya se ve que eso no ocurre.
Usted se queja del sistema. Pues bien, le diré una cosa: usted recuerda demasiado al sistema. Recuerda demasiado a aquellos profesores inútiles, incapaces de enseñar, que han provocado que lleguemos a la universidad, como usted diría, sin tener ni idea de nada. Usted tampoco es capaz de enseñar. Y, seamos francos, a estas alturas, o lo sabe, o es un idiota de campeonato.
Cree usted que su sistema es genial: pues bien, siento decirle que no. A usted le sirve para que algunos alumnos le compren tres libros de los que es coautor, pero no es una buena manera de enseñar. Si quisiéramos ser autodidactas, no nos habríamos matriculado en la universidad. O al menos no asistiríamos a clase. Para los que no hayan tenido el placer -nótese la ironía- de tenerle como profesor, le recordaré su planteamiento: un test con cuatro opciones para que sus alumnos se busquen la vida descubriendo qué está bien y qué está mal. De ahí, si pueden, extraerán una información y la estudiarán de cara al examen: un test cercano a lo ininteligible que suspende más del 98% del alumnado. Algo falla, ¿no? Para usted falla todo menos usted mismo. Curioso, cuanto menos.
No sé si comprende lo frustrante que puede ser para algunos llegar a la universidad y encontrarse con usted. Probablemente sin darse cuenta -o eso quiero pensar-, pero amarga la vida a la gente. Mucho.
Por otro lado, están los sinsentidos que usted se empeña en llamar trabajos y que nos generan tanta impotencia y frustración a todos. Resulta difícil de explicar en qué consisten, pero básicamente lo que se pide en ellos es copiar diccionarios. ¿Estamos locos? Para que encima vaya usted luego a reírse del trabajo de sus alumnos. No tiene derecho a eso. No lo tiene ni lo tendrá jamás. Y, en ocasiones, me arrepiento de no habérselo dicho en su debido momento. En su posición de superioridad se siente seguro. Y no debería ser así, puesto que no tiene vergüenza. Comentarios como "no me hagas perder el tiempo" o "esto solo vale para tirarlo a la basura" sobran. Téngalo claro. Sobran. En primer lugar, porque le pagan para que emplee su tiempo en enseñar -y no lo hace, por su manifiesta falta de capacidad o porque no le da la gana-; y en segundo lugar, porque usted no es nadie para faltar el respeto a ninguna otra persona. Absolutamente nadie.
De hecho, no sé por qué le estoy hablando de usted: considero que no merece ni mi respeto. Sin embargo, no veo necesidad de rebajarme a su nivel. Sería un error.
Por si todo esto fuera poco -que ya le digo yo que no lo es, tranquilo-, he descubierto una nueva característica suya esta semana: es un cobarde. Lo es porque, en contraposición con el resto de profesores, no nos ha dado la opción de manifestar nuestra opinión sobre usted en la encuesta que propone la propia universidad. Diría que es obligatorio que nos hubiese dado la oportunidad de hacerla, pero no me apetece picarme por esto. Su cobardía quizá sea su menor problema. Lo que queda claro es que no se atreve a que valoremos su labor. No tiene el valor suficiente como para hacer frente a la realidad: que es usted un inútil como profesor.
Es usted un incomprendido. Y es probable que en algunos de sus planteamientos tenga razón. Incluso, en ciertos temas podríamos llegar al entendimiento, ya que, al fin y al cabo, creo haber descubierto lo que es: un antisistema.
¿Y por qué un antisistema? Es sencillo. Porque piensa que el sistema educativo español es un despropósito. Que el sistema no funciona, que está mal planteado. Que hemos llegado a la universidad sin saber nada. A base de estudiar y vomitar teoría en un examen. En eso no me queda otra que darle la razón. Pero, ¿sabe qué? No es nuestra culpa.
Tengo la sensación de que esa es la parte de la historia que usted no entiende. O la que no quiere entender. Que nosotros no hemos decidido llegar a la universidad sin saber nada. Somos productos fabricados en el marco de la LOE. Hemos aprendido a hacer lo que los profesores nos han enseñado a hacer, unos profesores que seguían estrictos programas definidos desde despachos más importantes. También es cierto que con quienes más he aprendido, y supongo que mi experiencia será extrapolable a la mayoría de estudiantes, es con aquellos que más se han alejado del programa y se han esforzado por crear un espíritu crítico en nosotros.
Usted pasa del espíritu crítico y de todo. Pasa de nosotros. Es más, se ríe de nosotros, de sus alumnos. Usted no es un profesor ni medio decente. Por ser más exactos, a usted ni siquiera se le puede llamar profesor. Le llegará la nómina al final de cada mes, pero no ejerce su supuesta profesión. Su pasotismo y su falta de voluntad de enseñar deberían avergonzarle. Aunque ya se ve que eso no ocurre.
Usted se queja del sistema. Pues bien, le diré una cosa: usted recuerda demasiado al sistema. Recuerda demasiado a aquellos profesores inútiles, incapaces de enseñar, que han provocado que lleguemos a la universidad, como usted diría, sin tener ni idea de nada. Usted tampoco es capaz de enseñar. Y, seamos francos, a estas alturas, o lo sabe, o es un idiota de campeonato.
Cree usted que su sistema es genial: pues bien, siento decirle que no. A usted le sirve para que algunos alumnos le compren tres libros de los que es coautor, pero no es una buena manera de enseñar. Si quisiéramos ser autodidactas, no nos habríamos matriculado en la universidad. O al menos no asistiríamos a clase. Para los que no hayan tenido el placer -nótese la ironía- de tenerle como profesor, le recordaré su planteamiento: un test con cuatro opciones para que sus alumnos se busquen la vida descubriendo qué está bien y qué está mal. De ahí, si pueden, extraerán una información y la estudiarán de cara al examen: un test cercano a lo ininteligible que suspende más del 98% del alumnado. Algo falla, ¿no? Para usted falla todo menos usted mismo. Curioso, cuanto menos.
No sé si comprende lo frustrante que puede ser para algunos llegar a la universidad y encontrarse con usted. Probablemente sin darse cuenta -o eso quiero pensar-, pero amarga la vida a la gente. Mucho.
Por otro lado, están los sinsentidos que usted se empeña en llamar trabajos y que nos generan tanta impotencia y frustración a todos. Resulta difícil de explicar en qué consisten, pero básicamente lo que se pide en ellos es copiar diccionarios. ¿Estamos locos? Para que encima vaya usted luego a reírse del trabajo de sus alumnos. No tiene derecho a eso. No lo tiene ni lo tendrá jamás. Y, en ocasiones, me arrepiento de no habérselo dicho en su debido momento. En su posición de superioridad se siente seguro. Y no debería ser así, puesto que no tiene vergüenza. Comentarios como "no me hagas perder el tiempo" o "esto solo vale para tirarlo a la basura" sobran. Téngalo claro. Sobran. En primer lugar, porque le pagan para que emplee su tiempo en enseñar -y no lo hace, por su manifiesta falta de capacidad o porque no le da la gana-; y en segundo lugar, porque usted no es nadie para faltar el respeto a ninguna otra persona. Absolutamente nadie.
De hecho, no sé por qué le estoy hablando de usted: considero que no merece ni mi respeto. Sin embargo, no veo necesidad de rebajarme a su nivel. Sería un error.
Por si todo esto fuera poco -que ya le digo yo que no lo es, tranquilo-, he descubierto una nueva característica suya esta semana: es un cobarde. Lo es porque, en contraposición con el resto de profesores, no nos ha dado la opción de manifestar nuestra opinión sobre usted en la encuesta que propone la propia universidad. Diría que es obligatorio que nos hubiese dado la oportunidad de hacerla, pero no me apetece picarme por esto. Su cobardía quizá sea su menor problema. Lo que queda claro es que no se atreve a que valoremos su labor. No tiene el valor suficiente como para hacer frente a la realidad: que es usted un inútil como profesor.
lunes, 7 de noviembre de 2016
Todo cambia para que nada cambie
Todo cambia para que nada cambie. La misma sensación de siempre. La de no saber qué hacer. La de no atreverse a decidir. La de dejar que sea el tiempo quién decida. La de cuestionar todas y cada una de las decisiones tomadas. La de la inseguridad. La del miedo, irracional, ante todo.
Al fin y al cabo, somos seres humanos. La montaña rusa de las emociones no para de subir y bajar. Arriba, todo es maravilloso. Parece, incluso, que puedes alcanzar el cielo. Que lo rozas. Pero te quedas ahí, y empiezas a descender. A toda velocidad. Y abajo te sientes vulnerable. Y lo eres. Te afecta absolutamente todo. Te sientes mal contigo mismo. Y con el resto.
Quizá dependa del diseño de montaña rusa que tenga cada uno en su cabeza. Con más o menos altibajos. Pero creo que la duda es inherente a la condición humana, y que la determinación no es más que la eliminación o reducción del miedo al fracaso.
Hay miedo. Hay frustración. Se haga lo que se haga.
Al fin y al cabo, somos seres humanos. La montaña rusa de las emociones no para de subir y bajar. Arriba, todo es maravilloso. Parece, incluso, que puedes alcanzar el cielo. Que lo rozas. Pero te quedas ahí, y empiezas a descender. A toda velocidad. Y abajo te sientes vulnerable. Y lo eres. Te afecta absolutamente todo. Te sientes mal contigo mismo. Y con el resto.
Quizá dependa del diseño de montaña rusa que tenga cada uno en su cabeza. Con más o menos altibajos. Pero creo que la duda es inherente a la condición humana, y que la determinación no es más que la eliminación o reducción del miedo al fracaso.
Hay miedo. Hay frustración. Se haga lo que se haga.
miércoles, 12 de octubre de 2016
La Voz de la Conciencia (IV): Corte de mangas
Por Jon Fernández Mur (@jonfdzmur)
Después de quitarle un poco de hierro al asunto, para no acabar todos enfadados con todos, vamos con lo de Piqué, que más que lo de Piqué es lo de los cazurros que consiguieron que Piqué dejara la selección. Cazurro es un adjetivo calificativo, puntualizaría el Pichu Cuéllar.
Si hablamos de fútbol, podemos decir que Gerard Piqué es uno de los mejores centrales del mundo, si es que no es el mejor; y, por supuesto, es el mejor defensor central español. El problema es que en este país se habla muy poco de fútbol. Cuando vuestros amigos, compañeros sentimentales, familiares, profesores, conocidos, familiares, amigovios y demás -sí, he repetido familiares- os digan que “en la tele solo hablan de fútbol, ¡qué pesados!”, respondedles que es mentira. Que no hablan de fútbol. Porque no lo hacen.
¿Es el problema ese tipo de periodismo, ruin y morboso, o lo es el público que lo consume, y de esta manera, genera esa demanda? Quizá lo sean ambos. Basta con entrar en las webs de Marca, Mundo Deportivo, As o Sport y buscar los textos más leídos para comprobarlo. El gran público no quiere fútbol, quiere morbo, entretenimiento fácil, prensa rosa. Y los medios lo dan, saltándose a la torera la ética y la moral. “Total, qué más da, si así vendemos más”, pensarán. Hay límites. Y pocos los respetan. Empecemos por ahí, y que luego decida el consumidor qué prefiere: el pelo de Cristiano o un análisis del Sevilla de Sampaoli.
Tampoco podemos obviar el origen del tema Piqué. Que uno o varios jugadores se sientan catalanes parece ser la mayor deshonra para la selección española. Lo que encontramos en las redes con respecto a este tema es la intolerancia elevada a la enésima. La voluntad de muchos de imponer su forma de pensar por encima de la del resto, sin argumento alguno. Porque sí.
A todos aquellos que piden separar fútbol y política, no queda otra que decirles que es imposible, y que lo vayan asumiendo. Siempre ha sido así, y lo seguirá siendo. Al fin y al cabo, la política es más importante, aunque no queramos verlo en ocasiones. Basta con echar un vistazo a los Balcanes, por ejemplo.
La cuestionable voluntad de resolver los problemas sin diálogo y sin argumentar de nuestros políticos parece haber calado hondo en nuestra sociedad. “Piqué tiene que sentirse español como el que más si quiere jugar en la selección. Y demostrarlo”. ¿Por qué? La profesionalidad de Gerard Piqué está fuera de toda duda. Se ha partido la cara -literalmente- por la selección, suele ser el defensa que está ahí cuando llegan tres delanteros a marcar gol -véase el tanto de Italia en la Euro-, ha dado triunfos importantes,... Pues para algunos, no es suficiente.
Quizá lo que tendría que hacer Piqué para ser aceptado es desfilar con la cabra de la Legión, pero ha decidido que ya basta. Que ya ha escuchado suficientes pitos y tonterías. Razón no le falta. Mucho ha tardado, a mi parecer. La que se armó con las mangas no fue normal. Fue, como él dijo tras el choque, la gota que colmó el vaso. Cuando el tema quedó aclarado, todos los españoles de pro, es decir, los que le critican todo, tuvieron que ir raudos y veloces a borrar los tweets que habían publicado en contra del jugador del Barcelona. Que si separata, que si se vaya a jugar con Catalunya, que si vaya deshonra cortar la bandera.
Esta hipérbole de lo absurdo terminará en 2018, con Piqué dejando el barco. Ahora algunos periodistas se arrepienten de haber querido hacer sangre con este tema. De haber querido vender tanto con este tema. A esos hipócritas solo les queda ahora la esperanza de que el bueno de Gerard se replantee la situación. Ahora les toca pedir perdón.
Y para finalizar, una reflexión. Si lo importante para jugar en la selección es la cantidad de patriotismo que uno demuestra y lo mucho que uno ama a España, que Lopetegui no llame a Piqué. Que llame a Albert Rivera y Felipe González.
jueves, 8 de septiembre de 2016
No entendemos
Poca duda cabe de que el animal capaz de hacer mayor daño al ser humano es, paradójicamente, el propio ser humano. La voluntad de autodestrucción parece ir en los genes de nuestra especie, ya que, a pesar de los millones de años que llevamos sobre el planeta, aún no hemos conseguido corregirnos.
Muchas veces las posturas de otras personas son incomprensibles para nosotros. No somos capaces de entender a la gente que piensa diferente. Y nos enfadamos con ellos.
En primer lugar, hay que tener en cuenta que nosotros hablamos desde una determinada cultura y desde una determinada clase social. Si vamos más allá, nos daremos cuenta de que cada persona mantiene ideales parecidos pero distintos, debido a matices que se van formando a través de las experiencias individuales. Dudo mucho que dos individuos puedan coincidir al cien por cien en cuanto a todos los aspectos que construyen nuestra sociedad, tanto a nivel global, planetario; como a niveles más pequeños, como un país, un pueblo, un barrio o una comunidad de vecinos.
Con más de siete mil millones de puntos de vista diferentes, de ideas diferentes, es lógico que las cosas nos parezcan incomprensibles. Pero, ¿intentamos comprenderlas? Cada hecho viene precedido y originado por unos motivos, nos gusten esos motivos o no. Muchas veces no nos paramos ni a pensarlos, y otras veces, simplemente, pasamos de ellos porque no nos gustan. Es más sencillo atribuir la culpa a la mala fortuna o a la ignorancia del resto.
Esto vale para absolutamente todo. Desde la política hasta la religión, pasando por las costumbres de las culturas y los entretenimientos que busca cada uno para su vida.
No entendemos a los que votan al PP, el partido más corrupto.
No entendemos a los que votan a Podemos, el modelo que tiene a Venezuela en la ruina.
No entendemos a los independentistas, que quieren romper la unidad de la nación.
No entendemos a los que no votan y luego, encima, se quejan.
No entendemos a los que votan a partidos minoritarios, porque no sirve para nada.
No entendemos a los cristianos, que son todos unos carcas.
No entendemos a los musulmanes, una religión que degrada a la mujer.
No entendemos a los ateos, que solo quieren vivir y gozar. Son irresponsables e irrespetuosos.
No entendemos a los que declaran a Hacienda pudiendo no hacerlo, menudos pringaos.
No entendemos a los que evaden impuestos, vaya panda de sinvergüenzas.
No entendemos a los que, como yo estoy haciendo, usan el masculino para referirse a todos (y todas)
No entendemos a las feminazis que usan el femenino. Qué ganas de tocar las pelotas.
No entendemos a las chicas que enseñan demasiado (para nuestro criterio, claro)
No entendemos a las que llevan burka. Las obligan a ello. Enseñan demasiado poco. A su país, hombre. Que si tú vas allí, a ver cómo te tratan. Te ponen burka, seguro.
No entendemos a los que huyen de las bombas. O igual sí, pero no los queremos aquí. Buscaros la vida, chavales.
No entendemos a los inmigrantes. ¡Volveos a vuestros países, anda! Que venís aquí a robarnos el trabajo a los españoles.
No entendemos a los amantes de las corridas de toros, malditos sanguinarios.
No entendemos a los animalistas tocapelotas que vienen a jodernos la fiesta nacional.
No entendemos a los terroristas que ponen bombas y destrozan y arrebatan vidas en nombre del islam.
No entendemos a los que bombardean Siria, ¡que también matan civiles, coño!
No entendemos a los que no quieren bombardear Siria. Ya veréis cuando nos pongan una bomba, ya...
No entendemos que, en un país democrático, Otegi no pueda presentarse a las elecciones. ¡Libertad!
No entendemos que Otegi pretenda presentarse a las elecciones. ¡Terrorista!
No entendemos que la gente prenda fuego a los bosques con el único objetivo de hacer daño.
No entendemos que la gente se implique en causas sociales, si solo se van a llevar disgustos.
No entendemos que haya personas que no se impliquen con nada, pasen de todo, y vivan por y para ellos mismos.
No entendemos que Lorca siga en una cuneta, como muchísimos otros más. Nos debería dar vergüenza.
No entendemos que quieran abrir las fosas comunes, si es una herida que ya está cerrada
No entendemos que las chicas tengan relaciones como y cuando quieran. ¡Frescas! (por no decir otra cosa)
No entendemos que se niegue la discriminación hacia la mujer, cuando es evidente su existencia, cuando la violencia machista, presente en tantos ámbitos, es una de las mayores lacras de nuestra sociedad.
No entendemos que nos estén dando el coñazo con que existe la discriminación hacia la mujer, si somos todos iguales.
No entendemos que la educación, en pleno siglo XXI, siga teniendo un modelo excluyente en el que el dinero de cada uno es importante.
No entendemos a los vagos que se quejan de la educación pública. ¡Pero si no pagan!
No entendemos que haya gente muriéndose a la espera de un tratamiento.
No entendemos que haya que esperar casi un año para operarse.
No entendemos a la gente que se queja de la sanidad pública. ¡Que se paguen el igualatorio!
No entendemos que Donald Trump pueda ganar unas elecciones en el país más importante del mundo. Los americanos son idiotas, tanto comer en el McDonald's les ha sentado mal.
No entendemos que nuestros mayores tengan que vivir recibiendo una miseria al mes, después de todo lo que han hecho por nosotros.
No entendemos que el fútbol sea tan importante.
No entendemos que haya gente a la que no emocione el fútbol.
No entendemos que la gente alabe la recuperación económica cuando el país es mucho más desigual que antaño.
No entendemos que la gente critique la recuperación. Estamos saliendo de la crisis.
No entendemos que la gente no adore a Amancio Ortega, es el ejemplo que todos debemos seguir. Un triunfador que salió de la nada.
No entendemos que la gente adore a Amancio Ortega, que explota niños en pos de su riqueza personal.
No entendemos a los comunistas, que defienden un sistema que solo acumula fracasos.
No entendemos a los capitalistas, que defienden un sistema excluyente y egoísta.
No entendemos que haya gente que no sepa si Ortega y Gasset son una o dos personas, y que su ignorancia les proporcione dinero y fama.
No entendemos que a la gente no le apene ver marchar a jóvenes preparados.
No entendemos que la gente vea Sálvame.
No entendemos que las cadenas de televisión apuesten solo por chicas guapas.
No entendemos que la gente se preocupe por la oración anterior.
No entendemos a la gente que lleva una pulserita de España en la muñeca.
No entendemos a la gente que no lleva una pulserita de España en la muñeca
No entendemos nada con lo que no estemos de acuerdo.
Y como no entendemos, odiamos.
Odiamos a Mariano Rajoy y a los ineptos que le votan.
Odiamos a Pablo Iglesias y a los perroflautas que le votan.
Odiamos a Artur Mas, Gabriel Rufián y todo aquel que se declare independentista.
Odiamos a los musulmanes.
Odiamos a Amancio Ortega.
Odiamos demasiado.
Soy de los que opinan que ninguna acción se lleva a cabo porque sí. Quizá porque de pequeño me grabaron a fuego en la mente aquello de que "porque sí no es una razón", pero la cuestión es que todos los hechos y pensamientos tienen detrás una justificación en la experiencia propia de cada individuo.
Estoy seguro de que de todas las oraciones arriba presentes, todo el mundo va a estar de acuerdo con algunas y completamente en desacuerdo con otras. Pero son cosas que oímos por la calle. Que vemos a nuestro alrededor. Hay gente que piensa de todas esas maneras. Y tienen algún motivo para hacerlo. Podemos pensar mucho y estar convencido de que nuestras ideas son las correctas, las mejores para todos. Pero hemos de aceptar que no todo el mundo piensa así.
Probablemente lo que necesitamos sea que vuelva Platón, que instauremos un gobierno de sabios como él proponía, y que partiendo de esa base avancemos hacia una mejor sociedad en términos globales, en la que el ser humano no se haga tanto daño a sí mismo. Porque por nuestra cuenta, no entendemos a los demás. O, mejor dicho: no queremos entender a los demás.
Muchas veces las posturas de otras personas son incomprensibles para nosotros. No somos capaces de entender a la gente que piensa diferente. Y nos enfadamos con ellos.
En primer lugar, hay que tener en cuenta que nosotros hablamos desde una determinada cultura y desde una determinada clase social. Si vamos más allá, nos daremos cuenta de que cada persona mantiene ideales parecidos pero distintos, debido a matices que se van formando a través de las experiencias individuales. Dudo mucho que dos individuos puedan coincidir al cien por cien en cuanto a todos los aspectos que construyen nuestra sociedad, tanto a nivel global, planetario; como a niveles más pequeños, como un país, un pueblo, un barrio o una comunidad de vecinos.
Con más de siete mil millones de puntos de vista diferentes, de ideas diferentes, es lógico que las cosas nos parezcan incomprensibles. Pero, ¿intentamos comprenderlas? Cada hecho viene precedido y originado por unos motivos, nos gusten esos motivos o no. Muchas veces no nos paramos ni a pensarlos, y otras veces, simplemente, pasamos de ellos porque no nos gustan. Es más sencillo atribuir la culpa a la mala fortuna o a la ignorancia del resto.
Esto vale para absolutamente todo. Desde la política hasta la religión, pasando por las costumbres de las culturas y los entretenimientos que busca cada uno para su vida.
No entendemos a los que votan al PP, el partido más corrupto.
No entendemos a los que votan a Podemos, el modelo que tiene a Venezuela en la ruina.
No entendemos a los independentistas, que quieren romper la unidad de la nación.
No entendemos a los que no votan y luego, encima, se quejan.
No entendemos a los que votan a partidos minoritarios, porque no sirve para nada.
No entendemos a los cristianos, que son todos unos carcas.
No entendemos a los musulmanes, una religión que degrada a la mujer.
No entendemos a los ateos, que solo quieren vivir y gozar. Son irresponsables e irrespetuosos.
No entendemos a los que declaran a Hacienda pudiendo no hacerlo, menudos pringaos.
No entendemos a los que evaden impuestos, vaya panda de sinvergüenzas.
No entendemos a los que, como yo estoy haciendo, usan el masculino para referirse a todos (y todas)
No entendemos a las feminazis que usan el femenino. Qué ganas de tocar las pelotas.
No entendemos a las chicas que enseñan demasiado (para nuestro criterio, claro)
No entendemos a las que llevan burka. Las obligan a ello. Enseñan demasiado poco. A su país, hombre. Que si tú vas allí, a ver cómo te tratan. Te ponen burka, seguro.
No entendemos a los que huyen de las bombas. O igual sí, pero no los queremos aquí. Buscaros la vida, chavales.
No entendemos a los inmigrantes. ¡Volveos a vuestros países, anda! Que venís aquí a robarnos el trabajo a los españoles.
No entendemos a los amantes de las corridas de toros, malditos sanguinarios.
No entendemos a los animalistas tocapelotas que vienen a jodernos la fiesta nacional.
No entendemos a los terroristas que ponen bombas y destrozan y arrebatan vidas en nombre del islam.
No entendemos a los que bombardean Siria, ¡que también matan civiles, coño!
No entendemos a los que no quieren bombardear Siria. Ya veréis cuando nos pongan una bomba, ya...
No entendemos que, en un país democrático, Otegi no pueda presentarse a las elecciones. ¡Libertad!
No entendemos que Otegi pretenda presentarse a las elecciones. ¡Terrorista!
No entendemos que la gente prenda fuego a los bosques con el único objetivo de hacer daño.
No entendemos que la gente se implique en causas sociales, si solo se van a llevar disgustos.
No entendemos que haya personas que no se impliquen con nada, pasen de todo, y vivan por y para ellos mismos.
No entendemos que Lorca siga en una cuneta, como muchísimos otros más. Nos debería dar vergüenza.
No entendemos que quieran abrir las fosas comunes, si es una herida que ya está cerrada
No entendemos que las chicas tengan relaciones como y cuando quieran. ¡Frescas! (por no decir otra cosa)
No entendemos que se niegue la discriminación hacia la mujer, cuando es evidente su existencia, cuando la violencia machista, presente en tantos ámbitos, es una de las mayores lacras de nuestra sociedad.
No entendemos que nos estén dando el coñazo con que existe la discriminación hacia la mujer, si somos todos iguales.
No entendemos que la educación, en pleno siglo XXI, siga teniendo un modelo excluyente en el que el dinero de cada uno es importante.
No entendemos a los vagos que se quejan de la educación pública. ¡Pero si no pagan!
No entendemos que haya gente muriéndose a la espera de un tratamiento.
No entendemos que haya que esperar casi un año para operarse.
No entendemos a la gente que se queja de la sanidad pública. ¡Que se paguen el igualatorio!
No entendemos que Donald Trump pueda ganar unas elecciones en el país más importante del mundo. Los americanos son idiotas, tanto comer en el McDonald's les ha sentado mal.
No entendemos que nuestros mayores tengan que vivir recibiendo una miseria al mes, después de todo lo que han hecho por nosotros.
No entendemos que el fútbol sea tan importante.
No entendemos que haya gente a la que no emocione el fútbol.
No entendemos que la gente alabe la recuperación económica cuando el país es mucho más desigual que antaño.
No entendemos que la gente critique la recuperación. Estamos saliendo de la crisis.
No entendemos que la gente no adore a Amancio Ortega, es el ejemplo que todos debemos seguir. Un triunfador que salió de la nada.
No entendemos que la gente adore a Amancio Ortega, que explota niños en pos de su riqueza personal.
No entendemos a los comunistas, que defienden un sistema que solo acumula fracasos.
No entendemos a los capitalistas, que defienden un sistema excluyente y egoísta.
No entendemos que haya gente que no sepa si Ortega y Gasset son una o dos personas, y que su ignorancia les proporcione dinero y fama.
No entendemos que a la gente no le apene ver marchar a jóvenes preparados.
No entendemos que la gente vea Sálvame.
No entendemos que las cadenas de televisión apuesten solo por chicas guapas.
No entendemos que la gente se preocupe por la oración anterior.
No entendemos a la gente que lleva una pulserita de España en la muñeca.
No entendemos a la gente que no lleva una pulserita de España en la muñeca
No entendemos nada con lo que no estemos de acuerdo.
Y como no entendemos, odiamos.
Odiamos a Mariano Rajoy y a los ineptos que le votan.
Odiamos a Pablo Iglesias y a los perroflautas que le votan.
Odiamos a Artur Mas, Gabriel Rufián y todo aquel que se declare independentista.
Odiamos a los musulmanes.
Odiamos a Amancio Ortega.
Odiamos demasiado.
Soy de los que opinan que ninguna acción se lleva a cabo porque sí. Quizá porque de pequeño me grabaron a fuego en la mente aquello de que "porque sí no es una razón", pero la cuestión es que todos los hechos y pensamientos tienen detrás una justificación en la experiencia propia de cada individuo.
Estoy seguro de que de todas las oraciones arriba presentes, todo el mundo va a estar de acuerdo con algunas y completamente en desacuerdo con otras. Pero son cosas que oímos por la calle. Que vemos a nuestro alrededor. Hay gente que piensa de todas esas maneras. Y tienen algún motivo para hacerlo. Podemos pensar mucho y estar convencido de que nuestras ideas son las correctas, las mejores para todos. Pero hemos de aceptar que no todo el mundo piensa así.
Probablemente lo que necesitamos sea que vuelva Platón, que instauremos un gobierno de sabios como él proponía, y que partiendo de esa base avancemos hacia una mejor sociedad en términos globales, en la que el ser humano no se haga tanto daño a sí mismo. Porque por nuestra cuenta, no entendemos a los demás. O, mejor dicho: no queremos entender a los demás.
viernes, 12 de agosto de 2016
La Voz de la Conciencia (III): Los mejores nunca serán ET
Por Jon Fernández Mur (@jonfdzmur)
El hype -o las altas expectativas, para los puristas- que tiene sobre sí la Premier de cara a la temporada que arranca mañana no tiene precedente alguno. O al menos yo no lo recuerdo. Podría decirse que, aunque no comparta esta opinión, cuatro de los cinco mejores entrenadores del mundo viven en Inglaterra a 12 de agosto de 2016. Veremos a Mourinho y Klopp contra Guardiola de nuevo, a Conte enfrentándose a los mejores,... Lo que queda claro es que esta Premier promete.
Ante la falta de resultados en Europa, los clubes ingleses recurren a los mejores entrenadores, salvo el Hull City, del que todos huyen -sí, entrenador incluido-. Una temporada de impredecible resultado, pero en la que los equipos de Manchester parten como favoritos, siendo estos los que más se han reforzado y los que mejores plantillas tienen. Guardiola ha apostado por la calidad y el juego asociativo -¡oh, sorpresa!- y Mourinho por el carácter -más sorprendente aún-. Sin embargo, no esperamos un Mou-Pep a la española, por el hecho de que los rivales son de una entidad superior al Atlético de Quique Sánchez Flores, al Málaga de Pellegrini, al Valencia de Emery y al Villarreal de Garrido.
Uno de los entrenadores presentes en aquella época en la liga española era Mauricio Pochettino, al que tenemos también en las islas. Su Tottenham fue uno de los mejores equipos de la pasada campaña, siendo el más serio competidor del Leicester en la pelea por la Premier y asegurándose una plaza en la Champions. Quizá eso pase factura a los spurs, pero ya demostraron de lo que son capaces.
El Arsenal de Wenger, con mucho jugón en medio campo, pretende plantar batalla. No obstante, son los vigentes subcampeones y no se han reforzado mal. Pero al técnico francés parece faltarle el gen ganador que sus rivales poseen.
Por último, están Liverpool y Chelsea, con dos grandes entrenadores, sin competición europea que disputar, y con la necesidad de mejorar los resultados de la pasada campaña. Los altavoces de Anfield y Stamford Bridge quieren hacer sonar el himno de la Champions de nuevo. Y quieren hacerlo a no mucho tardar.
Pero, ¿sabéis qué? Nada ni nadie superarán lo vivido la pasada campaña. El Leicester, vigente campeón, hizo saltar todos los pronósticos por los aires y nos regaló la temporada más increíble, divertida y emocionante de la historia. Al fin y al cabo, por más estrellas que brillen en una competición, el ver a un equipo humilde desafiar a la lógica de tal manera es algo simplemente insuperable. Un grupo con el que todos pudimos sentirnos identificados. El juego combinativo de Pep podrá deslumbrar, o el United de Mou aplastar rivales. Es posible que el Liverpool de Klopp nos haga disfrutar, o que caigamos rendidos ante las clases tácticas de Conte. Pero nadie mejorará al Leicester. Eso sí, repetir lo irrepetible sería como ver a E.T. aterrizar en Picadilly Circus. Palabra de Claudio I de Leicester.
El hype -o las altas expectativas, para los puristas- que tiene sobre sí la Premier de cara a la temporada que arranca mañana no tiene precedente alguno. O al menos yo no lo recuerdo. Podría decirse que, aunque no comparta esta opinión, cuatro de los cinco mejores entrenadores del mundo viven en Inglaterra a 12 de agosto de 2016. Veremos a Mourinho y Klopp contra Guardiola de nuevo, a Conte enfrentándose a los mejores,... Lo que queda claro es que esta Premier promete.
Ante la falta de resultados en Europa, los clubes ingleses recurren a los mejores entrenadores, salvo el Hull City, del que todos huyen -sí, entrenador incluido-. Una temporada de impredecible resultado, pero en la que los equipos de Manchester parten como favoritos, siendo estos los que más se han reforzado y los que mejores plantillas tienen. Guardiola ha apostado por la calidad y el juego asociativo -¡oh, sorpresa!- y Mourinho por el carácter -más sorprendente aún-. Sin embargo, no esperamos un Mou-Pep a la española, por el hecho de que los rivales son de una entidad superior al Atlético de Quique Sánchez Flores, al Málaga de Pellegrini, al Valencia de Emery y al Villarreal de Garrido.
Uno de los entrenadores presentes en aquella época en la liga española era Mauricio Pochettino, al que tenemos también en las islas. Su Tottenham fue uno de los mejores equipos de la pasada campaña, siendo el más serio competidor del Leicester en la pelea por la Premier y asegurándose una plaza en la Champions. Quizá eso pase factura a los spurs, pero ya demostraron de lo que son capaces.
El Arsenal de Wenger, con mucho jugón en medio campo, pretende plantar batalla. No obstante, son los vigentes subcampeones y no se han reforzado mal. Pero al técnico francés parece faltarle el gen ganador que sus rivales poseen.
Por último, están Liverpool y Chelsea, con dos grandes entrenadores, sin competición europea que disputar, y con la necesidad de mejorar los resultados de la pasada campaña. Los altavoces de Anfield y Stamford Bridge quieren hacer sonar el himno de la Champions de nuevo. Y quieren hacerlo a no mucho tardar.
Pero, ¿sabéis qué? Nada ni nadie superarán lo vivido la pasada campaña. El Leicester, vigente campeón, hizo saltar todos los pronósticos por los aires y nos regaló la temporada más increíble, divertida y emocionante de la historia. Al fin y al cabo, por más estrellas que brillen en una competición, el ver a un equipo humilde desafiar a la lógica de tal manera es algo simplemente insuperable. Un grupo con el que todos pudimos sentirnos identificados. El juego combinativo de Pep podrá deslumbrar, o el United de Mou aplastar rivales. Es posible que el Liverpool de Klopp nos haga disfrutar, o que caigamos rendidos ante las clases tácticas de Conte. Pero nadie mejorará al Leicester. Eso sí, repetir lo irrepetible sería como ver a E.T. aterrizar en Picadilly Circus. Palabra de Claudio I de Leicester.
martes, 28 de junio de 2016
La Voz de la Conciencia (II): Fairytale
Por Jon Fernández Mur (@jonfdzmur)
Moscú, 16 de mayo de 2009. El noruego Alexander Rybak gana el Festival de Eurovisión con su canción "Fairytale". Y lo hace con una diferencia abismal sobre el segundo clasificado, que no es otro que Islandia. A nadie le sorprende que los nórdicos ganen Eurovisión. De hecho, Suecia ha ganado dos de las últimas cinco ediciones y suma un total de seis triunfos; mientras que Noruega y Dinamarca tienen tres. Y suelen quedar por delante de Inglaterra -Reindo Unido para ser más exactos-. No sería para llevarnos las manos a la cabeza que los islandeses fueran capaces de superar a los británicos en Eurovisión.
Niza, 27 de junio de 2016. La selección inglesa cae por 1-2 en los octavos de final de la Eurocopa ante Islandia. No es Eurovisión. Lo más parecido a cantar es lo que hace Joe Hart en el segundo gol de los nórdicos. Los islandeses desplazados hasta Francia no cantan. Gritan. Gritan como vikingos. Gritan con fuerza. Hacen historia junto a sus jugadores. Roy Hogdson se lleva las manos a la cabeza. Dimite. Islandia pasa a cuartos.
El cuento de hadas de los de Hallgrimsson y Lagerback aspira incluso a eclipsar al del Leicester City de Ranieri y al de la Grecia de Rehhagel. Un cuento cuyo final aún está por escribir. De momento, han vencido a Holanda por partida doble -en Reykjavik y en Ámsterdam- en la fase de clasificación, dejándoles fuera de la Euro; han empatado con Portugal y Hungría, han ganado a Austria; y se han deshecho de una de las grandes, de Inglaterra, en octavos de final.
Podría parecer lógico que cayeran eliminados en cuartos ante la anfitriona Francia, de hecho, lo sería; pero habiendo desafiado a la lógica tantas veces, es una osadía atreverse a pronosticarlo. El Leicester también iba a perder.
Su juego es básico. Saques de banda largos de Gunnarsson, faltas, córners y balones a los puntas buscando aprovechar las segundas jugadas. Y defender. Defender unidos, más o menos ordenados. Resistir. Y dominar el juego aéreo. Y correr. Parecen previsibles, y lo son; pero nadie ha sido capaz de ganarles. Absolutamente nadie.
Tienen un once definido, las ideas -sencillas- muy claras, y el apoyo de todo un país, eso sí, pequeñito. Su población es similar a la de Alicante o Córdoba. Imaginad a la selección de La Rioja eliminando a la Inglaterra por un momento. Pues eso. Los islandeses recogen ahora los frutos de un trabajo que vienen realizando desde hace tiempo con el objetivo de ser competitivos. Un proyecto bien cimentado desde la base, pero que está alcanzando cotas insospechadas.
En el año de los cuentos de hadas, Islandia tiene el suyo, aún inconcluso, pero repleto ya de una dosis de épica que les va a colocar, por primera vez, en las estanterías principales de la gran librería que es la historia del fútbol.
Moscú, 16 de mayo de 2009. El noruego Alexander Rybak gana el Festival de Eurovisión con su canción "Fairytale". Y lo hace con una diferencia abismal sobre el segundo clasificado, que no es otro que Islandia. A nadie le sorprende que los nórdicos ganen Eurovisión. De hecho, Suecia ha ganado dos de las últimas cinco ediciones y suma un total de seis triunfos; mientras que Noruega y Dinamarca tienen tres. Y suelen quedar por delante de Inglaterra -Reindo Unido para ser más exactos-. No sería para llevarnos las manos a la cabeza que los islandeses fueran capaces de superar a los británicos en Eurovisión.
Niza, 27 de junio de 2016. La selección inglesa cae por 1-2 en los octavos de final de la Eurocopa ante Islandia. No es Eurovisión. Lo más parecido a cantar es lo que hace Joe Hart en el segundo gol de los nórdicos. Los islandeses desplazados hasta Francia no cantan. Gritan. Gritan como vikingos. Gritan con fuerza. Hacen historia junto a sus jugadores. Roy Hogdson se lleva las manos a la cabeza. Dimite. Islandia pasa a cuartos.
El cuento de hadas de los de Hallgrimsson y Lagerback aspira incluso a eclipsar al del Leicester City de Ranieri y al de la Grecia de Rehhagel. Un cuento cuyo final aún está por escribir. De momento, han vencido a Holanda por partida doble -en Reykjavik y en Ámsterdam- en la fase de clasificación, dejándoles fuera de la Euro; han empatado con Portugal y Hungría, han ganado a Austria; y se han deshecho de una de las grandes, de Inglaterra, en octavos de final.
Podría parecer lógico que cayeran eliminados en cuartos ante la anfitriona Francia, de hecho, lo sería; pero habiendo desafiado a la lógica tantas veces, es una osadía atreverse a pronosticarlo. El Leicester también iba a perder.
Su juego es básico. Saques de banda largos de Gunnarsson, faltas, córners y balones a los puntas buscando aprovechar las segundas jugadas. Y defender. Defender unidos, más o menos ordenados. Resistir. Y dominar el juego aéreo. Y correr. Parecen previsibles, y lo son; pero nadie ha sido capaz de ganarles. Absolutamente nadie.
Tienen un once definido, las ideas -sencillas- muy claras, y el apoyo de todo un país, eso sí, pequeñito. Su población es similar a la de Alicante o Córdoba. Imaginad a la selección de La Rioja eliminando a la Inglaterra por un momento. Pues eso. Los islandeses recogen ahora los frutos de un trabajo que vienen realizando desde hace tiempo con el objetivo de ser competitivos. Un proyecto bien cimentado desde la base, pero que está alcanzando cotas insospechadas.
En el año de los cuentos de hadas, Islandia tiene el suyo, aún inconcluso, pero repleto ya de una dosis de épica que les va a colocar, por primera vez, en las estanterías principales de la gran librería que es la historia del fútbol.
viernes, 13 de mayo de 2016
La Voz de la Conciencia (I): El producto televisivo
El monumental despropósito de la Liga de Fútbol Profesional en lo que a horarios respecta hace tiempo que ya no causa estupor. Estamos acostumbrados. Sin embargo, han dado la sorpresa y han sabido superarse para establecer un nuevo récord de ineptitud. El ridículo de la entidad presidida por Javier Tebas alcanzó cotas insospechadas el pasado lunes.
El problema ha dejado de ser que se juegue en Andalucía a las cuatro de la tarde durante el mes de septiembre, o en Soria a las nueve de la noche en invierno. No. El problema ahora es que no sabemos cuándo se juegan los partidos. En primer lugar, esto se debe a que los horarios se anuncian tarde, muy tarde, extremadamente tarde. Mucho más tarde que en otros países europeos. Concretamente, cuatro o cinco días antes de que arrancara la jornada en este caso concreto.

Y esto no es lo peor. Tebas parece dispuesto a realizar todos los cambios que Luis Enrique se ha ahorrado en lo que llevamos de temporada. De hecho, hay encuentros de Liga Adelante que han tenido hasta tres horarios diferentes en un lapso de tiempo de 48 horas. Como para acompañar a tu equipo fuera de casa. Viajes frustrados, dinero tirado a la basura… y a Tebas que le da igual, porque los chinos verán en prime time el desenlace de la mejor liga del mundo, según él. Se le llena la boca de decirlo. Arrogancia no le falta.
Por si esto fuera poco -sí, lo siento, hay más-, la excusa ofrecida para justificar de alguna manera el primer cambio de los horarios de Liga BBVA, y el segundo de los de Liga Adelante, unas diez o doce horas después de publicar los anteriores, era no hacer coincidir los encuentros en los que se jugaba el descenso a Segunda con la última jornada de la fase regular de la Segunda B. Lo habían hablado con la RFEF, decían. Pues, de momento, siguen coincidiendo porque solo han adelantado cuatro o cinco encuentros de Segunda B a las cinco de la tarde. El resto siguen programados -a falta de menos de 48 horas para su disputa- para las seis, mientras que Sporting, Getafe y Rayo jugarán a las siete y media. Que yo sepa, coinciden, porque los partidos de fútbol duran noventa minutos, repartidos en dos partes de 45 y con un descanso de quince minutos entre ambas.
En cualquier caso, el inasumible riesgo de viajar a apoyar a tu equipo y las complicaciones causadas a los aficionados locales, que no saben si podrán ver Eurovision, o si podrán acudir al cumpleaños de su sobrina; a Tebas le dan igual. Al igual que los días de descanso que tenga el Sevilla de cara a preparar la final de la Europa League, donde los hispalenses representarán a su maravillosa liga. Él mismo lo definió perfectamente hace unos días en referencia a este último tema: “Somos un producto televisivo.” Ya en 2013 dijo sobre el hecho de que el estreno del Nuevo San Mamés se produjera en lunes que "deslucido sería para los que querían ir al campo, pero para el resto de España fue muy lucido. Tuvieron la suerte de verlo en abierto y gratis.” Claro queda, por tanto, que el aficionado, a Tebas, se la trae al pairo. Vamos, que no le importa. Lo que le importa es un producto televisivo que desunifica una jornada unificada con el objetivo de que cerrara la liga un Espanyol-Eibar sin nada en juego, que hubiese partido el viernes -pero no lo jugase el Sevilla, que es quien lo necesita-,... El fútbol y el aficionado no le interesan lo más mínimo. Vive por y para el producto televisivo.
El problema ha dejado de ser que se juegue en Andalucía a las cuatro de la tarde durante el mes de septiembre, o en Soria a las nueve de la noche en invierno. No. El problema ahora es que no sabemos cuándo se juegan los partidos. En primer lugar, esto se debe a que los horarios se anuncian tarde, muy tarde, extremadamente tarde. Mucho más tarde que en otros países europeos. Concretamente, cuatro o cinco días antes de que arrancara la jornada en este caso concreto.
Y esto no es lo peor. Tebas parece dispuesto a realizar todos los cambios que Luis Enrique se ha ahorrado en lo que llevamos de temporada. De hecho, hay encuentros de Liga Adelante que han tenido hasta tres horarios diferentes en un lapso de tiempo de 48 horas. Como para acompañar a tu equipo fuera de casa. Viajes frustrados, dinero tirado a la basura… y a Tebas que le da igual, porque los chinos verán en prime time el desenlace de la mejor liga del mundo, según él. Se le llena la boca de decirlo. Arrogancia no le falta.
Por si esto fuera poco -sí, lo siento, hay más-, la excusa ofrecida para justificar de alguna manera el primer cambio de los horarios de Liga BBVA, y el segundo de los de Liga Adelante, unas diez o doce horas después de publicar los anteriores, era no hacer coincidir los encuentros en los que se jugaba el descenso a Segunda con la última jornada de la fase regular de la Segunda B. Lo habían hablado con la RFEF, decían. Pues, de momento, siguen coincidiendo porque solo han adelantado cuatro o cinco encuentros de Segunda B a las cinco de la tarde. El resto siguen programados -a falta de menos de 48 horas para su disputa- para las seis, mientras que Sporting, Getafe y Rayo jugarán a las siete y media. Que yo sepa, coinciden, porque los partidos de fútbol duran noventa minutos, repartidos en dos partes de 45 y con un descanso de quince minutos entre ambas.
En cualquier caso, el inasumible riesgo de viajar a apoyar a tu equipo y las complicaciones causadas a los aficionados locales, que no saben si podrán ver Eurovision, o si podrán acudir al cumpleaños de su sobrina; a Tebas le dan igual. Al igual que los días de descanso que tenga el Sevilla de cara a preparar la final de la Europa League, donde los hispalenses representarán a su maravillosa liga. Él mismo lo definió perfectamente hace unos días en referencia a este último tema: “Somos un producto televisivo.” Ya en 2013 dijo sobre el hecho de que el estreno del Nuevo San Mamés se produjera en lunes que "deslucido sería para los que querían ir al campo, pero para el resto de España fue muy lucido. Tuvieron la suerte de verlo en abierto y gratis.” Claro queda, por tanto, que el aficionado, a Tebas, se la trae al pairo. Vamos, que no le importa. Lo que le importa es un producto televisivo que desunifica una jornada unificada con el objetivo de que cerrara la liga un Espanyol-Eibar sin nada en juego, que hubiese partido el viernes -pero no lo jugase el Sevilla, que es quien lo necesita-,... El fútbol y el aficionado no le interesan lo más mínimo. Vive por y para el producto televisivo.
lunes, 29 de febrero de 2016
Sobre el 29 de febrero
Por Jon Fernández (@Mur_98)
Un día de regalo. Eso es hoy, 29 de febrero. Un día diferente en el que todo continúa igual, inmutable. Un día que, al contrario que los 365 que nunca nos abandonan, solo aparece cada cuatro años en nuestras vidas.
A algunos incluso molestará su presencia, porque sumarán hoy un día más de trabajo que no tendrían en cualquier año que no finalice por múltiplo de cuatro o por un doble cero. A otros lo que les molesta, es no tener dónde acudir a trabajar, y continúan hoy su ardua tarea de buscar un empleo. Los niños acuden a clase como un lunes normal, y, por si fuera poco, hay partidos de fútbol. Como cualquier día. El fútbol sí que nunca falla al calendario, tenga este 365, 366 o 367 días. Da igual.
En cambio, los hay que piensan que hoy no es un día normal. Ellos, positivos y supersticiosos, llegarán a decir que el 29 de febrero es un regalo que hemos de disfrutar, que todo va a salir bien, que el que busque trabajo lo encontrará y que el que busque el amor también. Quizá sean más felices de esta manera, lo que será reconfortante para ellos, pero sus falacias no deben engañarnos. Hoy es un día tan diferente como otro cualquiera.
Para el que sea su cumpleaños será especial -duda: ¿cúando celebran los nacidos en 29 de febrero su cumpleaños cuando no es año bisiesto, el 28 de este mes, o el 1 de marzo?-, pero también lo es el 2 de mayo para los venidos al mundo un 2 de mayo; y lo mismo pasa con fechas que representan primeras citas, muertes, divorcios, o cualquier otra cosa que una fecha pueda significar para alguien.
En definitiva, queda claro que es un tema sobre el que mucho hay que debatir. Porque los argumentos del sí y del no a considerar el día de hoy como especial son convincentes, y si bien es verdad que no hay evidencia científica ni pensamiento racional que otorgue alguna característica especial al 29 de febrero, por el hecho de aparecer en uno de cada cuatro calendarios es diferente al resto. Igual y diferente al mismo tiempo. Qué paradoja.
Un día de regalo. Eso es hoy, 29 de febrero. Un día diferente en el que todo continúa igual, inmutable. Un día que, al contrario que los 365 que nunca nos abandonan, solo aparece cada cuatro años en nuestras vidas.
A algunos incluso molestará su presencia, porque sumarán hoy un día más de trabajo que no tendrían en cualquier año que no finalice por múltiplo de cuatro o por un doble cero. A otros lo que les molesta, es no tener dónde acudir a trabajar, y continúan hoy su ardua tarea de buscar un empleo. Los niños acuden a clase como un lunes normal, y, por si fuera poco, hay partidos de fútbol. Como cualquier día. El fútbol sí que nunca falla al calendario, tenga este 365, 366 o 367 días. Da igual.
En cambio, los hay que piensan que hoy no es un día normal. Ellos, positivos y supersticiosos, llegarán a decir que el 29 de febrero es un regalo que hemos de disfrutar, que todo va a salir bien, que el que busque trabajo lo encontrará y que el que busque el amor también. Quizá sean más felices de esta manera, lo que será reconfortante para ellos, pero sus falacias no deben engañarnos. Hoy es un día tan diferente como otro cualquiera.
Para el que sea su cumpleaños será especial -duda: ¿cúando celebran los nacidos en 29 de febrero su cumpleaños cuando no es año bisiesto, el 28 de este mes, o el 1 de marzo?-, pero también lo es el 2 de mayo para los venidos al mundo un 2 de mayo; y lo mismo pasa con fechas que representan primeras citas, muertes, divorcios, o cualquier otra cosa que una fecha pueda significar para alguien.
En definitiva, queda claro que es un tema sobre el que mucho hay que debatir. Porque los argumentos del sí y del no a considerar el día de hoy como especial son convincentes, y si bien es verdad que no hay evidencia científica ni pensamiento racional que otorgue alguna característica especial al 29 de febrero, por el hecho de aparecer en uno de cada cuatro calendarios es diferente al resto. Igual y diferente al mismo tiempo. Qué paradoja.
miércoles, 27 de enero de 2016
Maldigo
Por Jon Fernández (@Mur_98)
Maldigo mi suerte. Maldigo mis decisiones, hechas sin la posibilidad de conocer las consecuencias. Maldigo la posibilidad. Maldigo mis olvidos. Maldigo mis sueños. Maldigo el destino, o lo que haya superior a nosotros. Maldigo la música triste que busco cuando estoy triste. Y maldigo que la encuentre.
No es fácil vivir con el peso de las elecciones realizadas. Inconscientemente, cerramos y abrimos puertas a nuestro camino. Según avanzamos por el sendero de la vida, y sin saber lo que podríamos encontrarnos al otro lado. Personas maravillosas que vamos a dejar de conocer porque así lo decidimos. Sin saberlo.
Parece necesario asumir esta circunstancia, ya que no hay forma de cambiar esta ley. Es así por naturaleza. Sin embargo, no es sencillo asimilarlo en ocasiones. Porque las películas que dirigimos en nuestras mentes, que aspirarían a los Oscars, son tan maravillosas que sentimos como si hubiéramos renunciado a vivirlas de verdad en una simple -o no tan simple- decisión anterior. Nuestra capacidad imaginativa apenas conoce límites. La realidad, esa sí que los conoce.
Por ello maldigo. Porque me gustaría poder volver atrás en el tiempo. Poder modificar los pensamientos de la gente. Poder convertir mis ficciones en realidad.
Maldigo mi suerte. Maldigo mis decisiones, hechas sin la posibilidad de conocer las consecuencias. Maldigo la posibilidad. Maldigo mis olvidos. Maldigo mis sueños. Maldigo el destino, o lo que haya superior a nosotros. Maldigo la música triste que busco cuando estoy triste. Y maldigo que la encuentre.
No es fácil vivir con el peso de las elecciones realizadas. Inconscientemente, cerramos y abrimos puertas a nuestro camino. Según avanzamos por el sendero de la vida, y sin saber lo que podríamos encontrarnos al otro lado. Personas maravillosas que vamos a dejar de conocer porque así lo decidimos. Sin saberlo.
Parece necesario asumir esta circunstancia, ya que no hay forma de cambiar esta ley. Es así por naturaleza. Sin embargo, no es sencillo asimilarlo en ocasiones. Porque las películas que dirigimos en nuestras mentes, que aspirarían a los Oscars, son tan maravillosas que sentimos como si hubiéramos renunciado a vivirlas de verdad en una simple -o no tan simple- decisión anterior. Nuestra capacidad imaginativa apenas conoce límites. La realidad, esa sí que los conoce.
Por ello maldigo. Porque me gustaría poder volver atrás en el tiempo. Poder modificar los pensamientos de la gente. Poder convertir mis ficciones en realidad.
sábado, 28 de noviembre de 2015
Una historia
Por Jon Fernández Mur (@Mur_98)
Había una vez una chica muy guapa. Y para él, ella era especial. Se ponía nervioso al tenerla cerca y no tenía esa seguridad al hablar que habitualmente demostraba. El verano había acabado y la espera por verla terminaría pronto. De nuevo cerca, pero al mismo tiempo tan lejos. Porque no todos los cuentos de hadas tienen que acabar bien.
Un fugaz vistazo para recordar su imagen fue suficiente para no poder sacársela de la cabeza de nuevo. Allí estaba, tan guapa como siempre. Quizá todavía más. Su sonrisa cautivadora y sus preciosos ojos se colaban en cualquier rincón de la mente de aquel chico. Una y otra vez.
Esa dulce chica aparecía todos los días en su rutina, haciendo que él se debatiera entre el pelear contra sus sentimientos y el seguir con esta situación. Ya se dice que más vale malo conocido, que bueno por conocer. Y pasaban los días, sin que nada cambiara.
Es cierto que a la vida hemos venido a luchar, que el que no arriesga jamás alzará los brazos en señal de victoria y que hay que salir de la maldita zona de confort en la que tan cómodo está uno. Pero no es sencillo aplicar la teoría a la práctica; y en ese eterno debate entre la pelea y la rendición, no tenía claro qué opción era la correcta.
Sin embargo, eso daba igual, porque él sabía, que aunque quisiera, no sería capaz de olvidarse de ella.
Había una vez una chica muy guapa. Y para él, ella era especial. Se ponía nervioso al tenerla cerca y no tenía esa seguridad al hablar que habitualmente demostraba. El verano había acabado y la espera por verla terminaría pronto. De nuevo cerca, pero al mismo tiempo tan lejos. Porque no todos los cuentos de hadas tienen que acabar bien.
Un fugaz vistazo para recordar su imagen fue suficiente para no poder sacársela de la cabeza de nuevo. Allí estaba, tan guapa como siempre. Quizá todavía más. Su sonrisa cautivadora y sus preciosos ojos se colaban en cualquier rincón de la mente de aquel chico. Una y otra vez.
Esa dulce chica aparecía todos los días en su rutina, haciendo que él se debatiera entre el pelear contra sus sentimientos y el seguir con esta situación. Ya se dice que más vale malo conocido, que bueno por conocer. Y pasaban los días, sin que nada cambiara.
Es cierto que a la vida hemos venido a luchar, que el que no arriesga jamás alzará los brazos en señal de victoria y que hay que salir de la maldita zona de confort en la que tan cómodo está uno. Pero no es sencillo aplicar la teoría a la práctica; y en ese eterno debate entre la pelea y la rendición, no tenía claro qué opción era la correcta.
Sin embargo, eso daba igual, porque él sabía, que aunque quisiera, no sería capaz de olvidarse de ella.
miércoles, 28 de octubre de 2015
Sobre la no-educación
Por Jon Fernández Mur (@Mur_98)
El problema está en todas las partes implicadas. Por un lado tenemos a los alumnos: quizá sea genético que los españoles seamos los más zánganos de Europa, o quizá no, pero lo que está claro es que motivación por aprender no hay. Así que empecemos por otro lado. Los profesores: es cierto que los hay contados que disfruten dando clase, pero tienen que seguir fielmente un programa marcado desde arriba. Y es ahí donde hay que llegar. No al mundo de las ideas, ni al Polo Norte; no: a los políticos, a los que nos gobiernan, quizá no siempre usando la razón. Parece lejano 1876, ¿no? Pues entonces se creó la Institución Libre de Enseñanza -sí, con el sistema educativo actual también se aprende algo-, que apostaba por desafiar los dogmas del Estado y que quería sacar la religión de las aulas. Pues en esas seguimos.
Y no es el tener religión en clase el mayor de los problemas, ni mucho menos. Lo importante es que se enseña a memorizar, no a aprender, cuando esto debería ser al revés. En pleno siglo XXI, ¿de qué nos sirve sabernos de carrerilla durante una semana los ríos de España y sus afluentes para olvidarlos después del examen? Es sencilla la respuesta: para nada. Tenemos internet, libros, enciclopedias y tropecientos recursos más. Contra esto se podría decir que llegaría un momento en el que nadie sabría los ríos, siguiendo con el ejemplo anterior, y que en un momento dado, podría producirse una ignorancia general entre las personas, colocándonos todos -Dios no lo quiera- a la altura de los participantes de Gran Hermano. Pero esto no ocurriría, creo yo. Las personas, por regla general, tenemos voluntad de aprender. Ojo, de aprender, no de estudiar. Pero la obligación a aprender memorizando de la manera en la que lo concebimos hoy en día crea rechazo, como todas las cosas a las que uno es obligado. Es la reacción natural del ser humano. Y hay gente a la que le gusta la geografía y que acabará por saberse los ríos por voluntad propia, sin un deadline para el que tener que haberlos memorizado. Al igual que hay gente a la que le apasiona la biología, la historia, la filosofía o el dibujo; o le encantan los idiomas o los deportes. El ser humano es diverso, y como tal debería ser aprovechado. Ahora bien, si obligas a alguien a memorizar datos, números, fórmulas o cualquier cosa y con ello le obligas a renunciar a otras tareas que pueden formarle como persona, acabará detestando lo que hoy le gusta.
Y luego están los deberes. Ya de por sí la palabra echa para atrás. Deberes es lo contrario a derechos, y precisamente así es interpretada en esta educación que no es educación. Un deber es una obligación. Un derecho es una facultad para decidir. Y con lo primero estás coartando lo segundo. Ya desde pequeños se obliga a los niños a dejar de jugar para ponerse a restar y multiplicar. Y de más mayores, a pasar horas y horas delante de un libro trabajando para olvidar al día siguiente. Y con ello, dejas de pasar tiempo con los amigos, con tus abuelos, con tus padres. Dejas de jugar a fútbol, a baloncesto, de tocar la guitarra, el piano; y dejas de pensar. Y es importante pensar, algo que no mucha gente hace. Al fin y al cabo, no se nos enseña a ello, sino a memorizar. Y con cada reforma se va a peor. No es sano salir de siete horas de clase y estar otras cinco o seis trabajando en casa. ¿Quién te dice que no vayas a aprender cosas con tu abuela, tocando un instrumento o practicando deporte? Pero es que no quieren que aprendamos. Quieren que memoricemos, vomitemos en un papel para pasar a ser un número. Tú un 7, yo un 8, y aquel, ¡joder, qué empollón!, un 10. Y el vago un 3, cuando ese vago es posible que sea listo, tenga muchísima capacidad de aprender, pensar y razonar, pero se aburra en clase, no encuentre motivación. Pero es un 3. A memorizar y recuperar. Los deberes son negativos para el alumno, a quien se le prohíbe una formación completa. Sin duda. Si quiere lograr eso, tiene que llevar un ritmo de vida insano. Altísimo.
Si a esto le añadimos que la mayoría de los profesores no tienen vocación de enseñar, al contrario que en otros países, donde el maestro es vocacional y valoradísimo, nos queda nuestro sistema no-educativo, que excluye la opción de pensar diferente a lo que reza un libro, y que quita las ganas de aprender a mucha gente.
Si has tenido la suerte de comprender todo hasta aquí, y estás de acuerdo al menos en parte, quiero darte la enhorabuena, ya que eres un antisistema como yo que se atreve a desafiar el concepto de educación que se nos proporciona. Quizá algún día esto cambie, pero de momento, a pesar de que quieren que seas un loro con un número, atrévete a pensar, y no dejes que nada ni nadie coarte tu imaginación, ni tus ganas de aprender.
domingo, 26 de julio de 2015
Sobre los errores de todos
Por Jon Fernández Mur (@Mur_98)
Puede que lo que vaya a escribir a continuación suene cursi, excesivamente sentimental. ¿Y qué? La vida está para sentir, y poner límites a ello no tiene sentido alguno. Ya vivimos demasiado condicionados como para estar autocondicionándonos más. Ni los hombres de verdad no lloran ni las mujeres de verdad son princesas.
Está de moda decir que no nos importa lo que digan y piensen de nosotros, cuando es siempre mentira. Nos importa. En mayor o menor grado, pero lo hace. Pero, ¿merece la pena actuar de una manera ficticia en la que no estemos cómodos, sin ser nosotros mismos, para que el pensamiento de la gente hacia nosotros cambie? Parece que sí, ya es que lo que todo el mundo hace. Si todos lo hacen, por algo será. Aunque, recordad, que la mayoría no siempre lleva razón. Hitler recibió millones de votos en unas elecciones democráticas. Engañando a la gente, sí. Pero, ¿quién nos asegura que no estamos siendo engañados nosotros cuando cambiamos nuestra forma de ser porque creemos que es lo mejor? Nadie lo puede hacer. Aunque, por si acaso, más vale seguir a la mayoría. Ese si acaso podemos sustituirlo por miedo. Tenemos miedo de nosotros mismos, de nuestra forma de ser, de la cuál nos avergonzamos. La ocultamos y nos comportamos de una manera irreal por miedo a la soledad y a que nos mire mal gente que, en realidad, no nos cae del todo bien. Gente que nos juzga, y que incluso se cree superior. La gente que, probablemente, nos engaña.
Pero no son solo ellos. La publicidad y el marketing siempre han servido para manipular. Para pensar que vestir de esa manera es la correcta, y, de esa manera, sigamos a la mayoría. Esa es la gran mentira de la moda. Lo que quieren no es hacernos sentir bien, sino ganar dinero.
Siguiendo el hilo de lo que pensamos, lo que queremos pensar, y lo que quieren que pensemos, creo que hay que tener en cuenta una cosa. Las personas a las que no conocemos quizá no son tan fantásticas como las imaginamos. Cuando miras algo o a alguien con buenos ojos, ocultas a tu mente los errores que pueda tener, y solo te fijas en lo fantástica que es una de sus características. Coges esa y extrapolas su brillantez al resto de aspectos, los cuales no conoces. Puede que sean así, pero lo normal es que no. Las fantasías siempre superan la realidad. Centrándonos en las personas, a lo que me refiero es a que, por ejemplo, los ídolos que tan perfectos imaginamos, en realidad no son así. Pero no es solo aplicable a los ídolos, sino a todas aquellas personas de las que llegamos a vivir pendientes antes de conocerlas, e incluso sabiendo de la dificultad que entraña alcanzar ese punto.
De todas formas, yo no pretendo engañar a nadie. Yo caigo en estas trampas como cualquier persona normal, pero quiero darme cuenta de que no tendría porqué ser así. Aunque después de ello siga actuando de la misma forma. Tenemos tendencia a seguir igual, porque, quizás nuestra situación no es tan mala como llegamos a pensar, o, simplemente, porque tenemos miedo a empeorar. Nos cerramos y nos entran los nervios y la vergüenza. Malditos sean.
Puede que lo que vaya a escribir a continuación suene cursi, excesivamente sentimental. ¿Y qué? La vida está para sentir, y poner límites a ello no tiene sentido alguno. Ya vivimos demasiado condicionados como para estar autocondicionándonos más. Ni los hombres de verdad no lloran ni las mujeres de verdad son princesas.
Está de moda decir que no nos importa lo que digan y piensen de nosotros, cuando es siempre mentira. Nos importa. En mayor o menor grado, pero lo hace. Pero, ¿merece la pena actuar de una manera ficticia en la que no estemos cómodos, sin ser nosotros mismos, para que el pensamiento de la gente hacia nosotros cambie? Parece que sí, ya es que lo que todo el mundo hace. Si todos lo hacen, por algo será. Aunque, recordad, que la mayoría no siempre lleva razón. Hitler recibió millones de votos en unas elecciones democráticas. Engañando a la gente, sí. Pero, ¿quién nos asegura que no estamos siendo engañados nosotros cuando cambiamos nuestra forma de ser porque creemos que es lo mejor? Nadie lo puede hacer. Aunque, por si acaso, más vale seguir a la mayoría. Ese si acaso podemos sustituirlo por miedo. Tenemos miedo de nosotros mismos, de nuestra forma de ser, de la cuál nos avergonzamos. La ocultamos y nos comportamos de una manera irreal por miedo a la soledad y a que nos mire mal gente que, en realidad, no nos cae del todo bien. Gente que nos juzga, y que incluso se cree superior. La gente que, probablemente, nos engaña.
Pero no son solo ellos. La publicidad y el marketing siempre han servido para manipular. Para pensar que vestir de esa manera es la correcta, y, de esa manera, sigamos a la mayoría. Esa es la gran mentira de la moda. Lo que quieren no es hacernos sentir bien, sino ganar dinero.
Siguiendo el hilo de lo que pensamos, lo que queremos pensar, y lo que quieren que pensemos, creo que hay que tener en cuenta una cosa. Las personas a las que no conocemos quizá no son tan fantásticas como las imaginamos. Cuando miras algo o a alguien con buenos ojos, ocultas a tu mente los errores que pueda tener, y solo te fijas en lo fantástica que es una de sus características. Coges esa y extrapolas su brillantez al resto de aspectos, los cuales no conoces. Puede que sean así, pero lo normal es que no. Las fantasías siempre superan la realidad. Centrándonos en las personas, a lo que me refiero es a que, por ejemplo, los ídolos que tan perfectos imaginamos, en realidad no son así. Pero no es solo aplicable a los ídolos, sino a todas aquellas personas de las que llegamos a vivir pendientes antes de conocerlas, e incluso sabiendo de la dificultad que entraña alcanzar ese punto.
De todas formas, yo no pretendo engañar a nadie. Yo caigo en estas trampas como cualquier persona normal, pero quiero darme cuenta de que no tendría porqué ser así. Aunque después de ello siga actuando de la misma forma. Tenemos tendencia a seguir igual, porque, quizás nuestra situación no es tan mala como llegamos a pensar, o, simplemente, porque tenemos miedo a empeorar. Nos cerramos y nos entran los nervios y la vergüenza. Malditos sean.
miércoles, 22 de julio de 2015
Casi nunca digas nunca
Por Jon Fernández Mur (@Mur_98)
"Es verdad que todo tiene solución, menos la muerte. Y que basta con plantear bien el problema y actuar y la solución saldrá a la vista. A veces tarda, pero siempre aparece."
-Rosa Rossi (1928-2013)
Nunca es un término del que se abusa mucho hoy en día. Es difícil saber hasta que punto nuestras propias historias pueden cambiarnos y dar a nuestras vidas una dirección opuesta. Pasar de no a sí es algo que puede ser inconcebible en un momento dado, pero que es una posibilidad real. Y por ínfima o nula que parezca, es mejor no atarnos de pies y manos y no pronunciar la palabra nunca.
| No sabes dónde acaba el camino |
Respecto a la cita de Rosa Rossi, con la que se puede estar de acuerdo o no, me gustaría realizar un pequeño matiz, ya que no voy a hablar tanto de soluciones sino de variaciones. Es decir, que todo puede cambiar, menos la muerte. Estimado lector, pensarás ahora que jamás cambiarás de equipo de fútbol bajo ningún concepto, en el caso de que tengas pareja que nunca la dejarás y que no te plantearás en ningún momento de tu vida alguna locura que se te esté pasando por la cabeza. No estés tan seguro.
Es cierto que habrá cosas que nunca cambiarán, pero no podemos saber cuáles serán a ciencia cierta. Ocurren situaciones inesperadas e incluso dramáticas que producen variaciones rápidas, así como otros cambios más progresivos en los que pueden influir desde la gente que nos rodea hasta, simplemente, el paso del tiempo.
Yo también abuso del nunca. Y sigo aquí, no me ha pasado nada. Pero más que como una cuestión de términos quiero plantearlo como una manera de enfocar la vida. La conclusión podría ser que hay que estar abiertos a los cambios. Que no tienen porque ser malos. No hay que cerrarse puertas, ya que tanto situaciones como personas están cambiando constantemente. Lo que hoy es un no, no tiene que ser obligatoriamente un nunca. Porque nadie sabe qué nos deparará la vida en el futuro.
Tomado íntegramente de InfoDeporte, dónde fue publicado el 21 de julio de 2015. Comparto este texto mío en mis dos blogs, ligeramente modificado.
Tomado íntegramente de InfoDeporte, dónde fue publicado el 21 de julio de 2015. Comparto este texto mío en mis dos blogs, ligeramente modificado.
Bienvenidos
Por Jon Fernández Mur (@Mur_98)
Para pensar y reflejar mis pensamientos. Para ello creo este blog, ya que con hablar de fútbol no parece bastarme. He venido dándome cuenta de ello últimamente, pero antes quería probar, ver si era capaz de ello. Ayer lo hice, y visto el resultado, me han hecho decidirme. Sí, me han empujado. Y aquí me tenéis, por si no tuvieseis suficiente con leer lo escribo sobre deporte.
En la vida hay muchas más cosas, y todas aquellas que ocurran fuera de los terrenos de juego encontrarán aquí su espacio. Espero que disfrutéis leyéndome aquí, y os invito a seguir haciéndolo en InfoDeporte. Blogs diferentes y totalmente complementarios. Y el título, más claro no puede ser. Dejadme pensar. Sobre temas filosóficos y actuales. Sobre el dinero y el amor. Sobre la vida.
Para pensar y reflejar mis pensamientos. Para ello creo este blog, ya que con hablar de fútbol no parece bastarme. He venido dándome cuenta de ello últimamente, pero antes quería probar, ver si era capaz de ello. Ayer lo hice, y visto el resultado, me han hecho decidirme. Sí, me han empujado. Y aquí me tenéis, por si no tuvieseis suficiente con leer lo escribo sobre deporte.
En la vida hay muchas más cosas, y todas aquellas que ocurran fuera de los terrenos de juego encontrarán aquí su espacio. Espero que disfrutéis leyéndome aquí, y os invito a seguir haciéndolo en InfoDeporte. Blogs diferentes y totalmente complementarios. Y el título, más claro no puede ser. Dejadme pensar. Sobre temas filosóficos y actuales. Sobre el dinero y el amor. Sobre la vida.
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